La mañana había comenzado como cualquier otra en el edificio corporativo más lujoso del centro financiero de Monterrey.

El sol apenas iluminaba las paredes de cristal del rascacielos donde se encontraba la sede de Grupo Castillo Global, uno de los conglomerados más poderosos de todo México.

Desde afuera, el edificio parecía un símbolo de éxito y poder. Desde adentro, cada piso respiraba autoridad, dinero y decisiones que podían cambiar el destino de miles de personas.

Pero para Mateo Reyes, aquel lugar significaba algo muy distinto.

Para él, aquel edificio era simplemente su lugar de trabajo.

Mateo era el conserje.

Cada mañana llegaba antes que todos, cuando aún no había ejecutivos, ni secretarias, ni asistentes corriendo por los pasillos. Solo estaban el eco de sus pasos, el sonido del trapeador sobre el suelo de mármol y el aroma del detergente mezclado con el aire frío del sistema de ventilación.

Tenía treinta y cuatro años y una vida que no había sido amable con él.

Cinco años atrás había perdido a su esposa en un accidente automovilístico. Desde entonces criaba solo a su pequeña hija Lucía, una niña de siete años que era la única razón por la que Mateo seguía levantándose cada día antes del amanecer.

Trabajaba duro.

Demasiado duro.

Pero nunca se quejaba.

Sabía que en la vida hay personas que nacen en el penthouse… y otras que empiezan en el sótano.

Y él claramente estaba en el sótano.

Aquella mañana estaba limpiando el pasillo del piso ejecutivo cuando escuchó algo extraño.

Primero fueron voces.

Luego gritos.

Y después… silencio.

Un silencio pesado.

Un silencio que no pertenecía a un lugar lleno de ejecutivos poderosos.

Mateo levantó la cabeza.

La puerta de la sala de juntas principal estaba entreabierta.

Dentro había más de diez personas.

Directores.

Accionistas.

Consejeros.

Todos vestidos con trajes que probablemente costaban más que el salario anual de Mateo.

Pero algo estaba mal.

Muy mal.

De repente alguien gritó:

—¡Llamen a emergencias ahora mismo!

Mateo soltó el trapeador sin pensarlo.

Corrió hacia la puerta.

Al entrar, la escena parecía sacada de una pesadilla.

En el suelo de mármol, junto a la enorme mesa de nogal pulido, estaba tirada una mujer.

Su cuerpo no se movía.

Sus labios se estaban volviendo morados.

Era Valeria Castillo.

La CEO.

La heredera del imperio Castillo.

La mujer que aparecía constantemente en revistas de negocios internacionales.

Una de las multimillonarias más jóvenes e influyentes de América Latina.

Y ahora… estaba inconsciente en el suelo.

Al principio nadie se movía.

Los ejecutivos estaban paralizados.

Uno murmuró:

—Debe ser un desmayo…

Otro dijo nervioso:

—Quizás solo necesita aire…

Pero Mateo vio algo que los demás no.

No estaba respirando.

Corrió hacia ella.

—¡Mateo, detente! —gritó alguien.

—¡No tienes autorización para estar aquí!

—¡Sal inmediatamente!

Mateo ignoró todos los gritos.

Se arrodilló junto a Valeria.

—Señora Castillo… ¿puede oírme?

No hubo respuesta.

Colocó dos dedos en su cuello.

No sentía pulso.

El corazón de Mateo comenzó a latir con fuerza.

Recordó algo.

Un recuerdo que parecía venir de otra vida.

Años atrás, en un centro comunitario de un barrio obrero, había tomado un curso gratuito de primeros auxilios.

No porque quisiera.

Sino porque aquel día estaban regalando bolsas de comida y leche para niños.

Él necesitaba esa comida para Lucía.

Pero mientras esperaba su turno, una instructora insistió en que todos participaran en la clase.

En ese momento Mateo pensó que era una pérdida de tiempo.

