Marco Belini, un fotógrafo escéptico, capturó con su cámara un resplandor inexplicable durante la beatificación de Carlo Acutis, lo que lo llevó a cuestionar su visión del mundo.

Nunca creí en milagros hasta que mi cámara captó uno. Me llamo Marco Belini, tengo 46 años y llevo 23 detrás de una lente. Mi vida cambió para siempre el día que documenté la beatificación de Carlo Acutis en Asís.
Lo que pensé que sería solo otro evento del Vaticano se convirtió en una experiencia que desafió mi escepticismo y transformó mi vida.
Recuerdo claramente aquel sábado de octubre. Llegué a Asís dos días antes de la ceremonia, buscando familiarizarme con la luz del lugar y los ángulos perfectos para mis fotos.
La basílica de San Francisco, con su historia palpable, me envolvía en un silencio profundo. Instalé mis trípodes y revisé cada detalle de mi equipo.
La noche antes de la beatificación, no dormí. Algo en mi interior latía con anticipación, como si supiera que al día siguiente todo cambiaría.
A las 4 de la mañana, salí a la calle envuelto en una niebla espesa. Cuando llegué a la basílica, ya había cientos de personas esperando, todas con una expresión de esperanza que no comprendía.
¿Cómo podían tener fe en un chico que había muerto a los 15 años? Entré por una puerta lateral, subí a una galería alta y desde allí observé cómo la gente se movía con reverencia, como un río humano.

El órgano comenzó a sonar, llenando el templo con su música vibrante. Comencé a disparar, capturando las lágrimas de las madres y la devoción de los ancianos.
Todo estaba perfecto, hasta que trajeron la urna con el cuerpo de Carlo. La urna de cristal era un espectáculo en sí misma. Su rostro, sereno, parecía descansar en paz.
Pero entonces, mientras ajustaba el zoom para capturar un primer plano, vi un destello. No era el reflejo de mis flashes ni la luz de las velas; era algo diferente.
Revisé mi equipo, convencido de que había un problema técnico. Miré hacia el altar y ahí estaba: un resplandor dorado que rodeaba la urna. Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Volví a mirar por el visor y el resplandor seguía ahí, constante. Mis manos temblaban. Sentí un calor en mi espalda, como si alguien estuviera observándome. A pesar de los otros fotógrafos que seguían trabajando normalmente, yo no podía apartar la vista de aquel fenómeno.
La ceremonia continuó durante casi tres horas. Escuché testimonios de personas que afirmaban haber sido sanadas tras rezarle a Carlo. Una madre contó cómo su hijo despertó de un coma después de que ella pusiera una reliquia de Carlo sobre su pecho.
Mientras disparaba, algo dentro de mí comenzaba a romperse. Cuando la ceremonia terminó y la gente empezó a salir, me quedé inmóvil, mirando el altar vacío. Guardé mi equipo en la mochila, sintiendo que lo que había experimentado no era normal.

Esa noche, de vuelta en Roma, revisé todas las fotografías. Cuando llegué a las imágenes de la procesión con la urna, ahí estaba de nuevo: la figura etérea, translúcida, junto a la urna de Carlo.
Cerré mi laptop, agitado. No podía creer lo que estaba viendo. Pasé días buscando una explicación racional, pero no encontré ninguna. Opté por guardar esas imágenes, como un secreto vergonzoso que no sabía cómo procesar.
Mi esposa, Juliana, notó mi cambio. Una noche, mientras cenábamos, me preguntó qué me pasaba. Finalmente, le mostré las fotos. Juliana, con su mirada analítica, me dijo que lo que había capturado no era un defecto técnico.
“Creo que tu cámara, por alguna razón, pudo ver más allá del velo”, dijo. Sus palabras me aterraron y me emocionaron al mismo tiempo. Durante meses, intenté seguir con mi vida normal, pero esas imágenes seguían persiguiéndome.
Comencé a investigar sobre Carlo Acutis. Descubrí que era un chico normal, amante de los videojuegos, que usaba internet para evangelizar.
Algo en su historia me conmovía profundamente. Una noche, me arrodillé y recé, pidiendo una señal. Al despertar, tuve un sueño vívido: estaba en la basílica, junto a Carlo, quien me dijo: “La cámara solo capturó lo que tu corazón necesitaba ver”.
Con el tiempo, decidí contactar al padre Antonio, un sacerdote jesuita que entendía tanto de ciencia como de fe. Le mostré las fotos y, tras revisarlas, me dijo que lo que había capturado era diferente a cualquier cosa que hubiera visto antes.
“Esto parece una teofanía”, afirmó, refiriéndose a la manifestación visible de lo divino. Su validación me dio fuerzas.

Después de meses de investigación, un equipo del Vaticano llegó a la conclusión de que mis fotografías mostraban un fenómeno extraordinario.
En una reunión con monseñor Castellano, me informaron que mis imágenes serían parte de la documentación oficial de la causa de canonización de Carlo. No podía creerlo. Mis fotos, que había guardado como un secreto, ahora serían parte de algo mucho más grande.
La noticia comenzó a filtrarse y empecé a recibir invitaciones para hablar sobre mi experiencia. En una conferencia en Milán, una joven me preguntó si creía que Carlo podía hacer milagros.
Respondí con certeza: “Sí, creo que él nos muestra que la santidad está al alcance de todos”. Empecé a dar testimonio de que la conversión es posible, incluso para los escépticos.
Finalmente, recibí una llamada del Vaticano: se había documentado un milagro relacionado con una de mis fotografías. Una mujer en Brasil se curó de un cáncer terminal después de rezar frente a ella.
La canonización de Carlo Acutis fue programada y, esta vez, no llegaría como un escéptico, sino como un testigo de lo divino.
El día de la canonización, mientras fotografiaba la ceremonia, vi otro destello dorado. Esta vez, sonreí y susurré: “Gracias, Carlo”. Esa imagen, guardada para mí, es un recordatorio de que lo inexplicable puede ser parte de nuestra realidad.
Hoy, sigo trabajando como fotógrafo, pero mi enfoque ha cambiado. Busco capturar momentos de gracia, recordando que todos somos capaces de ver lo divino si estamos dispuestos a mirar.
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