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BUENOS AIRES.

— El teléfono enmudeció de golpe.

En la Argentina de 1950, no existía un nombre más magnético para la radio y el cine que el de Niní Marshall.

Nacida como Marina Ester Traveso en 1903, aquella mujer que había conquistado a la nación con la agudeza de su oído y la genialidad de sus libretos pasó, de la noche a la mañana, a convertirse en un fantasma incómodo para el régimen.

El motivo oficial jamás se redactó en un decreto, pero las paredes de la Casa Rosada albergaban un secreto a voces que combinaba el despecho político, los celos profesionales y una acusación fulminante.

Ante la desesperación de ver cancelados sus contratos sin justificación alguna, la actriz acudió en tres ocasiones al palacio de Gobierno para exigir una respuesta.

No iba a suplicar; iba a preguntar.

La antesala del poder la condujo ante Juan Duarte, secretario privado del presidente Juan Domingo Perón y hermano de la influyente primera dama, Eva Perón.

Tras largas horas de deliberada espera, un emisario de Duarte zanjó la cuestión a gritos frente a los presentes: «Señora, dice el señor Duarte que se acuerde cuando en una fiesta de pitucos, vestida de prostituta, imitó a su hermana Eva».

 

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La veracidad de aquella supuesta imitación paródica sigue siendo, hasta el día de hoy, uno de los grandes enigmas de la historia del espectáculo rioplatense.

No existen registros fílmicos, fotográficos ni testimonios imparciales que confirmen la velada.

Marshall sostuvo hasta el fin de sus días que la acusación era una burda mentira, apuntando como instigadora a la actriz Fanny Navarro, compañera de reparto en el filme Mujeres que bailan y vinculada sentimentalmente a Juan Duarte.

Sin embargo, los historiadores sugieren que el complot contra Niní Marshall respondía a un entramado mucho más complejo.

Se habla de un viejo rencor de Eva Perón por un espacio radial codiciado que Marshall le había arrebatado años atrás, del malestar oficial ante la película Madame Sans-Gêne y de los reiterados desdenes corteses de la humorista hacia las invitaciones privadas de Juan Duarte.

Con imitación o sin ella, los engranajes para apartarla del medio ya estaban en marcha.

El boicot fue real, total y devastador.

 

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Lejos de amedrentarse por el ostracismo impuesto en su patria, la creadora de personajes imperecederos como «Catita» y «Cándida» armó las maletas con destino a Ciudad de México.

El exilio, que pretendía ser su tumba artística, se transformó en su consagración internacional.

En suelo azteca filmó diez películas de enorme éxito, expandió su galería de personajes con las inolvidables «Bárbara McAdam» y «Lupe», y recorrió triunfante los escenarios de Cuba, Colombia, Perú, Chile, Uruguay y España.

Su humor, profundamente humano, demostró no necesitar pasaporte ni traducciones.

Aquella travesía profesional, no obstante, se cobró un alto precio en su vida privada, provocando la ruptura de su segundo matrimonio con Marcelo Salcedo.

Sería una constante en la biografía de una mujer excepcional: tres matrimonios y tres fracasos amorosos marcados por la ludopatía de su primer esposo, las distancias del destierro y, finalmente, la infidelidad de su último compañero, Carmelo Santiago.

 

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Tras la caída del peronismo en 1955, el regreso de Niní Marshall a la Argentina supuso una de las páginas más brillantes de la cultura popular del país.

Su reaparición en los años sesenta en el programa Sábados Circulares de Pipo Mancera alcanzó picos históricos de 40 puntos de audiencia.

Ya en la década de los setenta, bajo la producción de Lino Patalano, la actriz revalidó su genialidad en el Café Concert con el unipersonal Y se nos fue redepente, donde ejecutó más de 1.

800 funciones memorables.

Figuras de la talla de Ernesto Sábato la definieron como una «profunda observadora de la condición humana», mientras que María Elena Walsh la bautizó con justicia como «la Cervantes nuestra».

Marshall se retiró definitivamente de la escena en 1980, prefiriendo el silencio digno y el refugio de sus íntimos antes que asistir al declive de su propia leyenda.

El 18 de marzo de 1996, a los 92 años, falleció la mujer que alguna vez se autodefinió con modestia como «una señora de su casa que se hizo la graciosa».

Su familia la despidió en la intimidad proyectando una de sus películas, convencida de que la risa era el único homenaje posible para la mayor comediante que dio el siglo XX en el continente americano.