La evolución de la música urbana en el cono sur, y de manera más apremiante en la escena argentina, ha alcanzado un punto de inflexión donde las viejas lógicas de legitimación parecen estar crujiendo bajo el peso de nuevas estéticas.

El debate no es menor ni meramente digital; se trata de una discusión profunda sobre el relevo generacional, los mecanismos de validación artística y la eterna tensión entre lo institucionalizado y lo marginal.

Este fenómeno ha cobrado una relevancia pública inusitada tras las recientes interacciones en redes sociales que involucran a figuras de la talla de Martín Pérez Disalvo, conocido globalmente como Coscu, y la respuesta analítica, madura y reflexiva de uno de los pilares fundacionales del movimiento del trap en la región: Alejo Nahuel Acosta, artísticamente consagrado como YSY A.

Las declaraciones de este último no solo han arrojado luz sobre una controversia que parecía estancada en el barro de las discusiones efímeras de plataformas como X (anteriormente Twitter) y Discord, sino que proponen una ontología necesaria para comprender qué es, cómo opera y hacia dónde se dirige el denominado “under” en este periodo específico de la cultura contemporánea.

Para contextualizar el origen de esta marea de opiniones que hoy, 15 de junio de 2026, domina las mesas de análisis cultural y las transmisiones de streaming, es imperativo remontarse al detonante de la disputa.

Todo comenzó en un servidor de Discord, un espacio que históricamente ha funcionado como el laboratorio y el foro de debate para las comunidades nativas digitales.

Allí, los creadores de contenido y analistas conocidos como Gojo y Rajilo iniciaron una conversación aparentemente inocente, pero profundamente incendiaria, sobre las características, virtudes y flaquezas de los nuevos exponentes que emergen desde los márgenes de la industria musical.

La discusión escaló rápidamente cuando Coscu, una de las figuras con mayor capacidad de amplificación de opinión en el ecosistema hispanohablante, decidió volcar sus impresiones en las redes sociales tras haber intentado adentrarse en las propuestas sonoras de esta nueva camada de jóvenes artistas.

La reacción del streamer no fue de celebración universal, sino más bien de un distanciamiento estético.

Coscu manifestó de manera abierta que la nueva música producida por estos jóvenes no terminaba de agradarle, que no lograba establecer una conexión genuina con las estructuras líricas o rítmicas de la propuesta actual.

En un ecosistema donde su palabra ha sido, durante casi una década, un pasaporte hacia la masividad para decenas de artistas, su falta de sintonía con la nueva corriente fue interpretada por muchos como un rechazo explícito y por otros como un síntoma de desconexión generacional.

La polémica estaba servida, transformándose en una discusión donde se cruzaban acusaciones de elitismo, pérdida de olfato crítico y la incapacidad de los tótems de la vieja guardia para asimilar los lenguajes que ellos mismos ayudaron a gestar de manera indirecta.

Frente a este escenario de polarización digital, la intervención de YSY A se ha erigido como un faro de lucidez conceptual.

En lugar de sumarse a la descalificación automática o al corporativismo generacional, el fundador de “El Quinto Escalón” abordó el conflicto desde una perspectiva que combina la empatía humana con el rigor del analista que conoce las entrañas del movimiento desde sus cimientos más precarios.

El artista reconoció, en primera instancia, la absoluta validez del desencuentro estético de Coscu. Desde su óptica, el hecho de que un oyente, independientemente de su estatus social o mediático, no logre conectar con una propuesta musical específica es una respuesta humana legítima que no debería ser criminalizada.

Sin embargo, el análisis del músico fue más allá al señalar el peso intrínseco de la figura pública.

En sus reflexiones, destacó que el verdadero núcleo del problema radica en la asimetría de poder discursivo: cuando un individuo cuya voz es escuchada por millones de personas emite un juicio desfavorable, la opinión deja de ser un mero gusto personal para transformarse en un acontecimiento político dentro de la industria, un dictamen que puede moldear la percepción de audiencias enteras que, a menudo, acoplan sus propios criterios de vida y consumo a los valores que venden sus referentes.

El debate propuesto por estas figuras ha obligado a la comunidad artística a enfrentarse a una pregunta que parece no tener una respuesta unívoca: ¿qué es verdaderamente el “under” en el panorama musical actual?

La dificultad para definir el término no es nueva, pero adquiere tintes dramáticos en una era donde la frontera entre lo independiente y lo masivo es más porosa que nunca.

El propio YSY A confesó con honestidad la frustración que le genera verse sometido al cuestionamiento constante sobre el significado exacto de este concepto, una pregunta que considera imposible de responder de forma estática y ante la cual prefiere reaccionar según el pulso del momento.

Lo interesante de su postura es el rechazo categórico a considerar al under como un género musical en sí mismo.

Desde una perspectiva estrictamente musicológica, el under carece de un tempo fijo, de una instrumentación específica o de un patrón rítmico que permita encasillarlo en las góndolas tradicionales de la industria.

