El periodista Ari Lijalad equiparó la retórica discursiva de Javier Milei con doctrinas totalitarias del pasado tras la difusión de un video oficial que califica a los opositores políticos como una amenaza biológica social

 

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El escenario político de América Latina atraviesa una etapa de profunda reconfiguración en sus relaciones exteriores, marcada por dos modelos diametralmente opuestos de inserción global.

Por un lado, la administración argentina liderada por Javier Milei ha consolidado un alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel, una postura que genera intensos debates internos respecto a la soberanía y los beneficios reales de dicha estrategia.

Por el otro, el Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva mantiene una postura de autonomía pragmática que le permite negociar de igual a igual con las principales potencias globales, priorizando el desarrollo económico nacional sobre las afinidades ideológicas.

Las críticas hacia el rumbo adoptado por el Ejecutivo argentino se fundamentan en la falta de contraprestaciones económicas tangibles tras las concesiones realizadas en materia geopolítica.

La política de apertura total y la intención de privatizar sectores estratégicos —que abarcan desde la red ferroviaria hasta la energía nuclear— son percibidas por diversos analistas como una entrega de recursos sin un beneficio correlativo para el país.

Frente a la premisa oficial de que la cercanía con Washington e Israel garantizaría privilegios financieros inmediatos, los resultados actuales muestran una ausencia de acuerdos preferenciales o desgravaciones arancelarias significativas.

 

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En contraposición, la experiencia reciente de Brasil demuestra la viabilidad de una diplomacia basada en la defensa de los intereses nacionales.

A pesar de las fuertes presiones ejercidas por la administración estadounidense de Donald Trump, que incluyeron amenazas públicas de imponer un arancel general del **50%** a los productos brasileños si no se procedía a la liberación inmediata del expresidente Jair Bolsonaro, el mandatario brasileño rechazó de forma tajante cualquier tipo de injerencia externa en sus asuntos judiciales y soberanos.

La firmeza de Brasilia no impidió que, tras sucesivos encuentros bilaterales entre Lula da Silva y Donald Trump tanto en foros asiáticos como en territorio norteamericano, se lograra una reducción de aranceles para las exportaciones de carne y productos frescos hacia el mercado estadounidense.

Este resultado evidencia que la diplomacia global responde a dinámicas de conveniencia mutua y poder relativo, antes que a la subordinación discursiva.

 

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El trasfondo de estas tensiones internacionales no se limita a cuestiones de afinidad partidaria, sino que responde a disputas macroeconómicas y de control de infraestructura crítica.

La creciente influencia de China en la región, materializada en proyectos de gran envergadura como el puerto de Chancay en Perú, el puerto de Santos en Brasil y el proyectado corredor ferroviario bioceánico que unirá el Atlántico con el Pacífico, representa un desafío directo a la hegemonía comercial que Estados Unidos busca preservar de manera exclusiva en los canales tradicionales del continente.

Asimismo, la complejidad de la agenda regional se traslada al ámbito de la seguridad y el combate al crimen organizado.

Los recientes operativos policiales en Río de Janeiro contra estructuras del narcotráfico como el Comando Vermelho, sumados a las declaraciones del Departamento de Estado de los Estados Unidos que catalogan a estas facciones como organizaciones terroristas globales, introducen nuevas variables en el debate sobre la asistencia militar y la soberanía territorial en América del Sur.

Mientras algunas fuerzas locales reclaman una mayor intervención de potencias extranjeras, la gestión de los conflictos internos y la preservación de los recursos estratégicos siguen siendo los ejes centrales que definen el éxito o el fracaso de las políticas de Estado en la región.

 

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