La reciente decisión de la Fiscalía de la Audiencia Nacional de archivar la causa contra Julio Iglesias ha supuesto un terremoto en el panorama mediático y político español, desmantelando lo que muchos consideran una operación de desprestigio orquestada desde sectores afines al Ministerio de Igualdad y al feminismo radical.

La noticia del archivo, que llega menos de un mes después de que se presentara la denuncia, ha sido interpretada por el entorno del cantante y sus defensores como una victoria contundente del Estado de Derecho frente a lo que califican como una “dictadura progre” que busca imponer su narrativa ideológica por encima de la presunción de inocencia.
La Fiscalía ha sido clara y rotunda: España no tiene competencia para juzgar supuestos hechos ocurridos hace décadas en territorios extranjeros como las Bahamas o la República Dominicana, y más allá de los tecnicismos legales, la falta de pruebas y testimonios coherentes ha llevado a que la causa sea enviada directamente a la papelera.
Para Julio Iglesias, de 81 años, este desenlace no es solo un alivio judicial, sino la confirmación de su inocencia frente a un linchamiento público que intentó destruir su reputación sin base legal alguna.
Sin embargo, el archivo de la causa no marca el final de este conflicto, sino el inicio de una contraofensiva legal por parte del artista.
Lejos de quedarse de brazos cruzados, Julio Iglesias ha decidido pasar al ataque, ordenando a sus abogados que interpongan querellas por injurias, calumnias y vulneración del derecho al honor contra quienes lideraron la campaña mediática en su contra.
En el punto de mira de esta estrategia judicial se encuentran nombres propios de la política española como Irene Montero, Ione Belarra y la activista Sara Santa Olaya, a quienes el cantante responsabiliza directamente del daño infligido a su imagen pública.
La intención de Iglesias no es solo obtener una compensación económica, sino lograr una reparación moral que restablezca su honor y ponga en evidencia la irresponsabilidad de quienes, amparados en sus cargos públicos o en la visibilidad de las redes sociales, lanzaron acusaciones graves sin esperar a que la justicia se pronunciara.

El caso ha puesto de manifiesto lo que muchos críticos denuncian como un modus operandi habitual de cierto sector del feminismo institucional: la utilización de la denuncia mediática como herramienta de destrucción social, saltándose los cauces legales y el principio de presunción de inocencia.
Según fuentes cercanas al artista, existen indicios de que la denuncia original pudo haber sido un montaje financiado con oscuras intenciones, donde se habrían ofrecido sumas de dinero y promesas de fama a cambio de testimonios falsos.
Esta hipótesis, de confirmarse, revelaría una trama de corrupción moral destinada a alimentar la hoguera de las vanidades de ciertas líderes políticas, dispuestas a sacrificar la reputación de un icono cultural con tal de avanzar en su agenda ideológica.
La rapidez con la que figuras como Montero y Belarra se sumaron al señalamiento público de Iglesias, sin esperar a la verificación de los hechos, es vista ahora como una prueba de su “superioridad moral” mal entendida y de su desprecio por las garantías procesales básicas.
La asimetría mediática ha sido otro de los puntos clave en este escándalo.
Mientras que la noticia de la investigación ocupó portadas y horas de televisión en horario de máxima audiencia, el archivo de la causa ha sido relegado a un segundo plano en muchos medios, tratados con brevedad y frialdad técnica.
Esta disparidad en el tratamiento informativo es precisamente lo que motiva la contundente respuesta legal de Julio Iglesias.
Su objetivo es forzar a que la verdad de su inocencia tenga el mismo eco que tuvieron las acusaciones, y que la sentencia condenatoria contra sus difamadoras ocupe los mismos titulares que en su día sirvieron para intentar enterrar su legado.
Es una batalla por la higiene democrática y contra la impunidad de quienes utilizan los medios de comunicación como un tribunal paralelo donde se dicta sentencia antes de que los jueces puedan siquiera abrir el expediente.

El impacto emocional sobre Julio Iglesias ha sido incalculable.
A sus 81 años, después de una carrera de seis décadas llevando el nombre de España por todo el mundo, verse envuelto en una trama tan sórdida ha sido un golpe duro.
No se trata solo del daño a su marca personal, sino de la herida a la dignidad de un hombre que ha sido embajador cultural de su país y que, en el invierno de su vida, se ha visto obligado a defenderse de acusaciones infundadas lanzadas con una virulencia inusitada.
La pregunta que resuena ahora es quién reparará el daño causado, quién limpiará el fango arrojado sobre su nombre y cómo se restaurará el honor de una leyenda viva.
La respuesta de Iglesias es clara: serán los tribunales quienes, con la ley en la mano, obliguen a las responsables a retractarse y a pagar por su temeridad.
Este episodio trasciende la figura del cantante y se convierte en un síntoma de un problema más profundo en la sociedad actual: la polarización ideológica y el uso partidista de causas nobles como la lucha contra la violencia de género.
Al convertir la justicia en un campo de batalla político y al hombre exitoso en un enemigo a batir por sistema, se desvirtúa la verdadera defensa de los derechos de las mujeres y se pone en riesgo la convivencia democrática.
La cruzada de Julio Iglesias contra la “mafia feminista” que intentó arruinarlo es, en última instancia, una defensa de la libertad individual y del derecho de todo ciudadano a no ser condenado por la opinión pública antes de ser juzgado por un tribunal imparcial.
La leyenda de la música española no está dispuesta a permitir que su biografía se manche por el capricho de unas pocas, y su victoria judicial promete ser un aviso para navegantes: en un Estado de Derecho, la difamación tiene un precio, y la verdad, aunque a veces tarde, siempre termina por imponerse frente a la mentira y el odio ideológico.