
Estela Núñez nació en Guadalajara, Jalisco, como el milagro largamente esperado de sus padres, Ramón Núñez y Esperanza Rodríguez.
Fue hija única, criada entre el cuidado extremo de una madre temerosa del medio artístico y la determinación absoluta de un padre convencido de que su hija había nacido para cantar.
Desde niña, su voz causaba asombro.
No porque ella lo buscara, sino porque simplemente ocurría.
Cantaba y el mundo se detenía.
A los diez años ya participaba en concursos.
No por ambición propia, sino por obediencia.
“Yo no decidía nada”, confesaría años después.
“Hacía lo que mis padres me decían”.
Su padre la llevaba de programa en programa, de escenario en escenario, mientras ella aún no entendía del todo qué significaba la fama.
Cuando ganó su primer concurso importante tras “hacerla ver mayor”, el destino quedó sellado.
La mudanza a la Ciudad de México fue el primer gran quiebre.
Dejó atrás la infancia, la escuela y una vida normal.
La familia vendió propiedades, viajó sin descanso y sobrevivió con lo justo.
Estela se unió a caravanas artísticas con figuras como Lola Beltrán y Los Tres Diamantes, cantando sin cobrar, pero acumulando experiencia.
Era vigilada constantemente.
No amigos, no novios, no distracciones.
“Vas, cantas y regresas”, le decían.
Su talento la llevó pronto a RCA Víctor.
Grabó coros para otros artistas, prestó su voz en secreto para películas y rechazó nombres artísticos que la infantilizaban.
“No quise ser Estrellita”, dijo.
Quiso ser Estela Núñez.

Y lo logró.
Su gran éxito llegó con Una lágrima, una balada que la convirtió en una de las voces más queridas de México, incluso en plena era del rock.
En los años setenta, su nombre ya era respetado.
Y en 1979, el Festival OTI la consagró definitivamente.
Contra todos los pronósticos, venció a Emmanuel y a Sergio Esquivel con Vivir sin ti es como estar contigo.
Aquella noche no gritó ni celebró en exceso.
Subió al escenario con serenidad.
Cantó.
Ganó.
Y demostró que su fuerza no estaba en el espectáculo, sino en la verdad emocional.
Pero mientras la carrera crecía, la vida personal se quebraba.
En Chihuahua conoció a Ignacio Aguilera, un agente de seguros.
Se enamoró de inmediato.
Sus padres se opusieron.
Ella decidió por primera vez en su vida.
Se casó y, en el punto más alto de su fama, se retiró.
“Quería mis hijos, mi casa”, dijo.
Eligió la maternidad sobre la leyenda.
Entonces llegó la tragedia.
Durante su segundo embarazo, sufrió una caída en el baño.
El parto fue prematuro.
Su hijo nació con graves lesiones que afectaron sus piernas.
Los médicos hicieron lo posible, pero el daño fue permanente.
Poco después, su esposo se fue.
No soportó la carga.
Estela se quedó sola, con un hijo que requería cuidados constantes y una carrera que ya no podía sostener como antes.
Se volvió madre absoluta.
Lo llevaba a todos lados.
Rezaba de rodillas.
Luchó sin descanso hasta que su hijo logró caminar con muletas.
Para ella, fue un milagro.
Cada nuevo embarazo, cada nueva responsabilidad, la alejaba más del foco mediático.
“Cada vez que tenía un éxito, se embarazaba”, recordaría su productor con mezcla de admiración y resignación.
La muerte de su padre fue otro golpe devastador.

Él había sido su guía, su motor, su mayor impulsor.
Poco después perdió a otros familiares cercanos.
El dolor acumulado detonó una crisis de salud brutal: neuritis óptica.
Estela perdió la vista de un día para otro.
Sin aviso.
Sin síntomas.
Cinco meses en la oscuridad absoluta.
Medicamentos, efectos secundarios, un cuerpo que ya no reconocía.
Cuando la visión regresó lentamente, algo en ella cambió para siempre.
Aprendió a agradecer lo mínimo.
A vivir sin prisa.
A no reclamarle nada a la vida.
En medio de todo eso estuvo Juan Gabriel.
Amigo, compositor, cómplice musical.
Estela fue de las primeras en creer en su talento.
Grabó sus canciones cuando aún no era leyenda.
Compartieron viajes, ensayos, risas.
Pero esa cercanía también se rompió.
Nunca volvió a grabar una canción suya.
Silencio otra vez.
Como tantas cosas en su vida.
A los 77 años, Estela Núñez finalmente admite lo que durante décadas fue evidente pero nunca dicho con claridad: ella no se fue porque la olvidaran, se fue porque eligió amar, cuidar y resistir.
Porque la fama no pudo competir con el dolor de una madre ni con la necesidad de proteger a sus hijos.
En 2018, tras 51 años de carrera, se despidió oficialmente en el Teatro Metropolitan.
Sin drama.
Sin escándalo.
Con dignidad.
“Me voy mientras sigo sana y feliz”, dijo.
Hoy vive lejos del ruido, rodeada de hijos y nietos, con la serenidad de quien lo dio todo.
Estela Núñez no fue solo una gran cantante.
Fue una mujer que convirtió el sacrificio en silencio, y el silencio en legado.