Arturo Durazo Moreno, jefe de la policía del Distrito Federal durante el gobierno de José López Portillo, acumuló un enorme poder político y económico mientras imponía cuotas obligatorias a los agentes y construía lujosas propiedades como el llamado “Partenón” en Guerrero

 

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Arturo Durazo Moreno, conocido como “El Negro”, fue una de las figuras más polémicas dentro de la historia política y policial de México durante el siglo XX.

Nacido en 1924 en Sonora, su trayectoria alcanzó notoriedad cuando fue nombrado jefe del Departamento de Policía y Tránsito del entonces Distrito Federal durante el gobierno de José López Portillo.

Su cercanía personal con el mandatario le permitió escalar rápidamente en el poder, consolidando una influencia que marcaría profundamente su paso por las instituciones de seguridad.

Durante su gestión, Durazo acumuló un nivel de autoridad que, según diversos testimonios, generaba temor incluso entre figuras públicas.

Se le atribuía una fortuna considerable, estimada en su momento en cifras millonarias, producto de una estructura de poder que operaba dentro de la corporación policiaca.

Entre las prácticas señaladas se encontraba la imposición de cuotas económicas a elementos de la policía, quienes debían cubrir pagos periódicos para conservar sus puestos o acceder a beneficios dentro de la institución.

Este sistema derivó en múltiples abusos hacia la población, ya que muchos agentes recurrían a actos indebidos para cumplir con las exigencias económicas.

Al mismo tiempo, Durazo construyó un estilo de vida caracterizado por el lujo y la ostentación.

Entre sus propiedades destacaban residencias de gran tamaño, una de ellas conocida como “El Partenón”, ubicada en Zihuatanejo, Guerrero.

Esta construcción, inspirada en la arquitectura griega clásica, contaba con amplios espacios decorados con mármol, esculturas y elementos de alto costo, además de instalaciones como caballerizas, áreas recreativas y espacios destinados al entretenimiento.

 

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Otra de sus propiedades incluía elementos como un hipódromo privado, un polígono de tiro y una discoteca diseñada con referencias a centros nocturnos internacionales.

Estas construcciones fueron objeto de controversia, ya que se señalaba que algunos trabajos habrían sido realizados por personal adscrito a la corporación policiaca.

Paralelamente a su vida institucional, Durazo mantuvo una intensa relación con el mundo del espectáculo.

Diversos actores, cantantes y personalidades de la farándula formaban parte de su círculo cercano.

Entre ellos se mencionaba al actor Andrés García, quien en distintas ocasiones relató la cercanía que mantenía con el exjefe policiaco.

También se mencionaban vínculos con artistas como Enrique Guzmán, además de la presencia constante de celebridades en reuniones privadas organizadas por Durazo.

Estas reuniones eran descritas como encuentros prolongados que podían extenderse por varios días, donde participaban figuras del entretenimiento.

En algunos relatos, se señalaba que quienes eran invitados debían permanecer durante largos periodos sin abandonar el lugar.

Asimismo, se mencionaba que Durazo otorgaba credenciales o privilegios especiales a personas cercanas, lo que incrementaba su influencia fuera del ámbito estrictamente policial.

Dentro de este contexto también surgieron versiones sobre su relación con figuras del entorno artístico, incluyendo señalamientos que lo vinculaban con mujeres destacadas del espectáculo de la época.

Entre los nombres mencionados en distintos relatos figuraban artistas como Gina Montes y Meche Carreño, quienes formaron parte del ambiente artístico durante las décadas de 1970 y 1980.

En algunos casos, se hablaba de encuentros sociales o acercamientos en eventos, mientras que en otros surgían versiones contradictorias sobre la naturaleza de dichas relaciones.

 

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También se mencionaban contactos indirectos con el entorno de Luis Miguel, particularmente durante sus primeros años de carrera.

Según ciertos testimonios, Durazo habría facilitado presentaciones del joven artista en eventos relevantes, incluyendo celebraciones de carácter político y social, lo que contribuyó a su proyección en medios de comunicación.

El nivel de influencia de Durazo fue tal que incluso recibió reconocimientos públicos, como el “Micrófono de Oro” otorgado por la Asociación Nacional de Locutores.

Además, fue nombrado miembro de organizaciones honoríficas y recibió distinciones académicas, a pesar de no contar con una formación profesional relacionada con dichas áreas.

En el ámbito político, su poder llegó a generar tensiones dentro de las instituciones.

Su nombramiento como general de división, otorgado sin haber seguido la carrera militar tradicional, provocó inconformidad en sectores del ejército mexicano.

A pesar de ello, mantuvo el grado durante el periodo en que contó con respaldo presidencial.

La situación cambió radicalmente tras el final del mandato de López Portillo y la llegada de Miguel de la Madrid.

Bajo la nueva administración, Durazo fue señalado como parte de los casos emblemáticos de irregularidades dentro del gobierno anterior.

Ante la presión de las autoridades, abandonó el país y permaneció en el extranjero durante un tiempo.

 

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Finalmente, fue detenido en Puerto Rico y posteriormente extraditado a México para enfrentar diversos cargos, entre ellos abuso de autoridad y delitos relacionados con el manejo de recursos.

Permaneció varios años en prisión, hasta que obtuvo su liberación por razones de salud y buen comportamiento.

Tras recuperar su libertad, se estableció en una de sus propiedades en Acapulco, donde llevó una vida más discreta.

Falleció en el año 2000, dejando tras de sí una imagen controvertida que lo convirtió en símbolo de una etapa marcada por el abuso de poder y la corrupción dentro de las instituciones.

Años después de su muerte, algunas de sus propiedades continuaron siendo objeto de disputas legales entre familiares y autoridades.

El “Partenón”, en particular, fue expropiado por el gobierno y con el tiempo sufrió un notable deterioro.

A pesar de ello, su estructura aún permanece como un recordatorio visible de una época caracterizada por excesos y contrastes.

La figura de Arturo Durazo sigue siendo recordada como una de las más representativas de los abusos de poder en la historia contemporánea de México, especialmente por la combinación de influencia política, vínculos con el espectáculo y un estilo de vida que reflejaba el alcance de su autoridad en aquellos años.