La noche de lágrimas de Sonia Oquendo: El desgarrador secreto laboral que salpica la reputación de Sergio Galliani - News

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La noche de lágrimas de Sonia Oquendo: El desgarrador secreto laboral que salpica la reputación de Sergio Galliani

El panorama del teatro y la televisión en el Perú se encuentra sumido en una profunda conmoción tras las revelaciones inéditas de una de sus figuras más respetadas y emblemáticas.

En este 15 de julio de 2026, el eco de una reciente entrevista ha dinamitado los cimientos de la industria del entretenimiento andino.

La primera actriz y presentadora Sonia Oquendo ha decidido romper un prolongado pacto de silencio para exponer la cruda realidad de lo que describe como una auténtica pesadilla psicológica y laboral experimentada tras las bambalinas de la puesta en escena de la obra Monólogos de la vagina.

Las declaraciones de la veterana intérprete apuntan de manera directa, aunque inicialmente implícita, hacia el director de la producción, el reconocido actor y realizador Sergio Galliani, mundialmente famoso por su icónico personaje de Miguel Ignacio de las Casas en la serie televisiva Al fondo hay hay sitio.

Lo que se perfilaba como un reencuentro dorado de grandes estrellas en las tablas del histórico Teatro Marsano terminó convirtiéndose en un traumático proceso marcado por la presión desmedida, el maltrato profesional y una atmósfera densa que afectó gravemente la salud física y emocional de sus protagonistas.

El desgarrador testimonio de Sonia Oquendo salió a la luz durante una profunda conversación en el programa de YouTube de Latina, donde la actriz detalló cronológicamente las vicisitudes que rodearon los ensayos y las funciones de la obra.

Un aspecto central y particularmente sensible de su relato se enfocó en los últimos meses de vida de la recordada y queridísima actriz Camucha Negrete, quien falleció el pasado 27 de septiembre de 2025 en Lima a los 80 años de edad, víctima de un avanzado cáncer de hígado.

Oquendo rememoró con profunda tristeza las alarmantes condiciones en las que Negrete se integró a las lecturas del guion a escasas semanas del estreno.

Apenas a los quince días de iniciar el proceso formal, Camucha ingresó al recinto teatral evidenciando un deterioro físico extremo, requiriendo incluso la asistencia física de dos jóvenes trabajadores del teatro para poder movilizarse y sentarse a la mesa de trabajo.

Durante las sesiones iniciales de lectura, la recordada presentadora de televisión se vio obligada a interrumpir el texto en múltiples oportunidades debido a una severa insuficiencia respiratoria.

A pesar de que los síntomas de una enfermedad hepática avanzada eran evidentes para Oquendo, quien observaba con impotencia cómo la ropa le holgaba cada día más a su compañera y cómo arrastraba los pantalones debido a la alarmante pérdida de peso, la dirección del montaje pareció ignorar la gravedad de la situación, manteniendo un ritmo de exigencia inflexible.

La tensión entre el elenco y la dirección artística alcanzó su punto más álgido a tan solo una semana del debut oficial de la obra.

Ante la evidente falta de preparación del espectáculo y el delicado estado de salud de Camucha Negrete, Sonia Oquendo asumió la vocería de sus compañeras para exigir formalmente la postergación del estreno, argumentando razones de control de calidad y elemental humanidad.

Sin embargo, la respuesta del director Sergio Galliani fue un rechazo rotundo y mercantilista, escudándose en que las entradas ya se encontraban completamente agotadas y vendidas al público.

A pesar de que Oquendo insistió en que en el ámbito teatral internacional la cancelación o reprogramación de funciones por fuerza mayor es una práctica común y respetable, la dirección se mantuvo firme en su postura de seguir adelante a cualquier precio.

Esta obstinación derivó en una carga laboral desproporcionada para Negrete, a quien se le exigió memorizar un libreto completamente nuevo en un plazo de tiempo irrisorio.

