“MATÉ A LA MADRE DE MIS HIJOS POR CELOS Y HOY CUMPLO 57 AÑOS DE CÁRCEL” — EL TESTIMONIO QUE ESTREMECIÓ A COLOMBIA

Lo que vas a leer no es una historia de ficción. Es la confesión real de un hombre joven que, dominado por los celos y la ira, destruyó su vida, la de la mujer que decía amar, y la de dos pequeños que hoy crecen huérfanos.
Su nombre es John Ferney Gómez, tiene 31 años y cumple una condena de 57 años de prisión en la cárcel de El Barne, Boyacá (Colombia).
En una entrevista concedida desde su celda, rompió el silencio y narró con lágrimas y arrepentimiento cómo, en un arrebato de rabia, le quitó la vida a Cindy Herrera, una adolescente de apenas 17 años, madre de sus dos hijos.
“Perdí la cabeza, perdí la razón… y en segundos acabé con todo”, confiesa.

UN AMOR ADOLESCENTE QUE SE VOLVIÓ OBSESIÓN
John conoció a Cindy en 2012, cuando él tenía 18 años y ella apenas 14.
Se enamoraron en el colegio José María Vargas Vila, en Ciudad Bolívar (Bogotá).
“Fue una mirada en el descanso —recuerda—. Desde ahí no nos separamos más.”
Pronto se volvieron inseparables. Ella lo acompañaba a casa, cocinaban juntos, pasaban horas riendo.
El problema: eran demasiado jóvenes y sin rumbo.
“Nos volvíamos adictos el uno al otro. No sabíamos vivir separados.”
Cuando Cindy cumplió 15 años, dejó su fiesta de quinceañera y se fue a vivir con él, contra la voluntad de su familia.
Poco después quedó embarazada.
A los 16 años ya era madre.
Él intentaba trabajar con su hermano en un taller de soldadura y terminar el colegio.
Ella abandonó los estudios.
“Era una niña —dice él—, y yo un pelado inmaduro. No sabíamos lo que hacíamos.”
CELOS, VIOLENCIA Y UNA FAMILIA DIVIDIDA
Con la llegada del primer bebé, las discusiones comenzaron.
Luego vino el segundo embarazo, y la presión aumentó.
“No me gusta mentirle a Dios —dice John—. Sí, hubo golpes. A veces se me fue la mano.”
La relación se volvió tormentosa.
Los padres de Cindy lo despreciaban y le prohibieron acercarse.
“Ya no me podía ni ver con ella sin que llegara la policía.”
A pesar de las agresiones, Cindy regresaba con él una y otra vez.
“Era un amor enfermo, de esos que uno confunde con necesidad.”
En medio de las peleas, los celos lo dominaban.
Sospechaba que ella veía a otro hombre, aunque nunca tuvo pruebas.
“Tal vez solo estaba en mi cabeza, pero esa duda me consumía”, admite.
EL DÍA QUE PERDIÓ EL CONTROL
El 20 de octubre de 2015, todo terminó en tragedia.
Ese día, John se levantó, desayunó y salió a buscarla.
“Solo quería ver a mis hijos”, asegura.
Llevaba un revólver.
Dice que no era para ella, sino para “defenderse” de los pandilleros del barrio.
Pero esa arma se convirtió en el punto final de su historia.
Llegó a la casa de la familia de Cindy, en el barrio El Paraíso, al sur de Bogotá.
Ella salió a la puerta.
Discutieron.
“Me dijo que ya no me amaba, que tenía a otro, que mis hijos no eran míos… y ahí perdí la razón.”
John desenfundó el arma y disparó dos veces al pecho de Cindy.
El padrastro de ella intentó detenerlo, y también recibió un disparo en la cabeza.
En cuestión de segundos, dos vidas se apagaron.
EL INSTANTE DESPUÉS
Cuando vio a Cindy caer, algo dentro de él se rompió.
“Fue como si el mundo se quedara quieto. No supe qué hacer. Solo pensé en mis hijos… y en morirme también.”
Corrió, confundido, con el arma en la mano.
Se escondió esa noche en casa de un amigo, sin dormir, sin comer.
“Esperaba oír que estaba viva. No quería creerlo.”
Pero la noticia llegó rápido.
Cindy había muerto.
Y su padrastro también.
John no huyó del todo.
Quiso ir al entierro.
“Me disfracé de mujer —dice entre sollozos—. Me maquillé, me puse peluca. Solo quería verla por última vez.”
Apenas a diez metros del ataúd, vio cómo bajaban el féretro de la joven de 17 años que había sido su primer amor.
“Quise quedarme ahí mismo. No tenía sentido seguir vivo.”
LA CAPTURA Y EL JUICIO
Pocos días después, dos amigos lo invitaron a tomar una cerveza.
Era una trampa.
Lo entregaron a la policía para cobrar la recompensa por su captura.
En 2017, un juez lo condenó a 57 años de prisión por feminicidio y homicidio agravado.
Una sentencia que equivale prácticamente a cadena perpetua.
“Si trabajo y estudio, podría salir a los 60 y pico —dice—. Si Dios quiere.”
“MIS HIJOS SON EL MOTOR PARA NO MORIR AQUÍ ADENTRO”
Desde la cárcel de Boyacá, John confiesa que no ha vuelto a ver a sus hijos.
La niña tiene 12 años; el niño, 11.
No sabe cómo lucen hoy.
“Me gustaría verlos, oírlos hablar… sería el regalo más bonito.”
Dice que reza por ellos cada noche, aunque sabe que los dejó huérfanos de madre… y de padre.
“Es irónico —admite—. Yo sufrí porque mi papá no estuvo presente, y ahora mis hijos tampoco tienen el suyo.”
“NO HAY DÍA QUE NO PIENSE EN ELLA”
Durante la entrevista, su voz se quiebra al recordar a Cindy.
“No sé por qué lo hice. Si uno ama, no lastima. Pero los celos me enfermaron.
La quise tanto… y la maté.”
Dice que el psicólogo le habló de su abandono, de su necesidad de amor, de su apego enfermizo.
“Yo no tuve familia, ni cariño, ni padre. Cuando ella llegó, fue todo para mí.
Y no supe dejarla ir.”
Hoy vive arrepentido, pero consciente de que el perdón no borra la herida.
“Mis hijos un día sabrán la verdad.
Y no sé si podré mirarlos a los ojos.”
UN CASO QUE REFLEJA UN PAÍS HERIDO
El crimen de Cindy no fue un hecho aislado.
Cada año, en Colombia, más de 600 mujeres son asesinadas por sus parejas o exparejas.
Historias como esta revelan lo que los expertos llaman la epidemia silenciosa del feminicidio.
Los celos, la posesión y la violencia son una cadena que, si no se rompe a tiempo, termina con la vida de quienes menos lo merecen.
“SI PUDIERA VOLVER ATRÁS…”
“Si pudiera regresar el tiempo —dice John entre lágrimas—, me iría, me alejaría.
La dejaría vivir, criar a nuestros hijos, ser feliz.
Pero ya no se puede.”
En su celda, con 30 años por delante y una vida marcada por el arrepentimiento,
solo le queda escribirle cartas a una tumba que nunca volverá a visitar.
“No hay noche que no sueñe con ella.
Con su voz.
Con mis hijos.
Y con el momento en que perdí todo por no saber amar.”
Una historia que no busca justificar, sino advertir:
los celos no son amor, son miedo disfrazado.
Y cuando el miedo manda, el amor muere.
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