⚠️ Siete días de horror: el feminicidio que dejó más preguntas que respuestas

 

A finales de diciembre de 2025, cuando el ambiente festivo comenzaba a envolver las calles de Tunja, Boyacá, una historia silenciosa empezaba a tomar forma sin que nadie pudiera imaginar su desenlace.

Las horas transcurrían con normalidad, los comercios abrían, las familias se reunían y la ciudad seguía su ritmo habitual.

En medio de esa aparente tranquilidad, una joven madre de 22 años caminaba hacia su casa sin saber que ese trayecto marcaría el último capítulo de su vida.

Erika Jiménez Moreno Varón no era una figura pública ni alguien rodeado de grandes titulares.

Era, según quienes la conocían, una mujer sencilla, cercana, con una sonrisa constante y una vida enfocada en su hija pequeña.

Aquella tarde del 29 de diciembre, las cámaras de seguridad captaron su llegada a su vivienda alrededor de las 5:00 p.

m.

Llevaba una bolsa en la mano, caminaba con naturalidad y no había señales visibles de preocupación.

Entró por la puerta como lo hacía siempre.

Y luego… nada.

No hubo registros de salida.

No hubo movimientos que indicaran que abandonó el lugar.

Su presencia simplemente desapareció de la vista pública, dejando tras de sí una ausencia que al principio pasó desapercibida, pero que pronto comenzaría a generar inquietud.

Los primeros días estuvieron marcados por una aparente normalidad.

Su familia intentó comunicarse con ella y, sorprendentemente, obtuvo respuesta.

Mensajes breves, respuestas cortas, frases que parecían tranquilizadoras.

“Estoy bien”, “no te preocupes”, “luego hablamos”.

Pero había algo distinto.

Algo que no encajaba con la forma en que Erika solía expresarse.

Ese detalle, sutil pero persistente, comenzó a inquietar a sus seres queridos.

El tiempo avanzaba, y con él, la sensación de que algo no estaba bien se volvía cada vez más fuerte.

Las respuestas seguían llegando, pero carecían de la calidez habitual.

Eran impersonales, casi mecánicas.

Para su familia, no era solo el contenido de los mensajes, sino la ausencia de su esencia.

Fue entonces cuando decidieron actuar.

Al llegar a la vivienda, acompañados por las autoridades, se encontraron con una escena que cambiaría todo.

La puerta, cerrada durante días, parecía guardar un silencio pesado.

Al abrirla, el ambiente era distinto.

El aire no tenía la frescura de un hogar habitado, sino una densidad difícil de ignorar.

Dentro, todo parecía en orden… pero al mismo tiempo, profundamente alterado.

En una de las habitaciones, envuelto en cobijas y sábanas, estaba el cuerpo de Erika.

Habían pasado días.

La escena era impactante.

No solo por la pérdida evidente, sino por las circunstancias que la rodeaban.

La joven que había sido vista entrando con normalidad ahora yacía en un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido.

Pero lo más perturbador aún estaba por revelarse.

Mientras el cuerpo permanecía en ese lugar, alguien había estado viviendo en la casa.

Las investigaciones comenzaron a reconstruir lo ocurrido en los días posteriores a su desaparición.

Las cámaras de seguridad mostraban movimientos constantes de una persona: su pareja sentimental.

Entraba y salía del lugar con total aparente normalidad.

Caminaba por el barrio, realizaba compras, cargaba objetos y regresaba a la vivienda como si nada hubiera ocurrido.

Durante siete días.

Siete días en los que, según los investigadores, convivió con el cuerpo.

Siete días en los que respondió mensajes desde el teléfono de Erika, manteniendo la ilusión de que seguía con vida.

Ese detalle fue clave.

Lo que inicialmente parecía una comunicación normal se transformó en una pieza fundamental del caso.

Las palabras enviadas no eran de ella.

Eran una construcción, una fachada diseñada para ganar tiempo y evitar sospechas inmediatas.

A medida que los investigadores analizaban más de 200 horas de grabaciones, el patrón se volvía cada vez más claro.

Erika había entrado a su casa… y nunca volvió a salir.

En cambio, su pareja se movía libremente, sin señales visibles de nerviosismo, sin comportamientos que llamaran la atención.

Esa aparente normalidad fue, precisamente, uno de los aspectos más desconcertantes del caso.

La investigación avanzó con rapidez una vez que las piezas comenzaron a encajar.

El análisis de los mensajes, las grabaciones y los testimonios permitió identificar al principal sospechoso.

Días después, fue localizado en Bogotá, lejos de Tunja.

La captura se realizó sin resistencia.

No hubo persecuciones ni escenas dramáticas.

El hombre, identificado como Walter Camilo Medina Rojas, de 28 años, fue detenido en una calle cualquiera, con una apariencia que contrastaba con la gravedad de los hechos que se le atribuían.

Las autoridades señalaron que las pruebas en su contra eran contundentes.

Sin embargo, en la audiencia inicial, el acusado no aceptó los cargos de feminicidio.

Un juez ordenó medida de aseguramiento intramural mientras continúa el proceso judicial.

La investigación sigue en curso, y se espera que en los próximos meses se definan responsabilidades de manera definitiva.

Para la familia de Erika, la captura no significó un cierre.

Fue, en todo caso, el inicio de otra etapa.

Una marcada por el dolor, las preguntas y la necesidad de justicia.

Su padre, quien participó en el hallazgo, ha insistido en que el caso se investigue con rigor, sin omitir ningún detalle.

Mientras tanto, su hija pequeña, de apenas dos años, quedó bajo el cuidado de sus abuelos.

Una vida que apenas comenzaba y que ahora estará marcada por una ausencia imposible de llenar.

El caso ha generado una fuerte reacción en Colombia.

No solo por la brutalidad de lo ocurrido, sino por los elementos que lo rodean: los mensajes enviados después de la muerte, la convivencia con el cuerpo y la aparente normalidad con la que se desarrollaron los hechos.

Más allá de los detalles, la historia de Erika se suma a una realidad que sigue generando preocupación.

Un recordatorio de que detrás de cada caso hay vidas, familias y consecuencias que trascienden cualquier titular.

Y mientras la justicia avanza, queda una sensación difícil de ignorar.

Porque lo más inquietante no es solo lo que ocurrió dentro de esa casa.

Sino el hecho de que, durante días… alguien logró hacer creer al mundo que nada había pasado.