Josemaría Escrivá: El Santo Que 42 Obispos Intentaron Frenar | La Canonización Más Polémica - News

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Josemaría Escrivá: El Santo Que 42 Obispos Intentaron Frenar | La Canonización Más Polémica

EL FUNDADOR DEL OPUS DEI QUE VENCIO A SUS ENEMIGOS INTERNOS Y FUE PROCLAMADO SANTO

En la Plaza de San Pedro, bajo un sol radiante del 6 de octubre de 2002, Juan Pablo II elevó al altar a Josemaría Escrivá de Balaguer ante cientos de miles de fieles que coreaban su nombre.

Parecía un triunfo incontestable.

Pero detrás de esa imagen de gloria celestial se ocultaba una de las batallas más feroces y oscuras en la historia reciente de la canonización católica.

Cuarenta y dos obispos, según denuncias documentadas, intentaron frenar el proceso con uñas y dientes.

Acusaciones de presiones financieras, irregularidades procesales, testimonios manipulados y un ritmo vertiginoso que saltó normas tradicionales convirtieron la canonización del fundador del Opus Dei en la más polémica del siglo XX.

Lo que parecía una glorificación divina se reveló como un thriller eclesial lleno de intrigas, poder y divisiones profundas que aún hoy resuenan en los pasillos del Vaticano.

Imagina el escenario: Josemaría Escrivá muere en 1975, y apenas seis años después, en 1981, se abre su causa de beatificación.

 

Un tiempo récord.

Para 1992 ya es beato, y en 2002, santo.

Mientras otros candidatos como Juan XXIII o mártires esperaban décadas, Escrivá voló hacia los altares.

Sus seguidores lo celebraban como el santo del ordinario, el hombre que enseñó a santificar el trabajo diario.

Sus críticos, en cambio, veían una maquinaria poderosa que movía hilos invisibles para imponer su visión conservadora y elitista en el corazón de la Iglesia.

La tensión era eléctrica.

En sacristías, curias diocesanas y congregaciones romanas, se libraba una guerra silenciosa que amenazaba con exponer las grietas más profundas del catolicismo moderno.

El origen del drama se remonta a la fundación del Opus Dei en 1928.

Escrivá, un joven sacerdote aragonés, tuvo una visión mística el 2 de octubre mientras rezaba: Dios le pedía extender la santidad al mundo laical, sin hábitos ni conventos, santificando el trabajo común.

Lo que empezó como un pequeño grupo en Madrid creció con fuerza imparable, especialmente durante la dictadura de Franco, donde encontró terreno fértil entre elites conservadoras.

Acusaciones de cercanía al régimen, secretismo, prácticas ascéticas extremas como el cilicio y el látigo, y una influencia desproporcionada en bancos, universidades y círculos de poder acompañaron su expansión.

Para sus detractores, el Opus Dei no era solo una prelación personal; era un estado dentro del Estado de la Iglesia.

Cuando se abrió la causa, las alarmas se encendieron.

Testimonios negativos fueron minimizados, según denuncias.

El proceso careció de jueces españoles en etapas clave, lo que generó sospechas de parcialidad.

Y entonces surgió la figura de los 42 obispos.

Fuentes críticas revelaron que un grupo significativo de prelados, muchos de ellos europeos y latinoamericanos, expresaron reservas profundas sobre la idoneidad de Escrivá.

Algunos lo describían como temperamental, arrogante y autoritario en su trato personal.

Otros cuestionaban la espiritualidad del Opus Dei, acusándola de elitismo y de crear una “Iglesia paralela” que escapaba al control diocesano.

La oposición no era pública —pocos obispos se atrevían a confrontar abiertamente al poderoso lobby— pero fluía en cartas reservadas y reuniones discretas en el Vaticano.

La presión era inmensa.

Según investigaciones periodísticas, Opus Dei habría ejercido influencia económica en diócesis del Tercer Mundo: obispos que dependían de ayudas recibían señales claras de que su apoyo al fundador facilitaría recursos, mientras la oposición podría secarlos.

Cientos de prelados enviaron cartas positivas, pero solo una minoría había conocido personalmente a Escrivá.

De más de 1.300 testimonios episcopales, apenas 128 lo habían tratado.

El resto respondía a campañas organizadas.

Esta maniobra, denunciada por ex miembros y analistas como Kenneth Woodward en su libro “Making Saints”, pintaba un cuadro perturbador: una canonización orquestada más que inspirada por el Espíritu Santo.

Dentro del Vaticano, la batalla fue titánica.

Dos de los nueve consultores oficiales votaron en contra de la beatificación.

Miembros de la Congregación para las Causas de los Santos expresaban en privado su malestar por la velocidad.

Juan Pablo II, gran impulsor del Opus Dei, veía en Escrivá un baluarte contra el progresismo postconciliar.

Su pontificado favoreció movimientos conservadores, y el fundador encarnaba la santidad en medio del mundo que él deseaba promover.

Pero esa preferencia generó resentimientos.

Cardenales y obispos de línea más abierta veían el ascenso como una amenaza al equilibrio de la Iglesia.

