⚠️ El oscuro secreto de infancia de Carlos Salinas: ¿cómo el asesinato de una niña marcó su camino al poder?

El 18 de diciembre de 1951, una colonia tranquila de la Ciudad de México fue sacudida por un estruendo que nadie esperaba.
Un disparo.
No era una época de violencia cotidiana, ni una zona peligrosa.
Era el típico vecindario de clase media donde los niños jugaban en la calle y las puertas quedaban abiertas.
Pero ese día, en el número 425 de la calle Palenque, ocurrió algo que jamás debería haber pasado: tres niños pequeños encontraron un rifle real, lo manipularon como si fuera un juguete y dispararon…matando en
el acto a una empleada doméstica de apenas 12 años.
Su nombre era Manuela.
Carlos Salinas de Gortari tenía apenas 4 años.
Su hermano Raúl, 5.
Jugaban con otro niño, Gustavo Rodolfo Zapata, de 8 años.

Según los reportes de ese entonces, los tres simulaban una guerra, imitando lo que veían en la televisión o escuchaban de los adultos.
Pero esta vez, el juego no tenía balas de goma ni gritos fingidos.
Esta vez, el arma era un rifle calibre .
22 perteneciente a su padre, Raúl Salinas Lozano, un prominente abogado que años después se convertiría en secretario de Industria y Comercio.
Manuela, la niña indígena contratada semanas antes como trabajadora doméstica, limpiaba en la misma habitación donde los niños jugaban.
No discutió con ellos, no los provocó.
Simplemente estaba allí, cumpliendo con su trabajo infantilizado y mal pagado.
Un segundo después, su rostro era atravesado por una bala.
Cayó al suelo, muerta.

No hubo auxilio inmediato, no hubo gritos de horror.
Lo que sí hubo fue una frase que heló la sangre de quienes la escucharon: “Ya matamos a Manuela”, dijo Carlos, sin lágrimas, sin culpa, casi con orgullo.
Lo dijo como si acabara de ganar un juego.
Esa frase lo marcaría para siempre.
La única adulta presente en la casa era otra trabajadora, María Torres Garrido.
Lavaba ropa en la azotea y no escuchó el disparo de inmediato.
Cuando bajó, lo primero que notó fue el silencio.
Ese tipo de silencio antinatural, espeso.
Luego vio el cuerpo.
Sangre.
Los niños.
El arma.

Y una historia que cambiaría el destino de una familia…y quizás de un país entero.
La policía llegó.
Investigaron.
Confirmaron que el disparo salió desde un pasillo dentro de la casa.
Que el arma no estaba asegurada.
Que los niños, por alguna razón, sabían cómo dispararla.
Pero lo más alarmante no fue la negligencia, sino la frialdad.
Carlos, con apenas 4 años, no mostró arrepentimiento.
No lloró.
No huyó.
Asumió el “logro” con naturalidad.
“Soy un héroe”, dijo ante las autoridades.

Una frase que, en retrospectiva, resuena con escalofriante claridad sobre la personalidad que moldearía con los años.
La familia se movió rápido.
Taparon el escándalo.
Lo silenciaron.
Como se hacía entonces, usaron el poder, el dinero y las conexiones para que todo desapareciera de la narrativa oficial.
El asesinato de Manuela nunca apareció en los libros de historia, nunca se discutió en público, nunca fue debatido en tribunales.
Pero estuvo ahí.
Siempre estuvo.
Como un fantasma que siguió a Carlos Salinas incluso cuando se convirtió en presidente de México en 1988.
Y eso es lo que convierte esta historia en algo mucho más grande que una tragedia infantil.

Porque ese mismo niño que apuntó un arma y mató sin remordimiento, años después controlaría los hilos del poder político, económico y militar de toda una nación.
Fue protagonista del fraude electoral más descarado de la historia moderna mexicana.
Fue responsable de privatizaciones masivas, de acuerdos internacionales, de decisiones que empujaron a millones a la pobreza…y de silencios que costaron vidas.
¿Puede el poder construirse sobre un crimen infantil olvidado? ¿Puede un país ser gobernado por alguien cuya primera relación con la muerte fue la indiferencia? La historia de Manuela plantea preguntas que
México aún no ha respondido.
Porque su nombre nunca se escribió en los libros de texto.
Porque su rostro no aparece en los archivos oficiales.
Porque fue tratada como una cifra desechable en un país que aún arrastra las cadenas del clasismo y el racismo.
Y sin embargo, su muerte es una pieza central en el rompecabezas de quién fue —y es— Carlos Salinas de Gortari.
Porque la infancia marca.
Porque lo que no se castiga, se repite.
Porque quien aprende desde niño que la muerte puede silenciarse, aprende también que el poder puede construirse sobre cuerpos y verdades ocultas.
Hoy, más de 70 años después, ese disparo sigue resonando.
En cada escándalo de corrupción.

En cada pacto político turbio.
En cada fraude electoral.
En cada asesinato impune.
Y en cada rostro anónimo que sigue siendo invisible para el poder.
Manuela no fue una nota al pie.
Fue la primera víctima de un hombre que años después sería temido, odiado y jamás olvidado.
Un hombre que aprendió desde niño que todo —incluso la vida de una inocente— se puede borrar…si tienes el poder suficiente.
Y mientras Carlos Salinas siga siendo una figura intocable en el imaginario nacional, el eco de ese disparo seguirá recordándonos que hay historias que por más que se quieran enterrar…siempre vuelven.