El Perú se ha despertado con un nudo en la garganta y una sensación de vacío que solo el silencio de una risa eterna puede provocar.

La noticia del fallecimiento de Manolo Rojas, uno de los comediantes más prolíficos y queridos de la escena nacional, ha caído como un balde de agua fría sobre un público que lo vio apenas hace unos días derrochando energía y humor en las pantallas.

Sin embargo, más allá del luto oficial en el Ministerio de Cultura, ha surgido un detalle que añade una capa de melancolía y misterio a este trágico desenlace: la identidad y el testimonio de la mujer que compartió los últimos momentos con él antes de que su corazón dejara de latir en la puerta de su vivienda en La Victoria.

Se trata de Cristina Urueta, actriz y compañera de mil batallas en las tablas, quien ha roto su silencio en medio de un llanto inconsolable.

Su testimonio no solo es una pieza clave para reconstruir las horas finales del comediante, sino que se ha convertido en un relato desgarrador sobre el “qué hubiera pasado si.

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“.

Cristina estuvo con Manolo apenas dos horas antes de que el infarto masivo lo sorprendiera.

Según las imágenes de seguridad y los relatos recogidos, ella se encontraba estacionada frente a la casa del actor, donde ambos compartieron un abrazo cálido y una conversación que no presagiaba la tragedia.

“Me dijo: ‘Quédate’.

Y yo le dije: ‘Manolo, quiero dormir porque no me siento bien’.

Me miró y me insistió: ‘Quédate, vamos a comer algo’.

Y no me quedé.

No saben cómo me arrepiento de haberme ido”, relató Cristina con la voz quebrada por la culpa que hoy la persigue.

La actriz explicó que ella misma atravesaba un duelo reciente por el fallecimiento de su nieto, razón por la cual no tenía ánimos de aceptar la invitación.

A pesar de su estado anímico, Manolo, con la generosidad que lo caracterizaba, intentó animarla, ofreciéndose incluso a cocinarle algo.

“Solo le acepté un vaso con agua.

Recuerdo que para sacar el hielo, él empezó casi a reventar la hielera.

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estaba lleno de vida”, añadió Urueta.

La jornada del último miércoles de Manolo Rojas fue, irónicamente, una de las más productivas.

Grabó su última participación en el programa de la Chola Chabuca, cumplió con sus rutinas actorales y, demostrando su compromiso con su salud, acudió al gimnasio.

Quienes lo vieron ese día aseguran que no mostraba señales visibles de fatiga ni afecciones cardíacas.

No obstante, el destino tenía trazado un camino distinto.

Horas después de despedirse de Cristina, el comediante sufrió un dolor de cabeza intenso y una sudoración fría, síntomas inequívocos de un evento coronario.

El relato de su hijo es igualmente estremecedor.

Ante el malestar, Manolo solicitó un taxi para ser trasladado de emergencia a una clínica cercana.

El vehículo llegó, pero el tiempo, ese juez implacable que en casos de infarto solo otorga un margen de cinco minutos, se agotó antes de que pudiera abordar la unidad.

El cuerpo de Manolo Rojas quedó tendido en la puerta de su hogar, en plena vía pública, donde fue hallado sin signos vitales.

“No pude creerlo cuando llegué.

Pensaba que se podía hacer algo más.

Lo subí a la camioneta desesperado, quería llevarlo a un hospital, pero ya me habían dicho que era imposible reanimarlo”, confesó su hijo entre lágrimas durante el velatorio.

Desde el punto de vista médico, el Dr. Almerí, especialista en salud pública, arrojó luz sobre por qué una persona que parecía estar en su mejor momento físico terminó sucumbiendo de forma tan repentina.

Manolo, quien a sus 63 años había logrado bajar más de 10 kilos y controlaba su diabetes con medicación, fue víctima de lo que la cardiología denomina un “infarto silente”.

El especialista explicó que en pacientes diabéticos, las placas de ateroma (grasa acumulada en las arterias) no desaparecen aunque se controle el azúcar.

El estrés, un esfuerzo físico o simplemente el desgaste crónico pueden desprender una de estas placas, obstruyendo el flujo sanguíneo de manera masiva.

“Es el infarto que no avisa, que ocurre de un momento a otro”, sentenció el galeno, subrayando que el cerebro solo resiste cinco minutos sin oxígeno antes de la muerte biológica.

El Ministerio de Cultura se convirtió en el epicentro del dolor nacional.

Cientos de personas, desde figuras de la televisión hasta vecinos de su querido barrio de La Victoria y ciudadanos llegados desde Huaral, formaron largas colas para darle el último adiós.

El féretro, de un blanco impoluto y cubierto por la bandera peruana, simbolizaba no solo la pérdida de un artista, sino la de un embajador del humor provinciano que conquistó la capital.

Sus hijos y su esposa se mantuvieron firmes, aunque la hija del comediante admitió estar “destrozada” y solicitó al público respeto y calma ante los pequeños incidentes que se generaron por las aglomeraciones en el ingreso.

A pesar de los rumores sobre una supuesta discusión previa al deceso, los testimonios de sus allegados más cercanos, como la actriz Zelma Gálvez, pintan un cuadro distinto.

Gálvez recordó a Manolo como un hombre de paz, alguien que “nunca estaba molesto y siempre tenía una solución para todo”.

Esta calma intrínseca hace que la soledad de su partida sea aún más difícil de digerir para sus colegas, quienes hoy reflexionan sobre la importancia de contar con planes de emergencia, especialmente para aquellos artistas que viven solos o lejos de sus familias.

La decisión final sobre su descanso eterno también generó debate, pero fue su familia directa quien tomó la última palabra.

Manolo Rojas ha sido enterrado en el cementerio Campo Fe de Huachipa, en Lima.

Aunque muchos esperaban que regresara a su natal Huaral, sus hijos explicaron que esta decisión responde al deseo de tenerlo cerca para poder visitarlo y honrar su memoria diariamente.

El traslado del féretro fue un evento mediático sin precedentes, escoltado por unidades de los canales de televisión donde trabajó durante décadas.

Al llegar al área San Mateo del camposanto, alrededor de las 4 de la tarde, más de 500 personas se unieron en un solo aplauso mientras de fondo sonaba “Amor Eterno”, el clásico de Juan Gabriel que hoy adquiere un significado punzante para el Perú.

Las flores cubrieron la tumba de quien fuera el “Hermano Pablo” y tantas otras caracterizaciones que se quedan grabadas en la retina colectiva.

El legado de Manolo Rojas no termina con su entierro.

Su hijo ha prometido continuar con los proyectos que su padre dejó pendientes, asegurando que la marca de alegría que el comediante forjó no se borrará con el paso del tiempo.

Sin embargo, en el aire queda flotando ese último “quédate” que le dijo a Cristina Urueta.

Un pedido que, de haber sido escuchado, quizás no habría cambiado el diagnóstico médico, pero sí le habría permitido al gran Manolo Rojas no tener que enfrentar la última puerta de su vida en absoluta soledad.

Hoy, el país llora a un gran ser humano, a un padre ejemplar y a un artista completo, mientras se resigna a recordar su sonrisa a través de una pantalla que, desde hoy, brilla un poco menos.