El último refugio del Ídolo de México: setenta años entre el misterio y el expolio en la casa de Pedro Infante en Mérida - News

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El último refugio del Ídolo de México: setenta años entre el misterio y el expolio en la casa de Pedro Infante en Mérida

Un recorrido exclusivo por la antigua residencia del legendario actor y cantante sinaloense, hoy convertida en hotel y galería, donde fue velado su cuerpo tras el fatídico accidente aéreo de 1957.

 

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MÉRIDA (YUCATÁN) — Hay lugares donde el tiempo no se mide en años, sino en la intensidad de los mitos que custodian.

En el corazón de Mérida, la capital yucateca, se alza imponente la propiedad que una vez sirvió de refugio a Pedro Infante (1917-1957), el indiscutible «Ídolo de México».

A las puertas del septuagésimo aniversario de su trágica muerte, la que fuera su residencia privada abre sus estancias reconvertida en un hotel boutique y en la sede de la Galería Amorcito Corazón, un espacio consagrado a preservar los vestigios materiales de una leyenda que la devoción popular se niega a sepultar.

Para Infante, cuyo día a día en la capital mexicana era un constante asedio de masas, Mérida representaba el anonimato y la paz.

Aquí, entre la frondosidad del sureste, daba rienda suelta a su gran pasión: la aviación.

Una pasión que, paradójicamente, sellaría su destino la mañana del 15 de abril de 1957, cuando el bombardero modificado de la Segunda Guerra Mundial que co-piloteaba —bautizado popularmente como «La Calabaza» por su color naranja— se desplomó a los pocos minutos de despegar.

 

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El ultraje antes del duelo

El recorrido por la propiedad, guiado por los conservadores del recinto, desvela una intrahistoria de luces y sombras que comenzó el mismo día de la catástrofe.

Entre las piezas más sobrecogedoras que se exponen destaca un fragmento fogueado y ennegrecido del fuselaje de la aeronave siniestrada, un resto que sobrevivió a la explosión que calcinó varias manzanas de la ciudad.

Sin embargo, el objeto que mayor fascinación y amargura despierta es la caja fuerte original del artista.

Según relatan los encargados de la galería, la misma noche del accidente, cuando el cuerpo de Infante apenas comenzaba a ser identificado, la caja fue violentada y desvalijada.

Gran parte de la fortuna en efectivo, documentos y joyas que el sinaloense custodiaba en su retiro yucateco desapareció antes de que sus restos mortales regresaran a la propiedad, en lo que supuso el primer capítulo del expolio de su legado.

A pesar de los robos iniciales y del posterior abandono legal en el que cayó la vivienda —objeto de litigios tras la muerte del actor debido a su compleja situación matrimonial con María Luisa León e Irma Dorantes—, la restauración llevada a cabo décadas después ha logrado rescatar la esencia de la edificación original de 1954.

Se conservan intactos los azulejos del baño principal, el lavamanos de la época y parte del mobiliario de descanso que el director cinematográfico Ismael Rodríguez Junior donó al museo, incluyendo las icónicas sillas de lona rotuladas que se utilizaban durante los rodajes.

 

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La noche del bulto sellado

El epicentro emocional del reportaje se sitúa en la estancia que hoy funge como pasillo de distribución, pero que en 1957 hacía las veces de garaje de la mansión.

Una sobria placa conmemorativa, develada en 2019, recuerda que en ese preciso lugar fue velado el cuerpo del intérprete a partir de las cuatro de la tarde de aquel fatídico lunes.

Los documentos gráficos de la época que decoran las paredes muestran un velatorio envuelto en el luto riguroso y la incredulidad de la sociedad mexicana.

Aunque inicialmente se especuló con que el féretro permaneció cerrado por completo, los testimonios históricos matizan que el primer ataúd —adquirido de urgencia en Mérida antes de su traslado definitivo a Ciudad de México— sí estuvo expuesto al público.

No obstante, las llamas del accidente apenas habían dejado margen para el reconocimiento visual.

Los asistentes no contemplaban el rostro del ídolo, sino un bulto amortajado que su hermano, Ángel Infante, tuvo que identificar mediante una esclava de oro que el joyero Will Russell le había fabricado a medida.

Entre las personalidades que acudieron aquella noche a la concentración de Mérida se encontraba Rodolfo Echeverría (conocido artísticamente como Rodolfo Landa), entonces líder del sindicato de actores y hermano del que años más tarde sería presidente de la República, Luis Echeverría.

Su presencia confirmaba que la muerte de Infante no era solo una tragedia del espectáculo, sino un duelo de dimensiones estatales.

Setenta años después, el magnetismo de Pedro Infante permanece inalterable.

Sus películas siguen congregando a generaciones frente a las pantallas y sus rancheras continúan resonando en las plazas del país.

Mientras tanto, en Mérida, los muros de piedra de su antigua casa y las aguas de la piscina donde buscaba el descanso siguen siendo el destino de un peregrinaje silencioso de aquellos que buscan conectar, aunque sea a través de los objetos, con el último aliento de una época dorada que ya no volverá.

 

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