La presión psicológica fue tal que, tras intentar con todas sus fuerzas asimilar los dos primeros monólogos, la experimentada actriz colapsó emocionalmente y manifestó su absoluta incapacidad para estudiar el tercer fragmento de la obra.

Ante esta emergencia, la producción tomó la decisión de dividir de manera abrupta dicho monólogo final entre Sonia Oquendo y su compañera Pilar, una alteración de último minuto que terminó por desestabilizar el sistema nervioso de Oquendo, sumergiéndola en una crisis de ansiedad de la que no pudo escapar.

La lucha interna de Camucha Negrete era, según Oquendo, un acto de fe desesperado. La actriz se aferraba a las tablas bajo la premisa mística de que el teatro actuaría como una terapia sanadora capaz de rescatarla de la enfermedad.

Esta ilusión se desvaneció el día en que, inmediatamente después de que bajara el telón al finalizar una de las funciones, Negrete solicitó reunirse de urgencia con todo el elenco para comunicarles el diagnóstico médico terminal que padecía.

Aunque la noticia causó un impacto devastador en el resto de las actrices, para Sonia Oquendo representó la confirmación de una tragedia que venía presenciando en silencio absoluto día tras día.

Oquendo recordó el profundo sufrimiento de ver a su amiga vencer el sueño en los intermedios de los ensayos, buscando desesperadamente cualquier rincón o mueble para recostarse y dormir debido al cansancio crónico que le producía la afección hepática.

Tras la obligada y dolorosa salida de Negrete de la producción para enfocarse en sus cuidados paliativos finales, la totalidad de la presión logística y escénica recayó sobre los hombros de Oquendo.

La falta de previsión de la dirección, que se negó sistemáticamente a activar un plan de contingencia o “Plan B” para reestructurar la obra con un reemplazo adecuado, sumada a la insistencia de mantenerse en una cómoda inacción ejecutiva, desencadenó en Sonia Oquendo un cuadro severo de depresión clínica.

La actriz confesó que durante ese periodo perdió la capacidad de salir de su hogar o realizar actividades cotidianas, encontrando fuerzas únicamente para levantarse de la cama con el fin de cumplir con las funciones programadas, convirtiendo su labor artística en un calvario personal.

La experiencia traumática no se limitó al trato interpersonal, sino que se extendió a la atmósfera misma del Teatro Marsano, un recinto históricamente asociado a la calidez y la camaradería bajo las épocas doradas de directores como Osvaldo Cattone.

Oquendo describió con amargura cómo, desde el primer día en que cruzó el umbral del teatro y subió sus escaleras, percibió una transformación radical y hostil en la esencia del lugar.

Las dinámicas tradicionales de afecto habían sido sustituidas por un régimen estricto de prohibiciones absurdas impuestas por el personal de asistencia, donde acciones tan elementales como transitar por determinadas áreas comunes estaban vetadas para las actrices de primera línea.

La intérprete señaló haber sentido una “nube negra” y una energía oscura suspendida sobre la producción, una premonición que lamentablemente se materializó en una sucesión de tragedias familiares que golpearon al elenco en los meses subsiguientes.

En un lapso de noventa días, las tres actrices principales sufrieron la pérdida repentina de seres sumamente cercanos: primero fue el progresivo deterioro y posterior fallecimiento de Camucha Negrete; apenas un mes después, ocurrió el deceso del respetado actor Hernán Romero, padre de la hija de la actriz Marta Figueroa; y en el tercer mes, el hermano de la propia Sonia Oquendo perdió la vida a causa de un infarto fulminante.

Esta acumulación de lutos y desgracias reforzó la convicción de Oquendo de que la obra carecía de una vibración positiva, describiendo la transición desde sus proyectos anteriores hacia este montaje como un descenso abrupto “del cielo al infierno”.

Las repercusiones cotidianas de esta crisis laboral se tradujeron en un aislamiento absoluto dentro del propio espacio de trabajo.

