8 MINUTOS EN VIVO — ANA BEJARANO ACUSA Y ABELARDO RESPONDE CON DEMANDA

Hay días en los que la verdad gana, días en los que un hombre trabajador le puede poner una demanda a una mentirosa y ganarle. Días en los que los poderosos de los medios tienen que agachar la cabeza porque quedaron en ridículo. Y hoy es uno de esos días. La periodista Ana Bejarano, de la revista Cambio intentó ensuciar el nombre del abogado Abelardo de la Espró verificar.

dijo que él andaba de fiesta en Cartagena con gente peligrosa. Pero lo que ella no sabía es que Abelardo tenía vídeos y pruebas de que esa fiesta fue en Italia. Y ahora esa señora va a tener que pagar una demanda millonaria por andar inventando cuentos. Bienvenidos a Historia Oculta. Antes de comenzar este relato, dale me gusta a este vídeo y suscríbete al canal y cuéntanos desde qué parte del mundo nos ves.

Esta historia que les voy a contar hoy no es un cuento, no es una novela, no es una invención de las que tanto abundan en las redes sociales. Esta es la pura realidad de lo que está pasando en Colombia, de cómo funciona el periodismo en este país, de cómo hay gente que se cree dueña de la verdad y que piensa que puede escribir lo que le dé la gana sin ninguna consecuencia, pero resulta que esta vez se equivocaron, esta vez se metieron con la persona equivocada, esta vez tocaron a alguien que sí sabe defenderse y que no se va a quedar

callado mientras lo difaman. Ana Bejrano es una periodista que trabaja para la revista Cambio, una publicación que en los últimos años se ha convertido en algo así como el vocero oficioso del gobierno de Gustavo Petro, una revista que antes tenía algo de credibilidad, pero que hoy en día es más conocida por defender al régimen que por hacer periodismo de verdad.

Y esta señora Bejano es una de las más activas en esa labor de propaganda disfrazada de periodismo. Ella se la pasa escribiendo columnas de opinión donde ataca a todo el que no esté de acuerdo con el gobierno, donde defiende las políticas más absurdas del petrismo y donde constantemente está tratando de destruir la reputación de las personas que se atreven a pensar diferente.

Hace unos días, la señora Bejano publicó una columna que causó mucho revuelo. una columna donde acusaba directamente al abogado Abelardo de la Espriella de haber estado en una fiesta en Cartagena con personajes del mundo criminal, con gente involucrada en negocios turbios y lo presentaba como si él fuera parte de esa mafia que tanto daño le ha hecho a Colombia.

La columna estaba llena de insinuaciones, de acusaciones veladas de ese tipo de lenguaje que usan los periodistas cobardes que quieren atacar a alguien, pero sin decirlo directamente, para poder después lavarse las manos y decir que ellos no dijeron nada malo. Pero el problema no fue solo que ella escribiera esa columna. El problema fue que todo lo que escribió era mentira, pura mentira, inventada de principio a fin, porque resulta que esa fiesta de la que ella hablaba no fue en Cartagena, fue en Italia.

Y las personas con las que supuestamente Abelardo estaba involucrado ni siquiera estuvieron ahí. Fue una invención total, un cuento armado con mala intención para tratar de manchar la imagen de un hombre que ha trabajado toda su vida de forma honesta y que se ha ganado su prestigio a pulso. Abelardo de la espriella no es un hombre cualquiera, no es un personaje más del montón, es un abogado reconocido en todo el país, un hombre que ha defendido casos importantes, que ha estado al frente de procesos jurídicos complejos. que ha enfrentado a los

poderosos cuando ha sido necesario y que sobre todo es conocido por decir las cosas como son, sin pelos en la lengua, sin miedo a las consecuencias. Y precisamente por eso es que tiene tantos enemigos, porque en un país como Colombia, donde la mayoría de la gente prefiere quedarse callada por miedo o por conveniencia, un hombre que habla claro es visto como una amenaza y la amenaza es especialmente grande para el gobierno actual, para ese grupo del pacto histórico que llegó al poder prometiendo cambios y transformaciones,

pero que lo único que ha traído es caos, corrupción y división. Ellos no soportan que haya voces críticas, no soportan que haya gente que les señale sus errores, no soportan que haya profesionales exitosos que demuestran con su vida que no hace falta el estado para prosperar y por eso tienen toda una maquinaria montada para tratar de silenciar a esas voces.

Y esa maquinaria incluye a periodistas como Ana Bejarano, que están dispuestos a escribir lo que sea con tal de complacer al poder. Cuando la columna de Bejaran se publicó, mucha gente la compartió en redes sociales. Mucha gente empezó a comentar. Algunos creyeron lo que ella decía porque pensaban que si estaba publicado en una revista seria tenía que ser verdad.

Otros dudaron desde el principio porque conocen cómo funciona el periodismo militante en Colombia. Pero la intención de la señora estaba clara. Quería que el nombre de Abelardo quedara manchado. Quería que la gente empezara a asociarlo con criminales. Quería destruir su reputación profesional y personal. Y seguramente pensó que él no iba a responder, que se iba a quedar callado, como hacen muchos cuando los atacan de esa manera. Pero se equivocó.

