El expolicía de origen cubano Manuel Pardo Jr fue ejecutado en Florida tras ser condenado por los brutales asesinatos de nueve personas cometidos en un periodo de noventa y dos días durante la época del narcotráfico en Miami

La historia criminal de Miami guarda en sus páginas más oscuras el nombre de Manuel Pardo Junior, un hombre cuya existencia se dividió entre el heroísmo público y la barbarie más absoluta.
Nacido en Nueva York en 1956 y de profundas raíces cubanas, Pardo personificó la cara más retorcida de una metrópoli que, a mediados de la década de los ochenta, naufragaba en un mar de dinero fácil, cocaína y corrupción institucional.
Sin embargo, lo que diferenció a este expolicía de los habituales gatilleros de los carteles no fue solo su placa, sino la fría y mística metodología con la que ejecutó a nueve personas en apenas noventa y dos días.
Antes de convertirse en el monstruo que acaparó los titulares, Pardo fue el ciudadano ejemplar que el condado de Miami-Dade aplaudía.
Tras un breve paso por la Patrulla de Caminos de Florida, de donde fue despedido por falsificar boletas de tránsito, encontró su verdadero hogar en el departamento de policía de Sweetwater.
Allí se graduó como el mejor de su clase.
Su nombre llegó a las páginas del prestigioso diario Miami Herald gracias a crónicas que alababan su valentía: salvó la vida de un bebé de dos meses aplicándole reanimación cardiopulmonar en plena vía pública y detuvo a un peculiar delincuente que robaba loros para sacrificios rituales.
Para los vecinos, Manuel era un protector; para la institución, un agente con un futuro brillante.
La caída comenzó cuando los límites entre la ley y el submundo criminal se desvanecieron.
En 1985, tras ser investigado por brutalidad policial y finalmente expulsado por mentir en un tribunal de las Bahamas para proteger a un compañero vinculado al narcotráfico, Pardo cruzó la línea definitiva.
Sin empleo y seducido por la opulencia de los “Cowboys de la Cocaína”, se alió con Rolando García para estructurar una red de tumbes y ejecuciones.
Su primera víctima cayó en enero de 1986.

Mario Amador y Roberto Alfonso murieron en un falso trato de compra de droga dentro de una vivienda, acribillados con una pistola Ruger calibre 22 provista de un silenciador artesanal.
El fabricante de dicho silenciador, Michael Millot, fue el siguiente en la lista, ejecutado dentro de un automóvil bajo la sospecha de ser un informante federal.
Luego siguieron Luis Robledo y Ulpiano Ledo, asesinados durante un asalto domiciliario.
La crueldad de Pardo escondía una faceta esotérica y obsesiva.
En cada escena, antes de huir, utilizaba una cámara fotográfica instantánea para retratar los rostros inertes de los fallecidos.
En su mente, alterada por una mezcla de fanatismo nazi y distorsiones de la santería, el disparo solo destruía la vida física; la fotografía capturaba el espíritu, el cual procedía a quemar en un cenicero especial en su vivienda para enviar esas almas al sufrimiento eterno.
El horror alcanzó su punto álgido en abril de 1986 con los homicidios de Fara Quintero y Sara Musa, motivados por una deuda económica de cincuenta dólares y una supuesta marca de muerte en un localizador.
Al día siguiente, Ramón Albero Cruz, su jefe en la estructura, y su novia Daisy Ricard, una víctima circunstancial, cerraron la sangrienta lista.
El destino del homicida se selló por su propio error técnico.
Al ejecutar a Daisy Ricard, el arma se trabó; al intentar destrabarla golpeándola contra el cráneo de la mujer, el artefacto se disparó accidentalmente impactando en el propio pie de Pardo.
Aunque huyó a Nueva York para atenderse en un hospital alegando un asalto, la prueba balística de la bala extraída coincidió exactamente con los homicidios de Miami.
El registro de su hogar reveló un museo del horror: insignias nazis, diarios con recortes de prensa de sus crímenes y las tarjetas de crédito de los fallecidos, las cuales utilizaba por puro egocentrismo.

Durante el juicio de 1988, Pardo sepultó la estrategia de locura de su defensa al subir al estrado.
Lejos de mostrar arrepentimiento, declaró con orgullo que disfrutaba dispararles a quienes consideraba “parásitos” que no merecían la condición de seres humanos.
El jurado deliberó seis horas antes de declararlo culpable de los nueve cargos de asesinato en primer grado.
El propio acusado imploró la pena capital, solicitando morir como un soldado y no pasar su vida encerrado.
El confinamiento prolongó su historia por veinticuatro años en la prisión estatal de Florida.
En ese lapso, el asesino ideológico se transformó en el “Romeo del corredor de la muerte”, seduciendo a decenas de mujeres mediante cartas románticas para obtener financiamiento y afecto.
Mientras su cómplice Rolando García lograba la anulación de su condena debido a fallas procesales y salía en libertad, Pardo aguardaba el desenlace definitivo.
El 11 de diciembre de 2012, tras el rechazo de múltiples apelaciones que cuestionaban su salud mental, Manuel Pardo Junior recibió la inyección letal en la prisión de Starke.
Sus últimas palabras, silenciadas para el público por un fallo en los micrófonos de la sala de ejecución pero guardadas en las actas oficiales, no recordaron a las víctimas ni mostraron redención.
Fueron dirigidas únicamente a su hija Monique, a quien llamó su bebé, cerrando en la penumbra el ciclo de uno de los criminales más enigmáticos y despiadados de la historia estadounidense.
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