Sonia Oquendo reveló que el nivel de hostilidad y la necesidad de proteger su estabilidad mental la llevaron a adoptar una conducta de reclusión extrema durante las jornadas de función.

Tras enfrentar extenuantes horas de tráfico en la capital limeña para llegar al teatro con excesiva anticipación, la actriz se dirigía de forma directa e inmediata a su camerino, cerrando la puerta con llave para no salir sino hasta el instante exacto en que se levantaba el telón ante el público.

Esta rutina de confinamiento voluntario le hacía sentir que no se dirigía a una fiesta del arte, sino a un “cadalso” o a una prisión de máxima seguridad, una experiencia que calificó reiteradamente como horrible.

A pesar de la gravedad de sus declaraciones, Oquendo sorprendió a los periodistas al sugerir que las situaciones más oscuras y delicadas vividas dentro de esa producción aún permanecen ocultas al escrutinio público.

La actriz aseguró de forma tajante que no ventilará dichos detalles en ningún medio de comunicación tradicional ni plataforma digital, sino que los reservará en exclusiva para un libro autobiográfico que planea redactar en el futuro, advirtiendo que el contenido de esas páginas generará un impacto mediático de proporciones sísmicas.

Su decisión de guardar silencio por el momento responde al deseo de proteger su impecable trayectoria de vida y evitar verse envuelta en escándalos mediáticos de corte sensacionalista.

No obstante su reserva, el único detalle sustancial que Oquendo se permitió exteriorizar como colofón de su testimonio fue la existencia de un maltrato sistemático ejercido por un hombre hacia un grupo de actrices, damas y compañeras de trabajo que poseían una trayectoria intachable en el país.

En el ecosistema periodístico peruano, esta grave acusación ha sido unánimemente vinculada a la figura de Sergio Galliani, dado que él ostentaba el rol exclusivo de director del montaje durante el periodo en cuestión.

La viralización de esta denuncia pública ha reactivado de inmediato en las plataformas digitales diversos archivos y declaraciones pasadas de la propia Camucha Negrete, donde la recordada conductora del sintonizado espacio radial Recordar es Volver a vivir en radio La Inolvidable ya dejaba entrever el agotamiento extremo y la insatisfacción que le producían los ensayos.

En dichos registros, Negrete manifestaba con sutileza las dificultades de adaptarse a una dinámica escénica extenuante que se prolongaba desde las cinco de la tarde hasta altas horas de la madrugada, jornadas que cumplía únicamente por el profundo amor y respeto que profesaba hacia el arte teatral.

El debate mediático ha sumado el análisis de influyentes líderes de opinión de la televisión nacional, entre ellos el presentador Rodrigo González, conocido popularmente en el ámbito del espectáculo como “Peluchín”.

El comunicador se pronunció con severidad sobre el caso, marcando un fuerte contraste entre la escuela de dirección respetuosa y señorial que caracterizó a figuras del pasado y los métodos contemporáneos implementados por directores como Galliani.

González validó el testimonio de Sonia Oquendo al revelar, bajo su propia responsabilidad periodística y en un acto de lealtad a la memoria de la fallecida Camucha Negrete, que la propia presentadora le había confesado en privado su profunda incomodidad y el sufrimiento que experimentó debido a las malas formas y al trato displicente recibido durante la preparación de la obra.

Según el presentador, Negrete se sentía desprotegida y hastiada de tener que lidiar con conductas agresivas que no correspondían a su estatus de primera actriz ni a su respetable trayectoria artística.

La revelación de Oquendo no hace más que ratificar una realidad que muchos conocían tras bambalinas pero que nadie se atrevía a denunciar públicamente.

Mientras la opinión pública debate intensamente si el comportamiento de Sergio Galliani constituye un patrón de maltrato laboral generalizado o si responde a malentendidos propios de la alta exigencia del teatro profesional, el caso permanece abierto y genera una ola interminable de reacciones encontradas en el ámbito cultural del país.

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