Se equivocó completamente porque Abelardo de la Espriella es abogado. Conoce las leyes de este país, sabe cómo funcionan los procesos judiciales y, sobre todo, es un hombre que no se deja pisotear. Entonces, en vez de quedarse llorando o en vez de responder con otro artículo de opinión como hacen los tibios, él fue directo al grano, sacó las pruebas, publicó los vídeos de esa famosa fiesta, mostró que había sido en Italia y no en Cartagena.

Demostró que las personas que Bejarano mencionaba ni siquiera habían estado ahí. Dejó en evidencia que todo era una mentira fabricada. Y después de eso, como si fuera poco, procedió a poner una demanda formal contra la periodista por injuria y calumnia. La demanda es por una suma millonaria. Porque cuando alguien daña tu buen nombre, cuando alguien te difama públicamente, cuando alguien miente sobre ti de esa manera, hay consecuencias.

Hay un precio que pagar y ese precio, en este caso va a ser muy alto para la señora Bejarano. Porque los jueces no son tontos, porque las pruebas están ahí, porque es evidente que ella publicó acusaciones falsas sin verificar absolutamente nada. Y eso en el derecho colombiano se llama calumnia y la calumnia se paga.

Lo interesante de todo este caso es que nos muestra cómo funciona realmente el periodismo progresista en Colombia, cómo operan estos medios que se presentan como defensores de la verdad y de la democracia, pero que en realidad son solo herramientas de propaganda política. La revista Cambio no le pidió a Bejano que verificara sus fuentes antes de publicar esa columna.

No le exigió que mostrara pruebas. no le dijo que tuviera cuidado porque estaba haciendo acusaciones muy graves. Simplemente la dejaron publicar lo que quisiera porque el objetivo era claro, atacar a Abelardo de la Espriella porque él es un crítico del gobierno. Y esto no es algo nuevo. Esto viene pasando hace años en Colombia.

Tenemos medios de comunicación que se han convertido en activistas políticos. Tenemos periodistas que han olvidado cuál es su verdadera función y que ahora se dedican a hacer campaña por un lado o por el otro. Y lo peor de todo es que cuando cometen errores, cuando mienten, cuando difaman, casi nunca pasa nada, se esconden detrás de la libertad de prensa, dicen que los están persiguiendo, se hacen las víctimas y la mayoría de las veces se salen con la suya, pero esta vez no.

Esta vez alguien les paró las manos. Esta vez alguien les dijo, “Hasta aquí llegaron. Esta vez alguien les demostró que la libertad de prensa no es licencia para mentir. Y ese alguien fue Abelardo de la Espriella, un hombre que tiene el carácter y los recursos para defenderse. Pero lo más importante es que tiene la razón, tiene la verdad de su lado y eso en un proceso judicial es fundamental.

La reacción de Ana Bejarano, cuando la demandaron fue patética. En vez de reconocer su error, en vez de pedir disculpas, en vez de rectificar públicamente, ella salió a las redes sociales a hacerse la víctima. a decir que la estaban persiguiendo, a decir que esto era un ataque a la libertad de prensa.

Y por supuesto, todos sus amigos del progresismo salieron a defenderla. Empezaron a decir que Abelardo era un abusivo, que estaba usando su poder para intimidar a una pobre periodista, que esto era censura, en fin, el mismo discurso de siempre que usan cuando los descubren en sus mentiras. Pero la gente no es tonta. La gente ya se dio cuenta de cómo funciona ese juego.

La gente ya sabe que cuando un periodista del establecimiento grita que lo están persiguiendo generalmente es porque lo descubrieron haciendo algo malo. Y en este caso lo que descubrieron fue una mentira descarada, una calumnia premeditada, un intento deliberado de destruir la reputación de una persona solo porque esa persona piensa diferente.

Lo que Ana Bejano no entendió o no quiso entender es que Abelardo de la Espriella no es un político común. No es uno de esos que tienen miedo de los medios. No es uno de esos que prefieren aguantarse las difamaciones con tal de no hacer olas. Él es un profesional del derecho que conoce perfectamente sus derechos y que sabe cómo ejercerlos.

Y además es un hombre que ha construido su reputación durante años, que ha trabajado duro para llegar donde está y que no va a permitir que una periodista resentida venga a destruir todo eso con mentiras. La fiesta de la que hablaba Bejano era una celebración privada, una fiesta de cumpleaños que Abelardo organizó en Italia con sus amigos cercanos, con su familia, con gente de su círculo personal y, por supuesto, como cualquier persona exitosa que ha trabajado duro por su dinero.

 

 

 

Él tiene derecho a disfrutar de los frutos de su esfuerzo, tiene derecho a viajar, tiene derecho a hacer fiestas, tiene derecho a vivir bien. Pero para la izquierda eso es un pecado mortal. Para ellos ver a alguien disfrutando de su éxito es algo que no pueden tolerar, porque su ideología está basada en el resentimiento, en la envidia, en la idea de que nadie debe tener más que nadie.

Por eso Ana Bejaran escribió esa columna. No porque tuviera información real sobre algún negocio turbio de Abelardo, no porque tuviera pruebas de nada, sino simplemente porque le dolió ver las fotos de esa fiesta. Le dolió ver que alguien que no comulga con su ideología pueda tener éxito, pueda vivir bien, pueda ser feliz.

