El 4 de abril de 2023, en una residencia frente al mar en Acapulco, el sonido de las olas acompañaba la respiración agónica de un hombre que, décadas atrás, había sido considerado el epítome de la virilidad y la belleza masculina en México.

Andrés García, el eterno galán, el protagonista de más de un centenar de películas y el hombre que presumía haber compartido lecho con más de ochocientas mujeres, se desvanecía a los 81 años.
Sin embargo, la escena final de su vida distaba mucho del glamour y el bullicio que caracterizaron su existencia pública.
En esa habitación, consumido por la cirrosis y las secuelas de una vida de excesos con el alcohol y la cocaína, la soledad era ensordecedora.
Mientras su vida se extinguía, sus tres hijos biológicos brillaban por su ausencia: Andrés García Jr.
publicaba selfies en redes sociales, Leonardo compartía videos de aviones y Andrea ofrecía una función de teatro en Estados Unidos.
Ninguno acudió a despedirse.
Solo su última esposa, Margarita Portillo, sostuvo su mano en el último suspiro, cerrando así el telón de una vida marcada por la fama desmedida, el abandono familiar y una autodestrucción lenta pero implacable.
Para comprender cómo el ídolo de multitudes terminó sus días en tal aislamiento, es necesario rebobinar la cinta hasta 1941, no en México, sino en Santo Domingo, República Dominicana, donde nació bajo la estricta tutela de un padre exiliado de la Guerra Civil Española.
Andrés García Calle, un famoso aviador republicano, educó a su hijo con una disciplina militar que no admitía debilidades ni lágrimas.
Esta crianza forjó en Andrés un carácter de hierro, incapaz de mostrar vulnerabilidad, una armadura que le serviría para sobrevivir pero que, a la larga, le impediría conectar emocionalmente con su propia descendencia.
Tras huir de la dictadura de Trujillo, la familia se asentó en el paraíso tropical de Acapulco.
Fue allí, entre yates y turistas de Hollywood, donde el joven Andrés, trabajando como lanchero, descubrió que su físico era su mayor activo.
Con un cuerpo esculpido por el mar y unos ojos grises penetrantes, pasó de ser un simple prestador de servicios turísticos a ser descubierto por productores de cine, iniciando una carrera meteórica que comenzó con “Chanoc” en 1967 y se consolidó eternamente con “Pedro Navaja” en 1984.

La leyenda de Andrés García se construyó sobre la base de un machismo exacerbado y una libertad sexual sin precedentes.
La cifra de ochocientas mujeres, que él mismo confesó haber alcanzado a los 26 años, no era solo un número, sino una declaración de principios.
Su vida era un torbellino de pasiones donde la fidelidad no tenía cabida.
Se casó cuatro veces, pero ninguna mujer pudo domesticar su naturaleza.
Sandra Vale, madre de sus hijos mayores, se casó con él en una lancha a los ocho días de conocerlo, solo para ver cómo el matrimonio se desmoronaba ante las infidelidades constantes.
Lo mismo ocurrió con Sonia Infante y Fernanda Ampudia.
Andrés vivía para el placer, llegando al extremo de convertirse en el embajador no oficial de la “bombita”, un implante peneano que se colocó tras sufrir cáncer de próstata a los cincuenta años y que le permitió continuar con su frenética vida sexual, desafiando incluso las recomendaciones médicas y la lógica biológica.
Sin embargo, detrás de la fachada del seductor invencible, se gestaba una tragedia familiar de proporciones épicas.
La relación con sus hijos biológicos fue, sin lugar a dudas, el fracaso más rotundo de su vida.
A Leonardo García, quien intentó seguir sus pasos en la actuación, lo humilló públicamente en repetidas ocasiones, llegando a llamarlo “cretino” y “gorrón” en videos de YouTube, e incluso protagonizando rumores oscuros sobre un supuesto disparo en el pie durante una discusión.
Con Andrés Jr.
, la distancia se volvió abismo cuando el actor acusó a su madre, Sandra Vale, de haberles suministrado drogas, una calumnia que el primogénito jamás perdonó.
Pero quizás el caso más doloroso fue el de Andrea García, a quien Andrés desconoció públicamente, acusándola de practicar brujería y de estar involucrada con la mafia, declaraciones que destrozaron la reputación de su hija y anularon cualquier posibilidad de reconciliación real.
Andrés sembró vientos de rechazo y humillación, y al final de sus días, cosechó la tempestad del olvido absoluto por parte de su sangre.
No solo sus hijos biológicos sufrieron el carácter volcánico del actor.
La relación con Luis Miguel, a quien apadrinó y ayudó a lanzar al estrellato, es otro capítulo de afecto convertido en rencor.
Andrés fue una figura paterna para “El Sol” durante su infancia, llenando los vacíos que dejaba Luisito Rey.
Sin embargo, la misteriosa desaparición de Marcela Basteri y las sospechas de Andrés sobre el destino final de la madre del cantante en la casa de Las Matas, en España, crearon una fractura irreparable.
El ego de ambos, dos titanes del espectáculo acostumbrados a ser el centro de atención, hizo el resto.
Luis Miguel se alejó, y Andrés, fiel a su orgullo, jamás buscó la reconciliación.
De igual manera sucedió con Roberto Palazuelos, el “hijo adoptivo” que estuvo a punto de heredar todo su imperio.
La disputa por el testamento y las propiedades escaló hasta niveles surrealistas, con un Andrés García octogenario y enfermo retando a Palazuelos a un duelo a balazos, como si todavía vivieran en una película del viejo oeste, demostrando que la línea entre su persona y sus personajes se había borrado por completo.
El declive físico de Andrés García fue tan dramático como su vida pública.
La cirrosis hepática, diagnosticada tras décadas de alcoholismo desenfrenado, comenzó a devorarlo por dentro.
Pero lo que realmente aceleró su final fue su adicción a la cocaína, un hábito que mantuvo hasta sus últimos meses de vida.
Su viuda, Margarita, reveló el infierno de vivir con un hombre que, a pesar de tener el hígado destrozado, sufría sobredosis y exigía drogas en su lecho de muerte.
La violencia, los cambios de humor y la paranoia eran el resultado de un cerebro bombardeado por sustancias durante más de medio siglo.
Aquel hombre que una vez nadó con tiburones en el cine, ahora no podía mantenerse en pie sin caerse, mostrando al mundo su decadencia a través de videos en internet donde se le veía demacrado, herido y confundido, pero aún aferrado a su propia narrativa de macho alfa.
La muerte de Andrés García dejó un legado legal y emocional tan caótico como su existencia.
Mientras sus cenizas eran esparcidas en la playa de su amada casa en Acapulco, comenzaba una guerra encarnizada por su herencia.
Margarita Portillo y la hermana de Andrés quedaron como las principales beneficiarias, dejando fuera a Leonardo, Andrea y Roberto Palazuelos, y otorgando apenas una fracción a Andrés Jr.
Las acusaciones de manipulación testamentaria y las demandas de Sandra Vale por bienes mancomunados aseguran que el nombre de Andrés García seguirá en los tribunales mucho tiempo después de su partida.
Al final, la historia de Andrés García no es la de un triunfo, sino la de una advertencia.
Fue un hombre que lo tuvo todo: belleza, fama, dinero y amor, pero que, incapaz de valorar los vínculos humanos por encima del placer y el ego, terminó sus días en una soledad devastadora.
Su vida es el recordatorio brutal de que la fama no compra la lealtad, y que al final del camino, cuando las luces de las cámaras se apagan y la belleza se marchita, lo único que queda es el amor que se cultivó, o en su caso, el vacío que se dejó crecer.