El castigo de la siesta y el engaño de la mano de lana - News

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El castigo de la siesta y el engaño de la mano de lana

La leyenda de La Solapa: el espectro que marca la siesta en los campos  entrerrianos | Perfil

 

El sol de enero en Catamarca no es una simple condición climática, sino una entidad opresiva que rige la vida, la muerte y el silencio de los hombres.

A las dos de la tarde, el noroeste argentino se somete a un veredicto de fuego.

La tierra colorada y seca parece resquebrajarse bajo un cielo de un azul tan pálido que roza la blancura, y un vaho ardiente se eleva del suelo, distorsionando el horizonte en ondas que engañan a los ojos.

En esos veranos donde el termómetro araña con saña los cuarenta y cinco grados a la sombra, el pueblo entero de Andalgalá se recoge en un mutismo absoluto.

Las ventanas se cierran, las pesadas persianas de madera se clausuran para retener la penumbra fresca de los adobes, y las familias se entregan a un sueño pesado, casi comatoso, que llaman la siesta.

Es un pacto ancestral de supervivencia: el hombre cede el control del mundo exterior a las horas en que la naturaleza misma parece contener el aliento, y las calles de tierra quedan tan desiertas que el paraje simula ser un cementerio de casas bajas.

Sin embargo, para los niños y los imprudentes, ese silencio no es una invitación al descanso, sino la advertencia de una frontera invisible que no debe ser cruzada, porque cuando los hombres duermen, las viejas criaturas de la tierra despiertan para reclamar lo suyo.

Mateo tenía catorce años y una inquietud en la sangre que ninguna advertencia familiar había logrado aplacar.

Su abuela, una mujer de piel ajada por el viento de la puna y ojos que parecían haber visto nacer a los cerros, se lo repetía cada mediodía mientras recogía los platos de la mesa.

Le decía que el monte no perdona a los desobedientes, que el calor de la siesta alborota a los duendes y que el Sombrerudo camina entre los algarrobos buscando a los muchachos vagos para romperles el cuerpo o robarles el juicio.

Mateo la escuchaba con esa sonrisa condescendiente y soberbia que es propia de la adolescencia, esa edad en la que uno se cree inmortal y asume que las leyendas no son más que inventos de los viejos para obligar a los chicos a quedarse quietos en la cama.

Para él, las historias sobre un ser pequeño con un sombrero descomunal que aterrorizaba a los desatentos eran cuentos infantiles, mitos rurales nacidos del aburrimiento y de la necesidad de mantener el orden doméstico en las horas más sofocantes del día.

Aquel martes de enero, el aburrimiento caló más hondo que el temor.

Sus padres ya roncaban en la habitación del fondo, bajo el zumbido monótono de un ventilador destartalado que apenas lograba mover el aire espeso, y su abuela descansaba en su mecedora con el rosario entre los dedos entrelazados.

El silencio de la casa era una prisión que Mateo no estaba dispuesto a tolerar un día más.

Con movimientos calculados y milimétricos, el muchacho se levantó de la lona de su catre.

Sus pies descalzos conocían de memoria cada tabla del suelo que crujía y cada rincón sombrío de la vivienda.

Se calzó unas zapatillas de lona gastadas, cuyos cordones deshilachados apenas sostenían la estructura del calzado, y tomó de la mesa de la cocina su posesión más preciada: una gomera de horqueta de horco molle, armada con gomas de caucho grueso que él mismo había extraído de una cámara de camión vieja y una badana de cuero flexible.

En los bolsillos del pantalón corto llevaba un tesoro de piedras perfectamente esféricas y pulidas, recogidas del lecho seco del río semanas atrás.

Su plan era simple y, a sus ojos, perfectamente inofensivo: cruzar el patio trasero, saltar la pirca de piedra que limitaba la propiedad y adentrarse en el monte de algarrobos y cardones para cazar alguna paloma torcaza o simplemente para explorar los senderos que la luz cegadora del mediodía volvía misteriosos y prohibidos.

