El 2 de marzo de 2026, en un cementerio de Zapopan, Jalisco, se llevó a cabo el funeral de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, el hombre más temido y poderoso del narcotráfico en México.

Ernesto Salgado, un experimentado preparador de cuerpos con más de 30 años en el oficio, fue quien tuvo la tarea de preparar y enterrar al capo.
Su relato revela detalles inéditos y sorprendentes sobre aquel día, que desvelan una vida oculta y compleja más allá del criminal que el país conocía.
Ernesto Salgado recuerda que, aunque había visto muchos funerales de personas peligrosas, aquel no se parecía a ninguno.
Desde el traslado del cuerpo, custodiado y envuelto en un féretro dorado, hasta la estricta seguridad y el protocolo de entregar los teléfonos celulares a los asistentes, todo indicaba que se trataba de un evento planeado para imponer respeto y evitar filtraciones.
La tensión en el ambiente era palpable.
Los hombres que rodeaban el ataúd no mostraban tristeza común, sino vigilancia y cuidado extremo.
Nadie levantaba la voz ni hacía preguntas innecesarias.
Todo estaba calculado para controlar el espacio y las personas presentes.
Entre los asistentes apareció una mujer que no encajaba con el entorno habitual de ese funeral.
Caminó sola y tranquila, y a su paso, los hombres más duros bajaron la mirada y se apartaron para dejarle paso.
Su presencia era respetada sin necesidad de palabras.
Frente al ataúd, la mujer apoyó la mano y lloró desconsoladamente, un llanto auténtico y profundo que contrastaba con la solemnidad contenida del resto.
Su gesto fue íntimo, como si estuviera despidiendo a alguien muy cercano, alguien que había compartido una vida secreta y personal con ella.

Ernesto entendió entonces que esa mujer era la amante de El Mencho, una relación que se había mantenido oculta para la mayoría, separada incluso de su familia y de su organización criminal.
Su dolor revelaba una faceta humana y privada del capo que el público desconocía.
No lejos de allí, la esposa de El Mencho observaba en silencio, sin gestos dramáticos ni reclamos.
Su actitud era de aceptación serena, como si esa verdad oculta y esa otra mujer fueran parte de una realidad asumida desde hacía tiempo.
Esta convivencia silenciosa entre la esposa y la amante, en un funeral donde la tensión era máxima, reflejaba la complejidad y las múltiples dimensiones de la vida del capo, que trascendían las noticias y los reportes oficiales.
Una hora después, llegó una figura inesperada: Natanael Cano, uno de los artistas más conocidos de la música mexicana actual, famoso por popularizar los corridos tumbados.
Entró sin escoltas ni anuncios, vestido de manera discreta, y se dirigió directamente al ataúd.
Su presencia fue recibida con miradas reconocedoras pero sin comentarios.
Nadie le pidió identificación ni explicaciones.
Natanael dejó sobre el ataúd una cadena plateada con un pequeño colgante, un objeto aparentemente sencillo pero cargado de significado personal.
Este gesto silencioso y respetuoso evidenciaba una conexión real y profunda entre el artista y El Mencho, una relación que para muchos resultó sorprendente, pero que para los presentes en el funeral era conocida y aceptada.

El relato de Ernesto Salgado pone en evidencia que la muerte de El Mencho no solo fue el fin de un capo, sino la exposición de una red de relaciones, lealtades y verdades ocultas que pocos conocían.
La mujer que lloró como perdiera una vida entera, la esposa que observaba sin escándalo, y el cantante que se despidió con un gesto íntimo, todos formaban parte de una historia que el país no había visto.
Este funeral mostró que detrás del hombre público existía un mundo privado, lleno de vínculos personales que nunca aparecieron en los titulares pero que definieron su existencia.
El testimonio de Ernesto Salgado invita a reflexionar sobre la complejidad de las figuras como El Mencho, cuya vida y muerte no pueden ser entendidas solo desde la perspectiva oficial o mediática.
Los funerales, a veces, revelan más que las palabras, mostrando con silencios y gestos la verdadera dimensión de quienes se van.
En el caso de El Mencho, su despedida fue una ventana a un mundo donde el poder, el amor y la lealtad se entrelazan en formas que la sociedad rara vez puede comprender del todo.
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