Durante más de tres décadas, el nombre de Carlos Salinas de Gortari ha resonado en México como una sombra que se niega a desaparecer.
Ex presidente, economista, estratega político y, para muchos, el verdadero titiritero de los poderes que han marcado la historia moderna del país.
Entre mitos, escándalos y tragedias, la figura de Salinas continúa envuelta en un halo de misterio, miedo y fascinación.

Dicen que fue el arquitecto del México neoliberal, pero también el rostro de sus heridas más profundas.
Nacido en 1948, Salinas pertenecía a una familia acomodada, con conexiones políticas y una formación que lo preparó desde joven para el poder.
Estudió en Harvard y regresó con un aire tecnocrático que prometía modernizar al país.
Pero desde su infancia, su vida ya estaba marcada por un oscuro episodio: junto con su hermano Raúl, habría disparado accidentalmente un rifle calibre 22 que terminó con la vida de una empleada doméstica llamada Manuela.
El caso fue silenciado, pero para muchos, ese fue el primer eslabón en la cadena de secretos que acompañarían al clan Salinas.
En 1988, México vivió una de las elecciones más polémicas de su historia.
La famosa “caída del sistema” cambió el rumbo del país y dejó una duda que jamás se disipó.
Cuauhtémoc Cárdenas iba ganando, las computadoras dejaron de funcionar y, horas después, el PRI declaró vencedor a Carlos Salinas.
Desde entonces, su sexenio nació manchado por la sospecha.
No fue un presidente cualquiera: fue un hombre que entendió el poder como una herramienta absoluta.
Su primera acción contundente fue la captura de Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, poderoso líder petrolero.
Con ese golpe, Salinas dejó claro que no toleraría desafíos.

Durante su gobierno, México se transformó.
Se privatizaron empresas estatales, se reformó el campo y se firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
Sin embargo, detrás del discurso modernizador, se escondía la creación de una red de poder económico sin precedentes.
Telmex, una empresa nacional, pasó a manos del empresario Carlos Slim; Imevisión se convirtió en TV Azteca, y la riqueza de unos pocos creció mientras millones caían en la pobreza.
En 1991, solo dos mexicanos figuraban en la lista Forbes; al terminar el sexenio, ya eran veinticuatro.
La fortuna, el poder y los rumores caminaban de la mano.
En los pasillos del poder se murmuraba que Salinas mantenía una relación extramarital con Ana Paula Gerard, su asesora económica, mientras aún estaba casado con Cecilia Occelli, la primera dama.
Pero el escándalo que sacudió al país fue otro: la supuesta relación del presidente con la actriz Adela Noriega, una de las figuras más queridas de la televisión mexicana.
Se decía que tuvieron un hijo en secreto, que fue enviada al extranjero y que recibió una suma millonaria por su silencio.
Adela nunca lo confirmó, pero su desaparición del mundo público alimentó el mito.
Y si los rumores sentimentales eran explosivos, los políticos lo eran aún más.
Durante su mandato, ocurrieron dos de los crímenes más impactantes de la historia reciente: el asesinato del cardenal Jesús Posadas Ocampo en 1993 y, un año después, el de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI y heredero político de Salinas.

Ambos hechos marcaron para siempre al país.
En el caso Colosio, se habló de un complot interno, de intereses contrariados, de un discurso que ya no servía a los poderosos.
“¿Mandó usted matar a Colosio?”, le preguntaron años después. “Era mi amigo entrañable”, respondió con frialdad.
Pero la duda quedó sembrada: ¿fue Salinas el cerebro detrás de ambos crímenes o solo un testigo privilegiado del derrumbe del viejo sistema?
Tras dejar el poder en 1994, la tragedia se trasladó al seno familiar.
Su hermano Raúl Salinas de Gortari fue detenido en 1995, acusado de asesinato y enriquecimiento ilícito.
Lo llamaron “el hermano incómodo”, símbolo del exceso y la corrupción.
El ex presidente, acorralado por la opinión pública, se declaró en huelga de hambre en su casa de Monterrey, un acto teatral que duró apenas 36 horas.
Pero el apellido Salinas ya se había convertido en sinónimo de escándalo.
Años después, otro golpe: el hermano menor, Enrique Salinas, apareció muerto dentro de un coche en el Estado de México.
Lo habían asfixiado. El crimen jamás se esclareció.

A todo esto se sumaban teorías cada vez más delirantes.
Algunos aseguraban que el mito del “Chupacabras”, surgido en los años noventa, fue inventado por el gobierno para distraer al pueblo de la crisis económica.
Otros decían que cada vez que Salinas regresaba a México, ocurría un temblor, como si el país temblara ante su presencia.
El expresidente ya no era solo un personaje político, sino una figura casi mítica, mitad realidad, mitad leyenda.
Y como si el drama necesitara un toque de farándula, en los círculos del espectáculo se tejió una historia aún más macabra: que el cantante Luis Miguel habría muerto en una fiesta en Los Pinos y que su lugar fue ocupado por un doble entrenado para imitarlo.
El supuesto motivo: un romance con la hija de Salinas.
Sin pruebas, la historia se convirtió en mito urbano, pero reforzó la idea de un poder capaz de ocultarlo todo, incluso la muerte.
En el exilio, desde Irlanda, Carlos Salinas siguió moviendo hilos.
En 1995 se refugió en Dublín, país sin tratado de extradición, mientras su hermano enfrentaba los tribunales.
Desde ahí, dicen, mantuvo contactos con políticos, empresarios y medios.
Su nombre volvió a aparecer en 2004, cuando el empresario Carlos Ahumada reveló que Salinas había financiado los videos de corrupción que golpearon a López Obrador, en lo que parecía una operación para frenar su ascenso político.
“El innombrable”, como lo bautizó AMLO, seguía activo, invisible pero presente.

Los años pasaron, los gobiernos cambiaron, pero el eco de Salinas no desapareció.
En cada crisis, en cada complot, en cada rumor, su nombre resurge como si el país aún no hubiera podido exorcizarlo.
Publicó libros, dio conferencias, reapareció en foros internacionales con el tono sereno de un académico, pero siempre bajo la sospecha de quien nunca soltó el control.
Hoy, con más de setenta años, Carlos Salinas de Gortari vive lejos del reflector, pero su sombra sigue flotando sobre la política mexicana.
Para unos, fue un modernizador injustamente demonizado; para otros, el cerebro de una red que aún gobierna desde las sombras.
Entre la historia y la leyenda, su figura encarna la eterna paradoja del poder en México: el poder que se oculta, el poder que se perpetúa, el poder que jamás se rinde.
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