Y entonces decidió inventarse un cuento para tratar de arruinarle la vida. Y eso es lo que hace la izquierda. Eso es lo que hacen cuando no pueden ganar con argumentos, cuando no pueden competir en igualdad de condiciones, recurren a la difamación, a la mentira, al ataque personal. Pero la tecnología es maravillosa y en este caso la tecnología salvó a Abelardo porque resulta que en esa fiesta hubo muchas fotos, muchos vídeos, todo estaba documentado.

Y cuando Bejano publicó su columna diciendo que la fiesta había sido en Cartagena, fue muy fácil para Abelardo demostrar que estaba mintiendo. Simplemente sacó los vídeos, mostró las imágenes, mostró los tickets de avión, mostró las reservas del hotel en Italia, mostró absolutamente todo y dejó a la periodista en ridículo frente a todo el país.

Y aquí hay algo muy importante que debemos entender. Cuando alguien te acusa de algo grave, cuando alguien dice que andas con criminales, cuando alguien insinúa que estás metido en negocios sucios. No basta con decir que es mentira. Hay que demostrarlo, hay que mostrar las pruebas. Y eso fue exactamente lo que hizo Abelardo. No se quedó en simples desmentidos.

No se limitó a decir que Bejarano estaba equivocada. Él mostró evidencia contundente, irrefutable, que dejaba claro que todo lo que ella había escrito era falso. La demanda que puso Abelardo es por injuria y calumnia. Dos delitos que están claramente tipificados en el Código Penal Colombiano. La injuria es cuando alguien ofende el honor o la dignidad de otra persona.

Y la calumnia es cuando alguien imputa falsamente a otra persona la comisión de un delito. Y en este caso está clarísimo que hubo calumnia porque Bejarano insinuó que Abelardo estaba relacionado con criminales, que estaba en negocios turbios y todo eso sin ninguna prueba, sin ningún fundamento, solo basándose en su imaginación y en su mala intención.

Los abogados de Abelardo presentaron la demanda con todas las pruebas del caso, con los vídeos, con las fotos, con los testimonios, con todo lo necesario para demostrar que Ana Bejano mintió deliberadamente y ahora el proceso está en manos de un juez que tendrá que decidir si efectivamente hubo calumnia y cuál debe ser.

La compensación económica que vejará no tendrá que pagar, pero viendo las pruebas que hay, viendo lo evidente que es la mentira, es muy probable que Abelardo gane ese proceso. Y cuando gane, y créanme que va a ganar, eso va a asentar un precedente muy importante en Colombia. Va a dejar claro que los periodistas no pueden andar inventando lo que se les dé la gana, que no pueden difamar a la gente sin consecuencias, que la libertad de prensa tiene límites y que esos límites están marcados por la verdad y por el respeto al buen nombre de las personas. Porque

una cosa es criticar, una cosa es cuestionar, una cosa es investigar y otra cosa muy diferente es inventar, es mentir, es calumniar. Ana Bejano y la revista Cambio pensaron que podían hacer con Abelardo lo mismo que han hecho con tantas otras personas. Pensaron que podían publicar lo que quisieran y que él se iba a quedar callado, pero se equivocaron de persona.

Se metieron con alguien que tiene los pantalones bien puestos, con alguien que no le tiene miedo a los medios, con alguien que sabe que cuando uno tiene la verdad de su lado no hay nada que temer. Esta historia también nos enseña algo muy valioso sobre la importancia de las pruebas, sobre la importancia de documentar todo.

Porque si Abelardo no hubiera tenido esos vídeos, si no hubiera podido demostrar que la fiesta fue en Italia, si no hubiera tenido forma de probar que Bejaran estaba mintiendo, entonces probablemente la mentira se habría quedado ahí. La gente habría creído lo que ella escribió y el daño a su reputación habría sido irreparable, pero como si tenía las pruebas, como si pudo demostrar la verdad, entonces no solo limpió su nombre, sino que además puso en evidencia a una periodista mentirosa.

Y hablando de mentiras, hay que decir que Ana Bejrano tiene un historial bastante cuestionable en ese sentido. Esta no es la primera vez que publica cosas sin verificar. Esta no es la primera vez que sus columnas están llenas de imprecisiones y de exageraciones, pero esta sí es la primera vez que alguien la demanda formalmente por sus mentiras y ojalá no sea la última.

Ojalá esto sirva para que otros que han sido víctimas de sus difamaciones también se animen a tomar acciones legales. ¿Por qué? La única forma de parar a esta gente es poniéndoles límites claros. La revista Cambio debería estar avergonzada de tener a una periodista como Ana Bejarano en su equipo. Deberían pedirle disculpas públicas a Abelardo.

Deberían rectificar la información. Deberían tomar medidas disciplinarias contra ella, pero seguramente no van a hacer nada de eso, porque para ellos lo importante no es la verdad, sino el activismo político. Lo importante no es el periodismo serio, sino la propaganda. Y mientras sigan pensando así, van a seguir perdiendo credibilidad.

van a seguir siendo vistos no como un medio de comunicación, sino como un panfleto político. Lo que pasó con esta demanda es un triunfo no solo para Belardo, sino para todos los colombianos que estamos cansados de la manipulación mediática, que estamos cansados de que nos mientan, que estamos cansados de que traten a los ciudadanos como si fuéramos tontos que nos vamos a creer cualquier cosa que publiquen. Porque no, no somos tontos.

