Considerado una de las figuras más emblemáticas del cine mexicano, Fernando Casanova construyó una trayectoria que abarcó cerca de 200 películas y lo convirtió en un rostro indispensable de la pantalla grande.
A lo largo de varias décadas, su presencia en el cine nacional marcó a generaciones enteras, especialmente durante la época dorada del género de acción.

Sin embargo, detrás del éxito, el actor enfrentó una vida marcada por caídas profundas, dependencias, abandono emocional y un final precipitado por un fatal descuido médico que aceleró su deterioro.
Su historia, llena de contrastes, también incluye la lucha de su última pareja por proteger el patrimonio que habían construido juntos, temiendo que la muerte del actor desatara conflictos similares a los vividos por otras grandes figuras del espectáculo mexicano.
Desde muy joven, Casanova alimentó un sueño completamente diferente al que más tarde lo convertiría en leyenda: quería ser torero.
Su pasión por los ruedos lo llevó a abandonar la escuela para iniciarse como novillero.
Incluso logró presentarse en la plaza de toros de la Ciudad de México, donde una cornada en la pierna derecha cambiaría su destino para siempre.
Tras cinco años dentro del ambiente taurino, decidió abandonar la carrera y encaminarse hacia la actuación, un mundo que empezaría a explorar en 1946 con pequeños papeles y apariciones como extra.
Durante su juventud participó en producciones como La rosa arrodillada y Piel Canela, filmes que sin saberlo se convertirían en los primeros ladrillos de una trayectoria monumental.
Su ascenso comenzó con papeles de mayor relevancia y finalmente alcanzó estatus protagónico con la cinta El Águila Negra.
Entre las producciones más recordadas de su carrera destaca Escuela de Vagabundos (1954), donde compartió créditos con Pedro Infante y disputó con él el cariño del personaje interpretado por Miroslava.
La admiración que sentía por Infante era tan grande que, durante el funeral del ídolo sinaloense, Fernando llegó a declarar que habría preferido morir él en su lugar, muestra del profundo respeto que le tenía.
Durante la década de 1960, Casanova se consolidó como uno de los actores de acción más respetados del cine mexicano, colaborando con nombres como Mario Almada, Julio Alemán y el célebre matrimonio conformado por Antonio y Luisa Aguilar.
Sin embargo, cuando su fama alcanzaba su punto más alto, comenzaron también los primeros signos de un declive personal.
A finales de esa década desarrolló una dependencia al alcohol y a sustancias ilegales, lo que afectó su estabilidad emocional y profesional.
Además, bajo la influencia de su amigo Antonio Badú, desarrolló una fuerte adicción al juego.
Para finales de los años 70, los cambios en su vida eran evidentes.
El aumento de peso, la impuntualidad y los problemas derivados de sus adicciones empezaron a cerrarle puertas en la industria cinematográfica.
La situación se volvió tan crítica que su esposa lo encontró en varias ocasiones durmiendo en la calle, justo frente a un centro de apuestas, en un estado que reflejaba el deterioro emocional que atravesaba.
Pese a ello, ella decidió llevarlo de regreso a casa, asearlo y devolverle un poco de dignidad en medio del caos.
Casanova ingresó posteriormente a un centro de rehabilitación, donde tuvo dos recaídas antes de lograr estabilizarse y recuperarse por completo.
No obstante, la relación no sobrevivió a aquel proceso: cuando él finalmente logró salir adelante, su esposa pidió el divorcio, poniendo fin a un capítulo marcado por amor, desgaste y sacrificio.
Su regreso al cine ocurrió cerca de una década después, alrededor de 1990, cuando participó en producciones vinculadas al género criminal.
Aunque en los primeros años de su carrera había recibido duras críticas sobre su desempeño, él decidió prepararse formalmente para mejorar.
Pese a su dedicación, los comentarios negativos nunca desaparecieron del todo.
Aun así, su constancia lo mantuvo activo hasta su última aparición en la película La estampa del Escorpión en 2007, cuando tenía 82 años.
En el terreno personal, su relación más duradera fue con María Gunanis, con quien convivió casi 20 años y tuvo tres hijos.
Ella insistió durante años en que formalizaran su relación legalmente, temiendo quedar en una situación vulnerable si él fallecía.
Sus miedos no eran infundados: algunas familias de figuras del espectáculo habían vivido disputas por herencias cuando las parejas no estaban casadas legalmente.
Uno de los casos más notorios fue el de Columba Domínguez tras la muerte de Emilio “El Indio” Fernández en 1986, cuando la falta de matrimonio formal derivó en un largo conflicto por la icónica casa de Coyoacán.
Finalmente, en 2010, Fernando Casanova y María registraron su matrimonio civil, asegurando protección legal, estabilidad familiar y un patrimonio que él había forjado con esfuerzo.
Casanova no solo vivía de su carrera cinematográfica: también había invertido astutamente en negocios como tintorerías, instaladas en diferentes puntos del país, que le proporcionaron ingresos constantes durante años.

Lamentablemente, la salud del actor comenzó a deteriorarse durante su última etapa de vida.
Enfrentó severas complicaciones pulmonares y una intensa batalla contra el cáncer de próstata.
Su fallecimiento ocurrió el 16 de noviembre de 2012 en Ciudad de México, a los 89 años, tras un largo desgaste físico y emocional.
Su partida estuvo marcada por un trágico descuido que precipitó su final: sin darse cuenta, mezcló sus medicamentos oncológicos con un suplemento herbal que tomaba para aumentar su energía.
Ignoraba que este producto interfería directamente con la eficacia de su tratamiento contra el cáncer, lo que debilitó su cuerpo en un momento crucial.
El error redujo drásticamente la efectividad de su medicación, acelerando su deterioro y acortando sus últimos meses de vida.
Fernando Casanova dejó una huella profunda en el cine mexicano, con una carrera que abarcó 178 películas y décadas de dedicación artística.
Su legado continúa vivo en la memoria del público que lo acompañó desde sus primeros pasos hasta su último adiós.
Su vida, marcada por el éxito, las adicciones, las pérdidas y la búsqueda de redención, representa uno de los relatos más intensos y humanos del cine nacional.
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