Cuando deslizó el pestillo de la puerta trasera, el metal lanzó un leve quejido que hizo que Mateo contuviera la respiración por diez segundos, mirando de reojo hacia el pasillo oscuro de la casa; pero nadie se movió.

Al dar el primer paso hacia el exterior, el impacto del calor lo golpeó en el pecho como un puñetazo físico.

El aire era tan denso y caliente que quemaba las fosas nasales al respirar, y el resplandor del sol reflejado en la tierra blanquecina lo obligó a entrecerrar los ojos, cubriéndose la frente con la mano libre.

El patio de la casa daba paso inmediato a una transición brusca hacia la vegetación achaparrada del monte catamarqueño.

No había una frontera clara, solo una pirca derruida por los años y el avance de las raíces de los algarrobos.

Mateo saltó las piedras calientes, sintiendo cómo el calor traspasaba las suelas de sus zapatillas, y se internó en la arboleda.

Al principio, el paisaje le resultó familiar y reconfortante; el crujido de las ramas secas bajo sus pies y el canto estridente y ensordecedor de las chicharras llenaban el ambiente con una música rítmica que le daba confianza.

Las chicharras parecían cantar con una desesperación frenética, como si el propio calor las obligara a vaciar sus pulmones antes de secarse por completo bajo las hojas polvorientas.

Mateo caminó unos doscientos metros, buscando la sombra intermitente de los árboles, con la gomera tensada a medias y una piedra ya calzada en el cuero, lista para ser disparada ante el menor movimiento en las copas de los algarrobos.

Sin embargo, a medida que avanzaba y se alejaba del pueblo, el paisaje comenzó a transformarse de un modo sutil que despertó un cosquilleo de alarma en su nuca.

El follaje, que usualmente presentaba un verde apagado y grisáceo por el polvo, parecía ahora extrañamente estático, inmóvil, como si las hojas hubiesen sido pintadas sobre el cielo.

El aire, lejos de refrescar bajo la sombra, se volvió aún más sofocante, cargado de un olor penetrante a azufre, a tierra quemada y a algo dulzón y descompuesto que Mateo no logró identificar pero que le revolvió el estómago.

El muchacho se detuvo junto a un enorme cardón seco que se alzaba como un centinela muerto en medio del sendero.

Fue en ese preciso instante cuando notó la verdadera anomalía del entorno: las chicharras se habían callado.

El cese del sonido no fue gradual, no fue el apagarse natural de unos insectos que buscan refugio; fue una interrupción abrupta, un corte limpio y absoluto que dejó al monte sumido en un silencio ensordecedor.

Mateo bajó la gomera lentamente.

El silencio de la siesta en el campo puede ser más aterrador que cualquier grito nocturno en la ciudad, porque es un silencio que pesa, que oprime los tímpanos y que expande los latidos del corazón hasta hacerlos retumbar en la propia cabeza.

El joven miró a su alrededor, pero el resplandor del sol creaba espejismos en el aire; las plantas parecían ondular y flotar sobre el suelo debido al reflejo térmico, volviendo difusos los contornos de las rocas y los troncos.

Quiso convencerse de que era solo el cansancio provocado por el golpe de calor y decidió que ya había sido suficiente audacia por un día.

Dio media vuelta con la intención de regresar sobre sus pasos, pero al girar descubrió que el sendero por el que había venido parecía haber desaparecido, desdibujado entre matorrales de espinillos que no recordaba haber cruzado.

El pánico, una chispa fría y aguda en medio de aquel infierno de fuego, comenzó a encenderse en su pecho.

Un sonido quebrado rompió la densa quietud del aire.

Fue el crujido seco de una rama pisada a pocos metros detrás de él.

Mateo se dio la vuelta rápidamente, levantando la gomera con las manos temblorosas y apuntando hacia la espesura de un algarrobo viejo, cuyo tronco retorcido recordaba a un cuerpo humano suplicante.