Pero ahora…

Aquellas palabras regresaban a su mente con claridad absoluta.

Si una persona no respira…

tú debes convertirte en sus pulmones.

Mateo inclinó suavemente la cabeza de Valeria hacia atrás.

Tapó su nariz.

Y acercó su boca a la de ella.

—¿La está besando? —gritó alguien con indignación.

—¡Qué asco! —exclamó una mujer.

—¡Sáquenlo de aquí!

Mateo no respondió.

Le dio dos respiraciones.

Luego colocó sus manos en el centro de su pecho.

Y comenzó las compresiones.

—Uno… dos… tres… cuatro…

El sonido de sus manos presionando el pecho de la poderosa empresaria resonaba en la sala de juntas.

Pero los ejecutivos estaban furiosos.

Uno de ellos se acercó con el rostro rojo de ira.

—¡Aléjate de ella!

Un golpe cayó sobre la espalda de Mateo.

El dolor atravesó su cuerpo.

Pero no se detuvo.

—Cinco… seis… siete…

Otro golpe cayó sobre su hombro.

Esta vez más fuerte.

Mateo apretó los dientes.

—Ocho… nueve… diez…

—¡Sucio conserje! —susurró alguien con desprecio.

—¡No la toques!

Mateo sentía el sudor correr por su frente.

Sus brazos comenzaban a temblar.

Pero siguió.

—Once… doce… trece…

Alguien intentó sujetarlo por el hombro para apartarlo.

Mateo se liberó.

Volvió a inclinarse.

Dos respiraciones más.

Luego continuó con las compresiones.

—Veinte… veintiuno… veintidós…

Su espalda ardía.

Su hombro estaba entumecido.

Pero no se detuvo.

—No… —murmuró entre dientes.

—No mueras así…

Veinticinco…

Veintiséis…

Veintisiete…

De repente…

El pecho de Valeria se sacudió.

Un sonido seco salió de su garganta.

Luego tosió.

Una vez.

Luego otra.

Y finalmente inhaló profundamente.

Como alguien que acaba de salir a la superficie después de estar demasiado tiempo bajo el agua.

La sala quedó completamente en silencio.

Valeria Castillo estaba respirando.

Mateo cayó sentado en el suelo.

Sus manos temblaban.

Todo su cuerpo estaba agotado.

Pero ella estaba viva.

Las puertas se abrieron de golpe.

Los paramédicos entraron corriendo.

Tomaron el control de la situación y colocaron a Valeria en una camilla.

Uno de ellos preguntó rápidamente:

—¿Quién inició la RCP?

Mateo levantó la mano lentamente.

—Yo…

Antes de que pudiera decir algo más, un hombre alto de cabello gris se acercó.

Llevaba un traje azul oscuro perfectamente planchado.

En su placa se leía:

Eduardo Barragán — Director Financiero.

El hombre miró a Mateo con una expresión fría.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo Reyes.

—Soy el conserje.

Los ojos del hombre se endurecieron.

—Acabas de poner tu boca sobre la boca de la señora Castillo.

Lo dijo con una mezcla de desprecio y acusación.

Como si Mateo hubiera cometido algo terrible.

No como si acabara de salvarle la vida.

Mateo frunció el ceño.

—Ella no estaba respirando.

—Hice lo que tenía que hacer.

Eduardo lo observó en silencio durante unos segundos.

Luego dijo con frialdad:

—Ya veremos si eso fue apropiado.

Los paramédicos se llevaron a Valeria.

La sala quedó en silencio.

Mateo recogió su trapeador.

Pensó que todo había terminado.

Que al día siguiente volvería a limpiar los mismos pasillos.

Que nadie recordaría lo que había pasado.

Pero estaba equivocado.

Porque tres días después…

todo Monterrey hablaría de él.

Y la mujer más poderosa de la ciudad…

pediría verlo.

Personalmente.