El mensaje apareció en la pantalla de mi teléfono mientras estaba sentado en la pequeña sala de descanso de la tienda.
Lo abrí sin pensar demasiado.
Pero en el momento en que leí el nombre del remitente… sentí un pequeño golpe en el pecho.
Julia.
La madre de Ryan.
El mensaje era corto.
“Hola, Ethan. Espero que no te moleste que te haya seguido. Solo quería decir que fue un gusto conocerte el otro día.”
Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos.
Mi cerebro intentaba procesar la situación.
No era extraño que una madre siguiera a los amigos de su hijo en redes sociales.
Pero algo en mi instinto me decía que esto no era exactamente eso.
Aun así, respondí.
“Hola, Julia. No hay problema. También fue un gusto conocerte.”
Pasaron unos segundos.
Luego apareció el indicador de que estaba escribiendo.
Tres puntos.
Desaparecieron.
Volvieron.
Finalmente llegó otro mensaje.
“Ryan habla mucho de ti. Dice que eres uno de los pocos que no lo vuelve loco.”
Sonreí ligeramente.
“Eso es porque trabajo con él todos los días.”
Un nuevo mensaje apareció casi inmediatamente.
“Debe ser difícil soportarlo tantas horas.”
Solté una pequeña risa.
La conversación continuó.
Primero con mensajes casuales.
Preguntas simples.
Cómo estaba el trabajo.
Cómo iban mis estudios.
Nada extraño.
Nada inapropiado.
Pero había algo en la forma en que Julia escribía.
Algo cálido.
Algo cercano.
Algo que no se sentía exactamente como hablar con la madre de un amigo.
Después de unos minutos guardé el teléfono.
No quería pensar demasiado en eso.
Pero esa noche, cuando estaba acostado en mi cama mirando el techo, la conversación volvió a mi mente.
Su sonrisa.
Ese rubor en su rostro el día que hice aquel comentario.
Y ahora… los mensajes.
Intenté convencerme de que no significaba nada.
Pero no pude evitar pensar en ello.
—
Durante los siguientes días, Julia y yo comenzamos a hablar más seguido.
A veces por mensajes.
A veces respondiendo a historias en Instagram.
Nada demasiado personal.
Pero cada conversación parecía durar más que la anterior.
Una noche recibí un mensaje a las once y media.
“¿Estás despierto?”
Miré el reloj.
Era tarde.
Demasiado tarde para una conversación casual entre la madre de un amigo y yo.
Aun así, respondí.
“Sí.”
Pasaron unos segundos.
Luego llegó el siguiente mensaje.
“No puedo dormir.”
No sabía qué decir.
“¿Todo bien?”
Hubo una pausa más larga esta vez.
Finalmente respondió.
“Solo uno de esos días.”
Algo en su tono parecía diferente.
Más vulnerable.
“¿Quieres hablar?” escribí.
Los tres puntos aparecieron de nuevo.
Luego desaparecieron.
Después regresaron.
Finalmente el mensaje llegó.
“¿Alguna vez has sentido que tu vida no terminó siendo lo que imaginaste?”
Me quedé mirando la pantalla.
No era una pregunta ligera.
Pensé unos segundos antes de responder.
“Sí. Creo que todos lo sentimos alguna vez.”
Pasaron unos segundos.
Luego llegó otro mensaje.
“Cuando tenía tu edad, pensaba que todo sería diferente.”
No respondí inmediatamente.
Porque algo en ese momento cambió.
La conversación ya no parecía inocente.
Julia continuó escribiendo.
“Me casé muy joven.”
“Ryan nació cuando yo tenía dieciocho.”
Eso me sorprendió.
“¿Dieciocho?” respondí.
“Sí.”
“Su padre se fue cuando Ryan tenía cinco años.”
Hubo un largo silencio después de ese mensaje.
No sabía qué decir.
Finalmente escribí:
“Lo siento.”
Julia respondió con un simple:
“No lo sientas. Hace mucho tiempo.”
Pero algo en sus palabras parecía más profundo.
Más pesado.
—
Los mensajes nocturnos se volvieron más frecuentes.
Cada noche hablábamos más.
Sobre la vida.
Sobre el pasado.
Sobre sueños que nunca se cumplieron.
Un día Julia envió una foto.
Era una foto del atardecer desde el patio trasero de su casa.
“Mi lugar favorito para pensar.”
Respondí con una foto del estacionamiento vacío frente a mi apartamento.
“Mi lugar favorito para no pensar.”
Ella respondió con un emoji de risa.
Luego escribió:
“Tienes una forma interesante de ver las cosas.”
Esa noche hablamos durante casi dos horas.
Y cuando finalmente dejé el teléfono sobre la mesa, me di cuenta de algo.
Estaba esperando esos mensajes.
Esperando hablar con ella.
Lo cual… era peligroso.
Porque Julia no era solo Julia.
Era la madre de Ryan.
Mi amigo.
—
Una semana después, Ryan me invitó otra vez a su casa.
Mi estómago se tensó ligeramente cuando recibí el mensaje.
No sabía cómo se sentiría verla en persona después de tantas conversaciones privadas.
Pero acepté.
Cuando llegué, todo parecía normal.
Ryan estaba en la sala.
Julia estaba en la cocina.
Pero en el momento en que nuestros ojos se encontraron…
Algo pasó.
Una pequeña pausa.
Una sonrisa rápida.
Un secreto silencioso.
Ryan no pareció notar nada.
Pasamos un rato jugando videojuegos.
Escuchando música.
Pero cada vez que Julia entraba en la sala…
Sentía su mirada.
En un momento Ryan fue al baño.
Julia apareció en la puerta de la sala.
Me miró.
—Hola otra vez, Ethan.
—Hola.
Hubo un pequeño silencio.
Luego dijo en voz baja:
—No sabía que vendrías hoy.
—Ryan me invitó.
Ella asintió.
—Me alegro.
Sus palabras eran simples.
Pero su tono… no lo era.
En ese momento Ryan regresó.
Y Julia volvió a la cocina como si nada hubiera pasado.
Pero mi corazón estaba latiendo más rápido.
Porque en ese momento comprendí algo.
Lo que estaba pasando entre Julia y yo…
ya no era solo una conversación inocente.
Y si Ryan descubría algo…
Todo podría explotar.
Pero lo que realmente no sabía aún…
era que alguien más ya había empezado a sospechar.
Y esa sospecha…
estaba a punto de cambiar todo.
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