No había nada.

El silencio regresó, pero ahora venía acompañado de una certeza absoluta: ya no estaba solo en el monte.

El muchacho tragó saliva, sintiendo la garganta reseca como si hubiese tragado arena.

Dio un paso hacia atrás, cuidando de no tropezar con las raíces expuestas, cuando un segundo crujido, esta vez más cerca y a su izquierda, lo obligó a pivotar.

El aire pareció enfriarse de golpe en un radio de pocos metros alrededor de él, un fenómeno imposible en esa Catamarca de verano que desafiaba toda lógica física.

De la penumbra profunda que proyectaba la copa del algarrobo, una figura comenzó a recortarse contra el fondo blanco del desierto.

Al principio pareció una sombra alargada, pero a medida que avanzaba hacia la luz del sendero, su fisonomía se definió con una claridad espantosa que paralizó los músculos del joven.

Era un ser de baja estatura, que no superaba el metro y medio de alto, pero cuyas proporciones eran grotescas y perturbadoras.

Llevaba unos pantalones de tela negra, tan gastados y rotos por el uso y las espinas que colgaban en jirones cubiertos de barro seco alrededor de sus rodillas.

Sus pies estaban completamente descalzos; eran unos pies asombrosamente pequeños, infantiles en su tamaño pero de una textura rugosa, coriácea, con uñas largas y renegridas que se hundían en la tierra ardiente sin dar muestras de dolor alguno.

Sin embargo, lo que dominaba por completo la anatomía de la criatura y concentraba toda la atención de quien la mirase era su sombrero.

Era una pieza monumental, un sombrero de ala ancha y copa alta confeccionado en un fieltro negro tan denso que parecía absorber la luz del sol en lugar de reflejarla.

El ala del sombrero caía hacia adelante en una inclinación pronunciada, cubriendo por completo la parte superior de su rostro y proyectando una oscuridad impenetrable sobre sus facciones, como si debajo de esa prenda no existiera una cabeza humana, sino un abismo de sombras.

Mateo sintió que las rodillas le flaqueaban.

Las descripciones de su abuela, las risas de los hombres en el almacén, las advertencias que tantas veces había ignorado cobraron vida en un segundo de lucidez terrorífica.

Estaba frente al Sombrerudo, el Duende del monte, el dueño absoluto de las siestas santiagueñas y catamarqueñas.

La criatura se detuvo a menos de tres metros de distancia.

Permaneció inmóvil un instante, balanceándose levemente de adelante hacia atrás sobre sus pies diminutos, como un niño que juega antes de cometer una travesura cruel.

Del fondo oscuro del sombrero, allí donde no debería verse nada, emergieron de pronto dos puntos de luz.

Eran unos ojos saltones, desmesuradamente grandes y redondos, inyectados en un llanto de venas rojas y con pupilas amarillentas que brillaban con una inteligencia antigua, maligna y carente de cualquier rastro de piedad.

Aquellos ojos se fijaron en Mateo, desnudando su miedo, saboreando el pánico que emanaba de los poros del muchacho.

El silencio del monte se volvió aún más denso, y entonces la criatura extendió sus brazos, revelando el verdadero horror de su naturaleza folclórica, el misterio que dividía las opiniones de los pocos que habían sobrevivido para contar su encuentro con el mito.

Su brazo izquierdo se alzaba con una rigidez pesada, sobrenatural.

En lugar de una mano con cinco dedos, la extremidad terminaba en una masa maciza, tosca y oscura de hierro fundido.

Era un puño de fierro oxidado, lleno de aristas cortantes y costras de metal viejo que parecía haber sido forjado en las fraguas del mismo infierno; un arma brutal diseñada para triturar carne y romper huesos con la fuerza de un yunque cayendo desde el cielo.