Sabemos identificar cuando nos están mintiendo. Sabemos reconocer cuando un medio tiene una agenda política. Y cada vez somos más los que no nos dejamos engañar. Abelardo de la espriella se convirtió en un símbolo de resistencia contra esa maquinaria de lodo que es el periodismo militante en Colombia.

se convirtió en un ejemplo de que sí se puede enfrentar a los medios cuando mienten, de que sí se puede defender el buen nombre, de que si hay herramientas legales para combatir la difamación y eso es algo que deberíamos celebrar todos, independientemente de si estamos de acuerdo o no con sus posiciones políticas, porque lo que está en juego aquí no es ideología, es verdad contra mentira, es honestidad contra difamación.

La demanda millonaria que Bejarano tendrá que pagar si pierde el proceso y todo indica que lo va a perder. No es solo un castigo económico, es también un mensaje. Un mensaje para todos esos periodistas que creen que pueden escribir lo que quieran sin consecuencias. Un mensaje para todos esos medios que piensan que la libertad de prensa les da carta blanca para difamar.

Un mensaje claro, mentir un costo y ese costo puede ser muy alto. Lo que empezó como una simple columna de opinión en la revista Cambio se convirtió en uno de los casos más importantes de los últimos años sobre los límites del periodismo y la responsabilidad de los medios de comunicación en Colombia. Porque lo que hizo Ana Bejano no fue un simple error, no fue una equivocación inocente, fue un acto deliberado de difamación contra un hombre que ha trabajado toda su vida para construir su reputación.

Y la forma en que Abelardo de la Espriella respondió a ese ataque marca un antes y un después en la manera como los ciudadanos pueden defenderse de las mentiras de la prensa. Para entender bien esta historia, hay que conocer quién es realmente Ana Bejarano, de dónde viene, que la motiva y por qué decidió atacar específicamente a Abelardo de la Espriella.

Porque nada de esto fue casualidad. Nada de esto fue un accidente periodístico. Todo fue calculado. Todo tuvo una intención política muy clara y esa intención era destruir la imagen de un hombre que representa todo lo que la izquierda colombiana detesta: éxito, independencia, libertad de pensamiento y crítica al gobierno de Gustavo Petro.

Ana Bejarano lleva años moviéndose en los círculos del periodismo progresista colombiano. Es parte de ese grupo de periodistas que se consideran a sí mismos como la élite intelectual del país, que creen que ellos son los únicos que tienen el derecho de decidir que es verdad y que es mentira, que se puede decir y que no se puede decir, quién merece ser defendido y quién merece ser atacado.

Y por supuesto, todo esto lo hacen desde una posición ideológica muy marcada, desde una visión de izquierda que ve con desprecio a cualquiera que piense diferente. La revista Cambio, donde Bejano publica sus columnas, no es un medio neutral, no es un medio que busque informar objetivamente a los colombianos. Es un medio con una línea editorial clara, con una agenda política definida y esa agenda es defender al gobierno del pacto histórico, atacar a la oposición y promover las ideas del progresismo internacional que tanto daño le están haciendo a Colombia. Entonces, cuando

uno lee una columna de Ana Bejarano, no está leyendo periodismo, está leyendo propaganda disfrazada de análisis. Abelardo de la Espriella, por su parte, es todo lo contrario de lo que representa Bejarano. Él es un hombre que viene del sector privado, que ha construido su carrera como abogado, defendiendo casos complejos, que ha trabajado con empresarios, con políticos de diferentes tendencias, con gente común que necesita asesoría jurídica y que se ha ganado el respeto, no por pertenecer a ningún grupo político, sino

por su capacidad profesional, por su inteligencia, por su dedicación al trabajo y sobre todo por su valentía para decir lo que piensa sin importar a quien le duela. En los últimos años, Abelardo se ha convertido en una voz muy crítica del gobierno de Petro. Ha señalado los errores, ha denunciado la corrupción, ha cuestionado las políticas económicas desastrosas, ha defendido la propiedad privada, ha criticado la llamada paz total que solo ha traído más violencia.

Y todo eso lo ha hecho públicamente en redes sociales, en entrevistas, en espacios donde su voz puede llegar a millones de colombianos y, por supuesto, eso lo convierte en un enemigo para él. régimen y para sus aliados en los medios de comunicación. Entonces, cuando Ana Bejarano decidió escribir esa columna atacando a Abelardo, no lo hizo porque tuviera información sobre algún crimen que él hubiera cometido.

No lo hizo porque tuviera pruebas de algo ilegal. lo hizo simplemente porque él es un crítico del gobierno, porque él representa una amenaza para el proyecto político del pacto histórico, porque él tiene la capacidad de influir en la opinión pública y había que silenciarlo, había que desprestigiarlo, había que hacer que la gente dejara de creerle y para eso nada mejor que inventarse un escándalo.