No se puede definir por un compás o por una escala melódica. Por el contrario, la definición que se impone es la de un movimiento cultural y metodológico.

El bajo fondo actual no se define por el qué suena, sino por el cómo se construye y desde dónde se enuncia.

Se trata de un ecosistema compuesto por jóvenes creadores que están utilizando herramientas de producción, distribución y comunicación radicalmente distintas a las convencionales del mercado.

Existe una analogía histórica perfecta que el propio análisis de la escena recupera: lo que hoy está sucediendo con estos nuevos artistas es un espejo idéntico de lo que aconteció a mediados de la década pasada cuando figuras fundacionales como Duki o el propio YSY A comenzaron a experimentar de forma masiva con el uso del autotune.

En aquel entonces, las estructuras tradicionales de la música y la crítica especializada catalogaron aquellas producciones como aberraciones sonoras, carentes de talento o valor artístico, incapaces de comprender que se estaba gestando una revolución estética que redefiniría el mapa cultural de toda Hispanoamérica.

Hoy en día, los artistas adscritos a este nuevo movimiento se desplazan con total libertad y desenfado a través de géneros ya asentados como el trap o el drill, pero inyectándoles una dosis de crudeza, experimentación y desparpajo que descoloca a quienes ya se han acostumbrado a las fórmulas radiales y comerciales de la música urbana.

El under es, por definición, una fuerza telúrica que emerge desde las capas más profundas del tejido social, desde abajo, con una dirección inequívoca hacia la cúspide, pero manteniendo un proceso de pulido constante de su identidad sonora.

Es una materia prima en estado bruto que demanda del oyente un esfuerzo activo de escucha, comprensión y eventual asimilación dentro de las prácticas cotidianas, tal como la sociedad lo hizo en su momento con el trap tras superar los prejuicios iniciales.

Resulta una paradoja histórica digna de ser analizada el papel que el propio Coscu desempeñó en los albores del movimiento del trap argentino.

En aquellos años de resistencia cultural, cuando la inmensa mayoría de los medios de comunicación hegemónicos y el público generalista daban la espalda a las batallas de freestyle y a las primeras canciones de plaza, el streamer fue uno de los poquísimos actores con visibilidad que se plantó con firmeza para exigir que se prestara atención a lo que estaba ocurriendo en las calles.

Su discurso de entonces era una invitación urgente a entender que algo trascendental estaba naciendo y que era cuestión de tiempo para que se implementara de manera definitiva en la estructura social.

Que hoy sea él quien se encuentra en la vereda del escepticismo frente a la nueva ola no hace más que demostrar la ciclicidad de los procesos artísticos, donde los revolucionarios de ayer corren el riesgo constante de transformarse en los conservadores de hoy si no consiguen mantener una porosidad crítica ante la velocidad del cambio.

Mientras tanto, la realidad fáctica de la escena demuestra que el fenómeno avanza con una autonomía que prescinde de las bendiciones editoriales.

Los nuevos exponentes de este movimiento están demostrando una solidez y una dureza en su propuesta que ya ha comenzado a conectar de manera orgánica con un público propio, un nicho que no necesita de la intermediación de las grandes plataformas para validar su pasión.

La evolución de estos proyectos artísticos es visible en la transición geométrica de sus audiencias: propuestas que hace apenas unos meses se presentaban ante quince o veinte personas en sótanos improvisados o centros culturales autogestionados, hoy ya se encuentran convocando a miles de personas en recintos de mediana capacidad.

Este crecimiento acelerado plantea un dilema existencial para el propio movimiento, ya que el éxito comercial y la convocatoria masiva conllevan inevitablemente el riesgo de abandonar la condición de marginalidad que les dio origen.

El anhelo de que estos proyectos “dejen de ser under” gracias a su masificación es la culminación lógica del éxito, pero también el inicio de un nuevo ciclo donde la estética deberá negociar con las demandas del mercado.

La escena que se despliega ante los ojos del observador contemporáneo es de una vitalidad increíble, un hervidero de creatividad que desafía la apatía de una industria que a menudo tiende a la homogeneización de sus contenidos.

La controversia entre la mirada escéptica de Coscu y la defensa analítica de YSY A no debe ser leída como una simple pelea de redes, sino como el síntoma saludable de una cultura que se niega a morir por inanición estética.

La música urbana de la región sigue viva precisamente porque sigue siendo capaz de generar incomodidad, de provocar discusiones filosóficas sobre el arte y de parir movimientos que los adultos y consagrados no logran comprender del todo a la primera escucha.

El tiempo, como siempre ha ocurrido en la historia del arte, será el encargado de dictaminar cuáles de estas propuestas lograrán instalarse en el cancionero popular y cuáles quedarán como hermosos experimentos de una época; pero lo indiscutible es que el motor de la renovación ya se ha encendido y no muestra intenciones de detenerse.