En contraste absoluto, su brazo derecho se elevaba con una gracia liviana y etérea.

De la manga rota de ese lado brotaba una esfera perfecta, mullida y de una blancura nívea, confeccionada con la lana más pura, densa y suave que pudiera dar una oveja de las altas cumbres de la Puna.

Era una mano de algodón y vellón que parecía invitar al tacto, un cojín de aparente piedad que contrastaba de manera delirante con la monstruosidad del otro brazo.

El Duende movió ambas extremidades en el aire, haciendo que el puño de hierro emitiera un zumbido grave y pesado, mientras que la mano de lana flotaba sin hacer el menor ruido, como un copo de nieve suspendido en el infierno de la siesta.

—¿Qué hacés vagando, changuito, cuando el sol quema la tierra? —la voz de la criatura rompió finalmente el silencio.

No provenía de una boca visible; brotaba directamente del suelo, un sonido sibilante, rasposo y agudo que vibraba en las piedras y trepaba por las piernas de Mateo como una corriente eléctrica.

No era la voz de un hombre ni la de un niño; era el eco de la tierra misma cuando está seca y sedienta de sangre.

Mateo intentó levantar la gomera, pero sus manos no respondían a las órdenes de su cerebro.

El terror absoluto produce una parálisis que es más fuerte que cualquier instinto de fuga.

Sus dedos, entumecidos y sudorosos, se abrieron involuntariamente, y la horqueta de madera cayó al suelo junto con la piedra, quedando perdida en el polvo.

El Sombrerudo soltó una carcajada; un sonido chillón, similar al graznido de un ave de rapiña que celebra la captura de una presa indefensa.

Dio un paso más hacia el frente, inclinando el sombrero hacia un lado, permitiendo que el resplandor del sol iluminara brevemente una boca sin labios llena de dientes afilados y amarillos, separados entre sí como los de un pez de las profundidades.

—Te daré una oportunidad, vago de m…

—siseó el Duende, deteniendo el balanceo de sus brazos y extendiendo ambas manos hacia el rostro del muchacho—.

Todos los que andan por el monte a estas horas tienen que pagar el peaje.

Elegí bien, porque de tu elección depende el camino que vas a tomar de ahora en adelante.

Decime, chango…

¿con cuál querés que te pegue? ¿Con la mano de fierro o con la mano de lana?

Las palabras flotaron en el aire caliente, adquiriendo el peso de una sentencia judicial de muerte o mutilación.

El cerebro de Mateo, espoleado por el instinto más primitivo de conservación, comenzó a trabajar a una velocidad frenética a pesar de la neblina del pánico.

En segundos, las tardes enteras pasadas en la cocina de su abuela, escuchando las conversaciones de los arrieros y los hacheros que bajaban de los cerros, cruzaron su mente como ráfagas de luz en mitad de la noche.

Recordó las advertencias detalladas que solía considerar meras supersticiones de ignorantes.

Recordó a Don Zenón, un viejo pastor que vivía en las afueras del pueblo, un hombre que pasaba las horas mirando a la nada, con los ojos vacíos y la mente perdida, balbuceando palabras incomprensibles mientras se acariciaba el rostro.

Los del pueblo decían que Zenón se había encontrado con el Duende en su juventud y que, llevado por la lógica del sentido común y el miedo al dolor físico, había elegido la suavidad aparente de la lana.

“Los ingenuos eligen la lana”, resonó en la memoria de Mateo la voz ronca de su abuela, “porque creen que el algodón no lastima, pero esa lana no es de este mundo.

El fierro te quiebra los huesos, te hace sangrar y te deja marcas que el cuerpo puede curar con el tiempo; pero la lana… la mano de lana te acaricia el alma y te la arranca del pecho, te chupa el entendimiento y te deja vivo por fuera pero muerto por dentro, convertido en un alma en pena que vaga por el monte para siempre”.

El Duende carraspeó, un sonido húmedo y desagradable que devolvió a Mateo a la realidad del sendero.

