Perla, una de las voces más populares de los años 70 y 80 en Brasil, pasó de acumular discos de oro y platino a vivir en condiciones de extrema pobreza en su propia casa

 

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La historia de Perla, nombre artístico de Ermita Pedrozo Rodríguez y Almeida, refleja uno de los contrastes más duros del mundo del espectáculo latinoamericano: del éxito internacional a la precariedad extrema.

Considerada una de las voces femeninas más populares de los años 70 y 80 en Brasil y parte de Sudamérica, la cantante pasó de llenar escenarios y acumular discos de oro a vivir en condiciones de extrema pobreza, aislada y dependiendo de ayudas esporádicas.

Nacida el 17 de marzo de 1952 en Paraguay, en el seno de una familia numerosa de seis hermanos, Perla creció enfrentando discriminación desde temprana edad.

Su tono de piel más oscuro dentro de su familia la convirtió en víctima de prejuicios sociales que marcaron su infancia.

A los 18 años tomó una decisión que cambiaría su vida: emigrar a Brasil en busca de oportunidades en la música.

En sus primeros años en territorio brasileño, comenzó cantando en clubes nocturnos, donde su talento no tardó en llamar la atención.

Su repertorio incluía versiones en portugués de grandes éxitos internacionales, especialmente del grupo sueco ABBA, lo que la ayudó a ganar popularidad en la década de los 70.

Su ascenso fue meteórico: obtuvo 10 discos de oro y 3 de platino, consolidándose como una de las artistas latinas más reconocidas en el mercado brasileño.

 

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Sin embargo, su camino al éxito estuvo marcado por humillaciones y dificultades.

En más de una ocasión fue subestimada por empresarios del medio artístico.

Uno de ellos, el empresario argentino Marcos Larazo, llegó a describirla de forma despectiva como “una más que viene a cantar por un plato de comida”, una frase que reflejaba el trato que muchos artistas migrantes recibían en la industria.

En el plano personal, su vida estuvo lejos de la estabilidad.

Contrajo matrimonio en dos ocasiones.

El primero terminó rápidamente, pero el segundo, con el empresario brasileño João Rodríguez, se convirtió en una etapa oscura de su vida.

Según testimonios posteriores de la propia artista, la relación estuvo marcada por violencia física y psicológica desde sus inicios.

“Me golpeaban y vivía con miedo constante”, habría confesado años después, cuando finalmente se atrevió a hablar públicamente.

Durante su matrimonio, llegó a ser hospitalizada en varias ocasiones y tuvo que someterse a múltiples cirugías, cuyas razones no fueron reveladas públicamente en su momento.

Con el tiempo, se supo que estas intervenciones estaban relacionadas con las agresiones sufridas.

 

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La situación derivó en un profundo cuadro de depresión, por el que recibió tratamiento psicológico y psiquiátrico durante más de siete años.

El miedo a represalias y amenazas impidió que hablara antes.

Solo tras la muerte de su esposo decidió revelar la magnitud de lo ocurrido.

En el ámbito profesional, su fama comenzó a desvanecerse progresivamente.

Tras haber sido una de las figuras más codiciadas de la música latina, Perla desapareció del circuito mediático durante más de 15 años.

Su fortuna, acumulada en la cima de su carrera, se perdió tras una serie de malas administraciones y presuntas estafas relacionadas con quienes manejaban sus bienes.

Para 2018, su situación era completamente opuesta a la de sus años dorados.

Vivía en condiciones de extrema precariedad dentro de su propia vivienda, rodeada de objetos acumulados, premios y discos que recordaban su pasado glorioso.

Vecinos y allegados describieron su entorno como un espacio de abandono y desorden, reflejo de una vida marcada por la caída económica y emocional.

A pesar de su estado, Perla continuaba conservando fragmentos de su identidad artística.

En una etapa de su vida, incluso decidió cortar su característica larga cabellera y donarla a un hospital cuando su hermana fue diagnosticada con cáncer, gesto que fue recordado por quienes la conocieron como un acto de generosidad en medio de su propia crisis personal.

 

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Sin embargo, la realidad actual de la cantante dista mucho de aquella imagen de estrella.

Sin contratos estables, su sustento proviene de presentaciones ocasionales en pequeños bares, donde los ingresos apenas alcanzan para cubrir medicamentos básicos.

Su salud, además, se ha visto afectada por la diabetes, lo que ha provocado episodios de descompensación.

En 2022, Perla fue ingresada de urgencia en una clínica de São Paulo tras sufrir una crisis en su hogar.

Posteriormente fue dada de alta y regresó a casa en silla de ruedas, según reportes cercanos a su entorno.

Hoy, su nombre sobrevive más en la memoria colectiva que en la actualidad musical.

Para muchos, Perla representa no solo el brillo de una época dorada de la música latinoamericana, sino también la fragilidad de la fama cuando se combina con violencia, mala gestión y abandono.

Su historia permanece como un recordatorio silencioso de cómo el éxito puede desvanecerse hasta dejar solo ecos de lo que una vez fue una de las voces más admiradas del continente.

 

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