El escándalo inventado fue la supuesta fiesta en Cartagena con criminales. Bejarano escribió que Abelardo había sido visto en el corralito de piedra. uno de los lugares más exclusivos de Cartagena, compartiendo con personajes del bajo mundo, con gente involucrada en negocios ilegales, y lo presentó como si esto fuera un hecho comprobado, como si ella tuviera fuentes confiables, como si hubiera investigado a fondo.

Pero todo era mentira, todo era una fabricación de principio a fin. Lo que realmente pasó es que Abelardo celebró su cumpleaños en Italia. Organizó una fiesta privada en un lugar hermoso de la costa italiana. invitó a sus amigos cercanos, a su familia, a gente de confianza. Y, por supuesto, como en cualquier celebración, hubo fotos, hubo vídeos, hubo música, hubo alegría.

Pero todo esto fue en Europa, a miles de kilómetros de Cartagena. Y las personas que estuvieron ahí no tienen absolutamente nada que ver con el mundo criminal. Son profesionales exitosos, empresarios respetados, gente que ha trabajado honestamente por lo que tiene. Pero para Ana Bejarano, eso no importaba. La verdad no era relevante. Lo importante era crear la narrativa, plantar la semilla de la duda, hacer que la gente empezara a preguntarse si acaso Abelardo no estaría metido en algo turbio y confiar en que como la mayoría de las personas no verifican la

información, simplemente van a creer lo que leen en una revista que se supone es seria. Entonces, la mentira se iba a quedar ahí, iba a circular, iba a hacer daño y ella quedaría como la periodista valiente que destapó a un corrupto, pero cometió un error fatal. Subestimó a Abelardo.

Pensó que él era como los políticos tradicionales, que cuando los atacan se quedan callados porque tienen miedo de que los medios los sigan atacando. Pensó que él iba a agachar la cabeza y dejar pasar el tema. Pero Abelardo no es así. Abelardo es un hombre que ha enfrentado situaciones mucho más difíciles en su vida, que ha estado en tribunales defendiendo casos contra los poderosos, que no le tiene miedo a nada ni a nadie y sobre todo que sabe que cuando uno tiene la razón hay que defenderla hasta las últimas consecuencias.

La respuesta de Abelardo fue contundente, inmediata y demoledora en cuestión de horas después de que se publicara la columna de Bejarano. Él salió a sus redes sociales con todas las pruebas, publicó los vídeos de la fiesta en Italia, mostró las fotos del lugar, mostró los pasajes de avión, mostró las reservas del hotel, mostró absolutamente todo lo que demostraba que Bejano había mentido.

Y no solo eso, también explicó detalladamente quiénes eran las personas que estaban en esa fiesta, gente respetable, profesionales exitosos, nada que ver con los criminales que la periodista había insinuado. La reacción en las redes sociales fue inmediata. La gente empezó a compartir las pruebas de Abelardo, empezó a cuestionar a Ana Bejarano, empezó a preguntarle de dónde había sacado esa información, cómo era posible que hubiera publicado algo así sin verificar.

Y por supuesto, ella no tenía respuesta porque no había nada que responder. La mentira había quedado al descubierto y no había forma de justificarla. No había forma de esconderla. No había forma de salir bien librada de esa situación. Bejarano intentó defenderse diciendo que ella tenía fuentes confiables, que alguien le había dado esa información, que ella actuó de buena fe, pero todo eso sonaba ridículo cuando las pruebas mostraban claramente que la fiesta no había sido en Cartagena, sino en Italia.

¿Cómo podía alguien confundir Cartagena con Italia? ¿Cómo podía una periodista supuestamente seria publicar algo así sin verificar ni un solo dato? La respuesta es simple, porque no le importaba la verdad, solo le importaba él. Ataque político. Y entonces vino lo mejor. Abelardo anunció que iba a demandar a Ana Bejarano por injuria y calumnia, que iba a llevar el caso a los tribunales, que iba a buscar justicia no solo para él, sino para todas las personas que han sido víctimas de ese tipo de periodismo irresponsable. Y la demanda fue

presentada formalmente con todos los requisitos legales, con todas las pruebas necesarias, con una argumentación jurídica sólida que dejaba claro que lo que Bejarano había hecho era un delito. La demanda causó un terremoto en el mundo del periodismo colombiano, porque por primera vez en mucho tiempo un periodista iba a tener que responder ante la justicia por sus mentiras.

Por primera vez no iba a poder esconderse detrás de la libertad de prensa. Por primera vez iba a tener que asumir las consecuencias de lo que escribió. Y eso puso nerviosos a muchos. Porque si Abelardo ganaba esa demanda y todo indicaba que la iba a ganar, eso iba a sentar un precedente muy importante. Los amigos de Bejarano, en el gremio periodístico salieron inmediatamente a defenderla.

empezaron a decir que esto era un ataque a la libertad de prensa, que Abelardo estaba usando su poder económico para intimidar a una periodista, que esto era censura, que era una amenaza para el periodismo crítico, pero todo ese discurso era pura hipocresía, porque lo que Abelardo estaba defendiendo no era su posición política, sino su buen nombre, su reputación, su honor, cosas que están protegidas por la ley y que ningún periodista tiene derecho a destruir con mentiras.