La mano de hierro se agitaba con impaciencia, rozando las espinas de un arbusto y arrancando chispas secas de la madera, mientras la mano de lana permanecía suspendida, hipnótica, ofreciendo un refugio falso contra la brutalidad del metal.

Los ojos amarillos del ser brillaban con una fijeza insoportable, esperando la respuesta obvia de una víctima tierna, la respuesta que siempre le entregaba las almas de los desobedientes.

—¡Elegí ya, chango marchito! —ordenó el Sombrerudo, y la temperatura pareció descender aún más, creando una aureola de escarcha invisible alrededor de su silueta negra—.

El sol no va a esperar toda la vida y yo tengo muchos caminos que recorrer antes de que caiga la tarde.

¿El fierro o la lana?

Mateo cerró los ojos por un segundo, encomendándose a la memoria de sus ancestros y reuniendo el último rastro de dignidad y coraje que le quedaba en el cuerpo.

Sabía que no había salida limpia de esa situación; el Duende no permitía la huida sin un tributo de dolor.

Si elegía la lana, conservaría el cuerpo intacto pero perdería su humanidad, su mente, sus recuerdos y el amor de su familia, convertido en un cascarón vacío que deambularía por los cerros bajo el sol eterno de la siesta.

Si elegía el fierro, el dolor físico sería inimaginable, tal vez mortal, pero su alma seguiría perteneciendo a él.

Abrió los ojos, miró fijamente la negrura del sombrero y, con una voz que empezó como un hilo trémulo pero terminó en un grito definitivo de resistencia, respondió:

—¡Con la de fierro! ¡Pegame con la mano de fierro!

La reacción del Sombrerudo fue inmediata y aterradora.

La criatura se tensó por completo, y sus ojos saltones se dilataron hasta cubrir casi la totalidad del espacio oscuro bajo el ala del sombrero, tiñéndose de un rojo encendido que denotaba una furia monumental.

El Duende lanzó un chillido desgarrador, un alarido de frustración y rabia que hizo vibrar las pircas lejanas y que espantó a los pocos pájaros que dormían ocultos en las copas de los árboles.

El ser odiaba que descubrieran su trampa; detestaba que un simple muchacho del pueblo poseyera la sabiduría antigua necesaria para rechazar el engaño de la mano de lana, el truco con el que había cosechado la cordura de generaciones de catamarqueños desatentos.

Sin embargo, la furia del monstruo no significaba clemencia.

Si el tributo no era el alma, sería cobrado con la carne y la sangre de una manera despiadada.

Sin dar tiempo a que Mateo intentara dar un paso atrás, el Sombrerudo se abalanzó sobre él con una velocidad que desafiaba la gravedad.

El cuerpo del pequeño ser se transformó en un borrón negro que cruzó la distancia en una fracción de segundo.

El brazo izquierdo se elevó en un arco violento, y el puño de hierro surcó el aire emitiendo un silbido agudo, similar al de una bala de cañón.

El muchacho, movido por un reflejo desesperado de supervivencia que ni él mismo sabía que poseía, arrojó su cuerpo hacia la derecha, buscando el suelo polvoriento en un intento por esquivar el impacto directo que iba dirigido a su cráneo.

No logró evitarlo por completo.

La masa de hierro oxidado no dio de lleno en su cabeza, pero impactó con una violencia tremenda en la articulación de su hombro izquierdo y en la parte superior de su espalda.

El sonido del impacto fue un crujido seco, sordo y horrible, como el de una rama verde desgajándose de un tronco vivo.

Mateo sintió una explosión de dolor absoluto que le nubló la vista por completo, tiñendo su universo de un color blanco cegador antes de hundirlo en una agonía ardiente.

Era un dolor que iba más allá de la piel y el músculo; sentía como si el hierro del Duende hubiera inyectado fuego líquido directamente en sus huesos, quebrándole la clavícula y dislocándole el brazo en un segundo de brutalidad mecánica.

