La trágica muerte de Alberto Olmedo en 1988 sumergió a Javier Portales en una profunda depresión y marcó el inicio de un implacable declive físico y emocional que destruyó su carrera artística

 

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La madrugada del 5 de marzo de 1988, un trágico suceso marcó un antes y un después en la historia de la televisión argentina.

La caída de Alberto Olmedo desde el balcón del edificio Maral 39 en Mar del Plata no solo puso fin a su vida, sino que también dejó una profunda huella en su amigo y compañero de escena, Javier Portales.

Aquellas horas posteriores al accidente fueron testigos de un Portales cuya mirada se vació por completo, como si la mitad de su ser hubiera desaparecido junto a la figura del “Negro”.

Durante casi cuatro décadas, esta dupla había sido sinónimo de alegría y entretenimiento para millones de argentinos, destacándose por su química única, donde Portales, con su rol de “hombre serio”, sostenía las genialidades de Olmedo.

Sin embargo, el telón se cerró de manera abrupta y desgarradora.

Desde esa fatídica noche, el brillo del gran actor cómico comenzó a desvanecerse, sumido en una profunda depresión que lo llevó a un declive físico implacable y a un laberinto de conflictos sentimentales que lo arrastrarían hacia un final triste y solitario.

Detrás de la imagen del hombre que hacía reír a la audiencia, se ocultaba una vida íntima repleta de complejidades y tumultos.

A finales de 1969, mientras criaba a su pequeño hijo de siete años tras un primer matrimonio fallido, Javier encontró en Delia un refugio de estabilidad.

Ella se convirtió no solo en su compañera incondicional, sino también en la figura materna que su hijo necesitaba.

Durante veinticinco años, construyeron un hogar que parecía indestructible, un oasis de paz que contrastaba con el vértigo del espectáculo.

Sin embargo, esta calma se vio interrumpida a mediados de los años noventa, cuando Portales, ya maduro y vulnerable, cruzó miradas con Marina Gacitúa, una joven guionista veinticinco años menor que él.

Lo que comenzó como una fascinación intelectual pronto derivó en un romance clandestino y apasionado.

 

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Portales creyó haber encontrado una segunda juventud en los brazos de Marina, pero este idilio, alimentado por notas escondidas y encuentros furtivos, se desmoronó cuando Delia descubrió la traición, desatando una tormenta familiar que el cómico jamás lograría superar.

La humillación de la infidelidad provocó una guerra en los tribunales, donde Delia, decidida a no dejar pasar la traición, impulsó un divorcio implacable que desvalijó financieramente al comediante.

El veredicto incluyó una cláusula draconiana que obligaba a Portales a entregar un porcentaje de sus ingresos futuros a Delia, una condena económica que dinamitó su tranquilidad.

Además, este nuevo romance no solo vació sus bolsillos, sino que también provocó una devastadora fractura en su hogar.

Su hijo, Javier Ángel, rechazó de inmediato a la joven guionista, lo que generó un distanciamiento doloroso entre padre e hijo, marcado por discusiones violentas y llamadas truncadas.

Hacia 1997, mientras el actor intentaba mantener la sonrisa ante las cámaras, un calvario físico comenzó a cobrarle factura.

Los dolores en su columna se convirtieron en una tortura constante, y sus piernas empezaron a fallar.

Este declive se originó cinco años atrás, cuando un resbalón en su jardín despertó una hernia de disco que transformó su vitalidad en un sufrimiento silencioso.

Desesperado por recuperar el control de su cuerpo, Portales tomó la drástica decisión de volar a La Habana, Cuba, en busca de un milagro en los centros de rehabilitación motriz.

 

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Aunque las intensas sesiones de fisioterapia le brindaron algo de alivio, el daño espiritual ya era irreversible.

Al regresar a Buenos Aires, Portales ya no era el mismo.

Su declive definitivo comenzó el 21 de febrero de 1998, cuando escribió su última anotación en una agenda, cerrándola como una alarmante señal de rendición.

Desde ese día, el legendario compañero de Olmedo se sumió en una parálisis física que le arrebató el teatro y una depresión que afectó su vida amorosa.

Lo que siguió fue un desgarrador cautiverio voluntario entre cuatro paredes, un encierro que, según las denuncias de su hijo, se tornó siniestro cuando Marina lo desterró de su dormitorio principal a una habitación de servicio.

Esta estrategia buscaba anular su control sobre el entorno, permitiendo a Marina llevar una vida oculta en las sombras.

Con el actor aislado y debilitado, la guionista logró que un escribano validara la firma de Portales en un poder general absoluto sobre su patrimonio, lo que resultó en un saqueo material que dejó al comediante en la ruina.

Tras una serie de internaciones en terapia intensiva, donde los médicos lucharon por salvar su vida, Marina empacó sus pertenencias y huyó a España, llevándose consigo lo poco que le quedaba.

La soledad extrema se apoderó de Portales, quien se encontró atrapado en un departamento vacío, desprovisto de atención médica y confinado a una silla de ruedas.

En el ocaso de su vida, las mujeres que marcaron su existencia consumaron su ruina, dejándolo desamparado y en la más absoluta indigencia.

 

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La debacle financiera desató una ofensiva legal inmediata, y los apoderados de Portales denunciaron a Marina por abandono de persona, iniciando un rastreo internacional para dar con su paradero.

Mientras la fiscalía investigaba el saqueo, Delia movió sus fichas en los tribunales para ejecutar las deudas acumuladas del divorcio, logrando que un juez le adjudicara propiedades que dejaban al artista literalmente en la calle.

Sin un techo propio y con su salud pendiendo de un hilo, Portales fue ingresado de urgencia en el Hospital Ramos Mejía, donde un cronista logró evadir la seguridad para realizarle una última entrevista.

Allí, un hombre marchito confesó que su vida se había convertido en un péndulo de tormentos, buscando en el techo un motivo para no rendirse.

El 14 de octubre de 2003, a la edad de 66 años, el hospital registró su deceso como una falla multiorgánica, aunque en el ambiente artístico se sabía que el verdadero motivo de su partida radicaba en el dolor inconsolable que había experimentado.

Hoy, en la intersección de la avenida Corrientes con Uruguay, un tributo en bronce revive las desopilantes charlas de Álvarez y Borges, recordando la grandeza de un artista que supo ganarse el corazón de una nación, pero cuyo trágico desenlace lo confinó a las sombras.

La historia de Javier Portales nos recuerda que detrás de la risa más brillante a menudo se oculta una profunda oscuridad, una lección sobre la fragilidad de la vida y el costo de la fama.