
La crisis de la física moderna no comenzó con un experimento fallido, sino con un choque de ideas.
Por un lado, la relatividad general de Einstein describe con una precisión asombrosa el comportamiento de estrellas, galaxias y la curvatura del espacio.
Para ella, el espacio es un tejido suave y elástico que puede doblarse y ondularse.
Por otro lado, la mecánica cuántica gobierna el mundo microscópico, donde las partículas pueden estar en varios lugares a la vez y donde no existe ningún lienzo continuo.
Ambas teorías funcionan de manera impecable en sus dominios.
El problema surge cuando intentamos unirlas.
En los agujeros negros y en el propio Big Bang, las ecuaciones se rompen y devuelven absurdos matemáticos como densidades infinitas o un tiempo igual a cero.
Los físicos llaman a esto singularidades, pero el infinito no existe en la naturaleza.
Es una señal clara de que nuestros conceptos dejan de funcionar.
Imagina observar una fotografía en una revista.
Desde lejos parece continua, pero al acercarte con una lupa descubres que está formada por puntos individuales.
Las investigaciones en gravedad cuántica sugieren que el espacio funciona igual.
En la llamada escala de Planck, el concepto mismo de distancia pierde sentido.
No hay izquierda ni derecha, ni antes ni después.
Allí no reina el espacio-tiempo, sino algo previo que apenas estamos empezando a describir.
La idea más revolucionaria de las últimas décadas es que el espacio y el tiempo son propiedades emergentes.
No son fundamentales.
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Del mismo modo que una sola molécula de agua no es húmeda, pero millones de ellas juntas generan la humedad, el espacio surge solo cuando innumerables elementos cuánticos interactúan.
Una partícula elemental no tiene lugar ni tamaño en el sentido clásico.
El espacio aparece como un efecto colectivo.
Para entender esto, los físicos recurrieron a uno de los fenómenos más extraños jamás descubiertos: el entrelazamiento cuántico.
Dos partículas pueden quedar tan profundamente conectadas que lo que le ocurre a una se refleja instantáneamente en la otra, sin importar la distancia.
Einstein lo llamó “acción fantasmal a distancia”.
Hoy, esa fantasmal conexión podría ser la clave de la geometría del universo.
Según nuevas hipótesis, el espacio no es un escenario vacío, sino una red gigantesca de conexiones cuánticas.
Si dos partículas están fuertemente entrelazadas, están “cerca”.
Si el vínculo es débil, están “lejos”.
La distancia no es algo previo, es una consecuencia.
Si se rompieran todas las conexiones cuánticas en una región, el espacio allí simplemente dejaría de existir.
Se colapsaría.
Esta idea se condensa en una propuesta elegante y perturbadora: ER = EPR.
El entrelazamiento entre partículas podría ser, en esencia, un microscópico agujero de gusano.
Miles de millones de estos túneles invisibles, entrelazados entre sí, formarían el espacio tridimensional que percibimos como continuo y sólido.
Primero existen las conexiones.
El espacio viene después.
La sorpresa no termina ahí.
Investigaciones recientes han demostrado que el espacio-tiempo se comporta como un sistema de corrección de errores, similar a los que protegen la información en internet.
La información no está almacenada en un punto, sino distribuida.
Aunque una parte se dañe, el sistema puede reconstruirla.
El universo parece hacer lo mismo para mantenerse estable.
Desde esta perspectiva, los objetos no son “cosas”.
Son paquetes de información.
El espacio-tiempo actúa como un sistema operativo que garantiza que esos datos no se pierdan.
Vivimos dentro de una infraestructura de almacenamiento cósmica extremadamente fiable, donde la forma, el tamaño y la duración son solo herramientas de organización.
Incluso en el Gran Colisionador de Hadrones, esta idea ha dejado huella.
Durante décadas, los físicos usaron diagramas complejísimos para calcular colisiones de partículas, siguiendo trayectorias en el espacio y el tiempo.
En 2013, un grupo liderado por Nima Arkani-Hamed descubrió algo asombroso: un objeto matemático llamado amplituedro.
En este enfoque, el espacio y el tiempo desaparecen por completo.
Para obtener el resultado de una colisión basta con calcular el volumen de una figura geométrica abstracta.
Las respuestas coinciden exactamente con la realidad experimental.
El mensaje es brutal: las leyes fundamentales del universo no necesitan espacio ni tiempo para existir.
Estos aparecen solo como una interfaz, una pantalla donde se proyecta el resultado final de procesos que ocurren en un dominio matemático más profundo.
El tiempo tampoco escapa a esta demolición conceptual.
Según la hipótesis del tiempo térmico, defendida por Carlo Rovelli, el tiempo no existe a nivel fundamental.
Solo hay procesos.

La flecha del tiempo surge porque somos incapaces de observar cada detalle microscópico del universo.
Percibimos promedios, como la temperatura o la entropía.
El tiempo fluye solo donde hay intercambio de calor y aumento del desorden.
Si pudiéramos ver el universo con precisión absoluta, descubriríamos que el tiempo se desvanece, sustituido por un eterno presente.
El tiempo no gobierna el cosmos.
Es un subproducto de nuestras limitaciones como observadores.
Algunas teorías van aún más lejos.
Antes del Big Bang no habría habido espacio ni tiempo, solo una sopa cuántica caótica.
Luego ocurrió una transición de fase llamada geometrogénesis.
Los elementos cuánticos se sincronizaron, como moléculas de agua al congelarse, y el espacio nació.
Vivimos dentro de un condensado cuántico.
El espacio es solo uno de los posibles estados del universo.
No es eterno.
Puede derretirse.
Otras teorías, como los conjuntos causales, afirman que la realidad está formada por eventos, no por objetos en el espacio.
La única regla fundamental es que un evento ocurra antes que otro.
De esa red de causalidad emerge la geometría.
La distancia no es más que el número de conexiones entre sucesos.
La conclusión es ineludible.
El espacio y el tiempo no son la base de la realidad.
Son una envoltura, una interfaz diseñada para que cerebros limitados como el nuestro puedan interactuar con una complejidad abrumadora.
Debajo de todo, el universo no es un escenario, sino un estado dinámico de algo más profundo que apenas empezamos a descifrar.
Y lo más inquietante de todo es esto: si el espacio y el tiempo no son fundamentales, entonces nuestra intuición más básica sobre la realidad ha estado equivocada desde el principio.