El golpe lo despidió por el aire, haciéndolo rodar varios metros sobre la tierra seca y las espinas de los cardones, que le tironearon la ropa y le infligieron decenas de cortes menores en los brazos y el rostro.

El muchacho quedó tendido de lado, jadeando por el impacto que le había vaciado los pulmones, con la boca llena de polvo y sangre de los labios partidos.

—¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! ¡Para que no andís vagando! —el grito del Sombrerudo resonó encima de él, cargado de un sadismo frenético y desquiciado.

A través de la neblina del dolor y las lágrimas que le nublaban los ojos, Mateo vio que la criatura ya estaba de nuevo sobre él, parada a horcajadas a pocos centímetros de su cuerpo caído.

El Duende levantaba otra vez el brazo de metal, cuyos bordes oxidados ahora goteaban una mezcla de grasa negra y fluido sobrenatural.

Sus ojos amarillos brillaban con la locura del castigador que disfruta con la tortura de su víctima, y comenzó a descargar una sucesión de golpes rápidos y pesados hacia el cuerpo indefenso del joven.

Mateo, ignorando el dolor lacerante que amenazaba con hacerle perder el conocimiento, rodó desesperadamente sobre sí mismo hacia un costado.

El segundo puñetazo del fierro falló por milímetros, hundiéndose profundamente en la tierra seca con un impacto que hizo temblar el suelo y levantó una cortina de polvo blanquecino.

El tercer golpe rompió una raíz gruesa de algarrobo justo donde un segundo antes había estado la cabeza del muchacho, proyectando astillas de madera que le cortaron la mejilla.

Esa fracción de segundo en la que el puño de hierro de la criatura quedó trabado entre las astillas de la raíz y la dureza del suelo fue la única ventana de oportunidad que el destino le otorgó a Mateo.

La adrenalina, ese mecanismo biológico que anula el sufrimiento físico en las fronteras de la muerte, inundó el torrente sanguíneo del joven.

Apoyando su brazo derecho sano en la tierra y emitiendo un gemido ahogado de pura agonía, logró ponerse en pie de un salto torpe pero efectivo.

No miró su hombro izquierdo, que colgaba de manera antinatural y deforme bajo su camiseta rota; no miró la gomera que había quedado aplastada bajo las pisadas de la criatura.

Solo miró hacia adelante, buscando la dirección general del pueblo a través de la maraña de ramas y el resplandor difuso del sol de la siesta.

Corrió.

Corrió como jamás un ser humano había corrido en esos llanos ardientes de Catamarca.

Cada paso que daba repercutía directamente en su hombro destrozado, enviando descargas de dolor que le hacían perder el equilibrio y le provocaban náuseas, pero el miedo a lo que venía detrás era un motor más poderoso que cualquier herida física.

Detrás de él, el monte parecía haber cobrado vida propia para evitar su huida.

Las ramas bajas de los espinillos parecían estirarse como dedos delgados para engancharle la ropa y retrasarlo; el suelo, suelto y arenoso, amenazaba con hacerle perder la tracción en cada curva del sendero improvisado.

Y por encima de todo ese caos, el sonido más espantoso: los pasos cortos, rítmicos y veloces del Sombrerudo que lo perseguía sin cansancio, combinados con el golpeteo metálico de su mano de fierro chocando contra los troncos del camino y ese grito eterno, agudo y desquiciado que se repetía como un eco infernal: “¡Toma! ¡Toma! ¡Para que no andís vagando!”.

El muchacho sentía el aliento de la criatura en su nuca, un aire caliente y con olor a descomposición que le quemaba la piel del cuello.

Sabía que si caía una sola vez, no volvería a levantarse.

Cruzó un claro del monte donde el sol daba de lleno, cegándolo temporalmente, y a lo lejos, divisó finalmente la silueta bendita de la pirca de piedra de su casa.