La libertad de prensa es fundamental para cualquier democracia. Nadie lo niega. Pero la libertad de prensa no significa libertad para mentir. No significa que los periodistas puedan escribir lo que se les dé la gana sin ninguna responsabilidad. No significa que puedan difamar a las personas sin consecuencias.

La libertad de prensa tiene límites y esos límites están marcados por la verdad, por la verificación de los hechos, por el respeto a los derechos de las personas. Ana Bejrano cruzó esos límites y ahora tiene que pagar el precio y ese precio es enfrentar un proceso judicial que muy probablemente va a perder porque las pruebas están ahí, porque es evidente que mintió, porque no hay forma de justificar lo que hizo y cuando pierda va a tener que pagar una compensación económica millonaria que le va a doler en el bolsillo. Pero más que el dinero,

lo que va a perder es su credibilidad, su reputación profesional, su imagen como periodista. Lo interesante de todo esto es que la demanda de Abelardo no solo afecta a Bejarano, sino también a la revista Cambio, porque ellos fueron los que publicaron la columna, ellos fueron los que le dieron la plataforma para difamar, ellos son responsables de lo que se publica en sus páginas.

Entonces también van a tener que responder legalmente por esto. Y eso es importante porque muchas veces los medios de comunicación actúan con total impunidad, publican lo que quieren y después dicen que son opiniones de los columnistas y que ellos no se hacen responsables, pero legalmente sí son responsables. El caso también ha generado un debate nacional sobre el estado del periodismo en Colombia, sobre cómo muchos medios se han convertido en activistas políticos, sobre cómo han perdido la objetividad.

sobre cómo han dejado de lado la verificación de los hechos para dedicarse a promover agendas ideológicas. Y esto es algo que debería preocuparnos a todos, porque una democracia sin un periodismo serio, sin medios confiables, es una democracia en peligro. Hay que decir también que Ana Bejano no es la única periodista que hace esto.

Hay muchos otros en Colombia que practican ese mismo tipo de periodismo militante, que atacan a las personas con las que no están de acuerdo políticamente, que inventan escándalos, que tergiversan la realidad, que manipulan la información. Y todo eso lo hacen creyendo que están cumpliendo con una misión superior, creyendo que el fin justifica los medios, creyendo que como ellos están del lado correcto de la historia.

Pueden hacer lo que quieran, pero la historia les está demostrando que están equivocados. La historia les está demostrando que la verdad siempre sale a la luz, que las mentiras tienen patas cortas, que tarde o temprano la realidad se impone. Y el caso de Abelardo contra Bejano es un ejemplo perfecto de esto, porque por más que ella trató de mentir, por más que intentó manipular la información, por más que creyó que se iba a salir con la suya, al final la verdad ganó, las pruebas hablaron y ahora ella está pagándolas.

Consecuencias. El proceso judicial va a tomar su tiempo porque así funcionan las cosas en Colombia. La justicia es lenta, los procesos son largos, pero lo importante es que el caso está en marcha, que hay un juez que va a revisar todas las pruebas, que va a escuchar a las dos partes y que al final va a tomar una decisión basada en la ley y en los hechos.

Y si la justicia funciona como debe funcionar, Ana Bejarano va a ser condenada por calumnia. La calumnia es un delito serio en Colombia. Está tipificada en el código penal y consiste en imputar falsamente a alguien la comisión de un delito o una conducta desonrosa. Que es exactamente lo que hizo Bejaranoo cuando dijo que Abelardo estaba con criminales, cuando insinuó que estaba involucrado en negocios turbios.

Esas son acusaciones muy graves que dañan profundamente la reputación de una persona y la ley establece sanciones para quien hace eso. Además de la calumnia, también hay injuria, que es cuando alguien ofende el honor o la dignidad de otra persona. Y en este caso también hubo injuria porque Bejarano no solo mintió sobre los hechos, sino que además usó un lenguaje despectivo, un tono acusatorio, un estilo que buscaba deliberadamente humillar y desprestigiar a Abelardo.

Entonces, la demanda incluye ambos delitos y busca una compensación por el daño moral causado. El daño moral es algo muy real, no es algo abstracto. Cuando alguien te difama públicamente, cuando alguien miente sobre ti en un medio de comunicación masivo, cuando miles de personas leen esas mentiras y empiezan a creer cosas falsas sobre ti, eso te afecta profundamente, te afecta emocionalmente, te afecta profesionalmente, te afecta en tus relaciones personales y ese daño tiene que ser compensado. Por eso la ley

establece que quien causa ese daño tiene que pagar. Abelardo ha dicho públicamente que esta demanda no es solo por el dinero, que lo que él busca es justicia, es sentar un precedente, es enviar un mensaje claro a todos esos periodistas y responsables de que no pueden seguir haciendo lo que están haciendo, que tienen que empezar a verificar la información, que tienen que ser honestos, que tienen que respetar los derechos de las personas.