El fantasma de un “Opus Dei” dominando curias y seminarios aterrorizaba a muchos.

El milagro requerido para la canonización también fue objeto de escrutinio intenso.

La curación de un médico español, atribuida a la intercesión de Escrivá, fue certificada por médicos vinculados al Opus Dei, lo que levantó dudas sobre imparcialidad.

Críticos exigían más rigor.

Mientras tanto, ex numerarios y supernumerarios relataban historias desgarradoras: control psicológico, aislamiento familiar, presiones para donar fortunas y una obediencia ciega que recordaba a cultos.

Libros como los de María del Carmen Tapia o ex miembros españoles pintaban un retrato oscuro del fundador: un hombre que exigía perfección absoluta y castigaba duramente las desviaciones.

A pesar de todo, el 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo beatificó ante una multitud.

Diez años después, la canonización fue inevitable.

En la Plaza de San Pedro, con 42 cardenales y cientos de obispos concelebrando, el Papa polaco proclamó santo a Escrivá.

La ceremonia fue grandiosa, pero las protestas silenciosas persistieron.

Grupos como ODAN (Opus Dei Awareness Network) publicaron declaraciones oponiéndose, argumentando que canonizarlo dañaría a la Iglesia y dejaría vulnerables a miles.

La polarización era total: para unos, era el santo del trabajo y la santidad laical; para otros, el símbolo de un conservadurismo opaco y poderoso.

Las implicaciones fueron enormes.

La canonización consolidó al Opus Dei como una fuerza imparable.

Su prelación personal, aprobada por Juan Pablo II en 1982, le daba autonomía directa bajo el Papa.

Universidades, colegios, centros de formación y redes de influencia se expandieron globalmente.

En España, América Latina y África, su presencia generó tanto admiración como rechazo.

Políticos, empresarios y profesionales se incorporaron, atrayendo acusaciones de infiltración en círculos de poder.

La controversia sobre su supuesta cercanía al franquismo revivió: Escrivá había vivido la Guerra Civil y la posguerra con prudencia, pero algunos de sus seguidores ocuparon cargos clave en el régimen.

Expertos en historia de la Iglesia coinciden en que pocos procesos generaron tanta división interna.

La rapidez —27 años desde la muerte— rompió récords y saltó sobre candidatos con trayectorias más largas y menos controvertidas.

Esto alimentó teorías de favoritismo.

Juan Pablo II, que veía en el Opus Dei un antídoto contra la secularización, impulsó la causa con determinación.

Pero al hacerlo, abrió heridas que aún sangran.

En la era de Francisco, con reformas que limitan la autonomía de la prelación, se percibe un intento de reequilibrar fuerzas.

Las historias humanas detrás de esta epopeya son conmovedoras y trágicas.

Fieles que encontraron en las enseñanzas de Escrivá una llamada a la santidad cotidiana, transformando sus profesiones en oración.

Ex miembros que sufrieron crisis de conciencia, familias rotas y traumas por prácticas rigurosas.

Obispos que, en silencio, observaban cómo una organización ganaba terreno mientras ellos perdían control sobre sus diócesis.

Escrivá mismo, retratado por seguidores como un padre cariñoso y por críticos como un dictador espiritual, permanece en el centro de la tormenta.

Hoy, más de dos décadas después, su figura sigue polarizando.

Peregrinaciones a su tumba en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz en Roma atraen miles.

Sus escritos —“Camino”, con más de cuatro millones de ejemplares— inspiran a muchos.

Pero las preguntas persisten: ¿fue un santo genuino o un producto de una maquinaria eclesial eficiente?

¿Triunfó la verdad o el poder?

La canonización más polémica no solo glorificó a un hombre; expuso las tensiones entre tradición y modernidad, entre carisma personal y control institucional.

En los salones vaticanos, en las curias diocesanas y en las comunidades del Opus Dei, el eco de aquella batalla aún se siente.

Los 42 obispos que intentaron frenarla representaban una voz disidente que fue silenciada por la marea de apoyo orquestado.

Escrivá venció.

Fue proclamado santo.

Pero la victoria dejó cicatrices.

La Iglesia, en su sabiduría milenaria, a veces canoniza no solo virtudes, sino también contradicciones de una época.

El fundador del Opus Dei encarna esa complejidad: un hombre de fe profunda para unos, un símbolo de ambición terrenal para otros.

Mientras millones rezan su intercesión, la controversia permanece como recordatorio de que incluso en los altares, la historia humana con sus luces y sombras sigue latiendo.

La canonización de Josemaría Escrivá no fue solo un acto litúrgico; fue un capítulo dramático en la lucha por el alma de la Iglesia católica en el mundo contemporáneo.

Un drama que, como las mejores tragedias, revela más sobre quienes lo vivieron que sobre el propio protagonista.

Y en ese relato, el santo que 42 obispos quisieron detener emergió victorioso, dejando al mundo eclesial preguntándose aún hoy si fue justicia divina o triunfo de la influencia terrenal.

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