La visión de la frontera de su hogar le otorgó el último aliento de energía a sus piernas Exhaustas.

Saltó la pirca de una manera caótica, tropezando con las piedras superiores y cayendo de rodillas en la tierra arada del patio trasero.

Se levantó usando el impulso de la caída, cruzó el espacio abierto del patio trasero bajo la mirada ausente de las gallinas que permanecían inmóviles bajo la sombra de la parra, y se arrojó con todo el peso de su cuerpo contra la pesada puerta de madera de la cocina.

El impacto de su cuerpo contra la madera produjo un estruendo enorme que rompió el silencio sagrado de la siesta de la casa.

Mateo no tuvo fuerzas para abrir el pestillo; cayó de espaldas contra el suelo del porche, con los ojos fijos en la copa de los algarrobos que limitaban el patio.

Allí, justo en el borde de la propiedad, bajo la sombra del último árbol, vio recortarse por un segundo la silueta del Sombrerudo.

La criatura se detuvo ante el límite invisible de la pirca, ladeando la cabeza bajo su inmenso sombrero negro.

Levantó su mano de lana blanca en un gesto que pareció un saludo burlón, una promesa silenciosa de que el tiempo era largo y las siestas de verano eternas, antes de disolverse en el aire tembloroso del mediodía como si nunca hubiera sido más que un mal sueño provocado por el calor.

La puerta de la cocina se abrió de golpe, y el rostro desencajado de su padre, sosteniendo una vieja escopeta de doble cañón, apareció en el umbral, seguido por los gritos de espanto de su madre y las lágrimas mudas de su abuela, quien comprendió todo con una sola mirada al hombro deforme y los ojos desorbitados del muchacho.

Lo levantaron del suelo en vilo, introduciéndolo en la penumbra protectora de la casa, mientras el padre salía al patio apuntando al monte desierto, donde solo el canto regresado y frenético de las chicharras rompía la quietud de la tarde.

El médico del pueblo, que llegó dos horas después en una camioneta destartalada, dictaminó que Mateo había sufrido una “caída severa desde una rama alta de un algarrobo”, una explicación oficial y lógica que sirvió para llenar los papeles y tranquilizar a las autoridades sanitarias.

Nadie en el pueblo contradijo esa versión en voz alta; en Andalgalá se sabe que hay verdades que es mejor mantener bajo el amparo del silencio para no atraer la atención de las cosas que habitan en la espesura.

El hombro de Mateo fue acomodado con un dolor que le hizo perder el sentido una vez más, y su cuerpo quedó inmovilizado con vendajes rígidos durante meses, dejando una cicatriz gruesa, hundida y oscura que con los años adoptó la forma inconfundible de una marca de metal fundido.

Mateo sobrevivió, pero el muchacho audaz y soberbio que había cruzado la pirca aquella tarde murió en el monte.

Nunca más volvió a desobedecer la sagrada ley de la siesta.

Con el paso de los años, incluso cuando se convirtió en un hombre adulto y fuerte, el mes de enero traía consigo un cambio radical en su comportamiento.

Cada día, cuando el reloj de la iglesia marcaba las dos de la tarde y el sol de Catamarca comenzaba a derretir las calles, Mateo se encerraba en la habitación más profunda de su casa, cerraba las maderas con cerrojo doble y se sentaba en un sillón en el centro de la penumbra, permaneciendo en un silencio tan absoluto que apenas se le escuchaba respirar.

Y en los días de calor extremo, cuando el viento del norte soplaba con fuerza y hacía crujir las estructuras de la vivienda, juraba escuchar entre los algarrobos lejanos el roce sutil de unos pies descalzos y muy chicos, acompañado de un susurro agudo que flotaba en el aire ardiente, recordándole que el Duende seguía esperando en el monte, con su mano de lana lista para los ingenuos y su mano de fierro guardada para los que pretendían saber demasiado.

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