Y eso es algo admirable, porque él tiene los recursos para pelear esta batalla legal, pero muchas otras personas que han sido víctimas de este tipo de difamación no los tienen. Por eso este caso es tan importante, porque si Abelardo gana, como todo indica que va a ganar, eso va a abrir la puerta para que otras personas que han sido difamadas también busquen justicia, para que también demanden a los periodistas que les mintieron, para que también exijan compensación por el daño que les causaron y poco a poco se va a ir creando una cultura de

responsabilidad en el periodismo colombiano. La responsabilidad es algo que hace mucha falta en el periodismo actual, porque muchos periodistas actúan como si tuvieran inmunidad total, como si pudieran escribir lo que quisieran sin ninguna consecuencia. Y eso ha llevado a una degradación tremenda de la profesión.

Ha llevado a que la gente cada vez confíe menos en los medios, a que la gente busque información en fuentes alternativas, a que el periodismo tradicional pierda relevancia. Y cuando uno mira las encuestas sobre confianza en las instituciones en Colombia, siempre los medios de comunicación aparecen entre los últimos lugares. La gente no confía en ellos.

La gente cree que les mienten. La gente cree que tienen agendas ocultas. Y casos como el de Ana Bejano solo confirman esas sospechas. Solo demuestran que efectivamente muchos periodistas no están buscando informar, sino manipular. Pero también hay que decir que no todos los periodistas son así, que todavía hay profesionales serios en Colombia que hacen su trabajo con honestidad, que verifican sus fuentes, que se esfuerzan por ser objetivos, que respetan a las personas sobre las que escriben.

Y esos periodistas también sufren por culpa de los irresponsables como bejarano, porque la desconfianza hacia los medios los afecta a todos, los pone a todos bajo sospecha. Por eso es tan importante que casos como este se resuelvan bien, que la justicia funcione, que se establezcan límites claros, porque eso va a ayudar a separar el trigo de la paja, va a ayudar a distinguir entre el periodismo serio y el activismo disfrazado de periodismo, va a ayudar a que la gente vuelva a confiar en los medios que si hacen bien

su trabajo. La demanda de Abelardo también tiene una dimensión política importante, porque como ya dijimos, el ataque de Bejano no fue casual. Fue parte de una estrategia más amplia del gobierno y sus aliados para tratar de silenciar a los críticos, para tratar de desprestigiar a quienes cuestionan sus políticas.

Y lo que Abelardo está demostrando es que esa estrategia no va a funcionar, que la gente no se va a dejar intimidar, que van a defender sus derechos. El gobierno de Gustavo Petro ha sido uno de los más cuestionados de la historia reciente de Colombia. Sus políticas económicas han sido un desastre. La inflación se ha disparado.

El desempleo ha aumentado. La inseguridad está peor que nunca. La llamada paz total ha sido un fracaso. Los escándalos de corrupción han salpicado a varios funcionarios, incluyendo a miembros de la familia del presidente, y todo esto ha generado una oposición cada vez más fuerte. Y dentro de esa oposición hay voces como la de Abelardo de la Espriella que tienen mucho alcance, que tienen credibilidad, que tienen capacidad de movilizar a la opinión pública y por supuesto eso le molesta al gobierno, le molesta a sus aliados en los medios, le

molesta a toda esa red de activistas que los defienden. Entonces, la estrategia es tratar de destruir esas voces, tratar de mancharlas, tratar de que la gente deje de escucharlas. Pero lo que no entienden es que en la era de las redes sociales esa estrategia ya no funciona como antes. Antes, cuando un medio de comunicación tradicional atacaba a alguien, esa persona no tenía muchas formas de defenderse.

Tenía que esperar a que otro medio le diera espacio. Tenía que rogar para que le publicaran una carta de réplica. Pero hoy cualquiera puede salir a Twitter, a Facebook, a Instagram, a YouTube y contar su versión de los hechos, mostrar sus pruebas, llegar directamente a millones de personas. Y eso fue exactamente lo que hizo Abelardo.

No esperó a que la revista Cambio le diera derecho a réplica. No esperó a que otros medios cubrieran el tema, simplemente salió a sus redes sociales, mostró las pruebas, explicó la situación y la gente le creyó porque las pruebas eran contundentes, porque era obvio que Bejarano había mentido y en cuestión de horas el daño que ella había intentado hacer se había revertido completamente.

Esa es la nueva realidad. Los medios tradicionales ya no tienen el monopolio de la información, ya no pueden controlar la narrativa como antes. La gente tiene acceso a múltiples fuentes, puede verificar por sí misma, puede llegar a sus propias conclusiones y eso es algo que asusta mucho al establecimiento.

Por eso quieren regular las redes sociales, por eso hablan de combatir las noticias falsas, cuando en realidad lo que quieren es volver a tener el control sobre lo que la gente puede ver y leer. El caso de Abelardo contra Vejarano es también un ejemplo de como las personas exitosas son atacadas, simplemente por su éxito, porque en Colombia hay una cultura del resentimiento muy arraigada.

Hay mucha gente que en vez de alegrarse cuando alguien prospera, lo que siente es envidia, lo que quiere es que esa persona se caiga. Lo que busca es encontrarle algún defecto, algún error, algo que lo deslegitime. Y la izquierda alimenta ese resentimiento. La izquierda vive de dividir a la sociedad entre ricos y pobres.

entre opresores y oprimidos, entre privilegiados y marginados. Y cualquiera que tenga éxito es automáticamente puesto en el lado de los malos, en el lado de los que hay que atacar, en el lado de los que hay que destruir. No importa cómo haya conseguido ese éxito, no importa si trabajó duro, si se sacrificó, si hizo las cosas bien, simplemente por tener éxito ya eres sospechoso.

Abelardo de la Espriella es exitoso, tiene una carrera profesional brillante, ha ganado dinero, vive bien, disfruta de los frutos de su trabajo y eso es algo que la izquierda no puede tolerar. Entonces, buscan la forma de atacarlo, de desprestigiarlo, de hacerlo ver como alguien que debe haber hecho algo malo para llegar donde está.

Y Ana Bejano se prestó para ese trabajo sucio. Escribió esa columna intentando plantar esa semilla de duda, pero la estrategia les falló porque Abelardo tenía algo muy poderoso de su lado, la verdad. Y la verdad es inatacable. La verdad siempre prevalece. Y cuando uno tiene la verdad de su lado y además tiene la valentía de defenderla, entonces no hay mentira que pueda resistir, no hay calumnia que pueda sostenerse, no hay difamación que pueda prosperar.

Hemos llegado al punto más importante de esta historia, al momento en que todo lo que hemos contado cobra su verdadero significado. Porque lo que pasó entre Abelardo de la Espriella y Ana Bejarano, no es solo una anécdota más del periodismo colombiano. No es solo un caso judicial interesante, es algo mucho más profundo.

Es una lección sobre la importancia de defender la verdad, sobre la necesidad de no dejarse amedrentar por los poderosos, sobre el valor de pararse firme cuando te atacan. injustamente y sobre todo es una señal de esperanza para todos esos colombianos que alguna vez han sido víctimas de mentiras y difamaciones. La demanda que Abelardo puso contra Ana Bejrano está avanzando en los tribunales.

Los abogados han presentado todas las pruebas, los vídeos de la fiesta en Italia, las fotografías, los testimonios de las personas que estuvieron ahí, los pasajes de avión, las reservas de hotel, absolutamente todo lo que demuestra de manera irrefutable que lo que Bejano escribió en su columna era falso. Y no solo falso por error, sino falso con intención, falso con mala fe, falso con el objetivo deliberado de dañar la reputación de un hombre honesto.

Los expertos legales que han analizado el caso coinciden en que Abelardo tiene todas las de ganar, porque las pruebas son contundentes, porque no hay forma de que Bejano pueda justificar lo que escribió, porque es evidente que cometió calumnia y la calumnia es un delito que está claramente tipificado en las leyes colombianas.

Entonces, a menos que pase algo muy extraño, algo muy irregular en el proceso judicial, lo más probable es que el juez falle a favor de Abelardo y condene a Bejarano a pagar una compensación millonaria. Esa compensación millonaria no es solo simbólica, no es solo un número en un papel, es el reconocimiento de que cuando alguien daña tu reputación, cuando alguien te difama públicamente, cuando alguien miente sobre ti de manera que afecta tu vida profesional y personal, tiene que haber una consecuencia real, tiene que haber un precio que pagar, porque de lo

contrario, los periodistas irresponsables seguirían haciendo lo mismo una y otra vez sin ningún temor, sin ningún límite, sin ningún freno. Y aquí hay algo muy importante que debemos entender todos los colombianos. La libertad de prensa es sagrada, es fundamental para la democracia, nadie lo discute, pero la libertad de prensa no puede ser una excusa para la irresponsabilidad, no puede ser una licencia para mentir, no puede ser un escudo detrás del cual se esconden los difamadores. La libertad de prensa viene

acompañada de una responsabilidad y esa responsabilidad es verificar los hechos, ser honestos con la información, respetar los derechos de las personas sobre las que se escribe. Anna Bejano violó esa responsabilidad de la manera más flagrante posible. Publicó acusaciones gravísimas sin verificar absolutamente nada, sin tener ninguna prueba, sin siquiera intentar comunicarse con Abelardo para pedirle su versión de los hechos.

 

 

 

 

Simplemente escribió lo que le convino escribir, lo que le ordenaron escribir, lo que políticamente le servía para atacar a un crítico del gobierno y ahora está pagando las consecuencias de esa irresponsabilidad. La revista Cambio también está en el ojo del huracán. Porque ellos fueron los que publicaron la columna.

Ellos son los responsables editoriales de lo que aparece en sus páginas y no pueden simplemente lavarse las manos diciendo que esas eran opiniones de la columnista porque legalmente un medio de comunicación es responsable de lo que publica, tiene que verificar, tiene que exigir estándares mínimos de calidad y de veracidad.

Y en este caso es evidente que no lo hicieron. De hecho, lo que pasó con la revista Cambio es muy revelador de cómo funcionan muchos medios de comunicación en Colombia hoy. En día tienen una línea editorial marcadamente política. Están alineados con el gobierno de turno o con ciertos sectores ideológicos y desde esa posición atacan sistemáticamente a quienes piensan diferente.

No les importa la verdad, no les importa la objetividad. Lo único que les importa es promover su agenda. Y ese tipo de periodismo es peligroso para la democracia. Porque cuando los ciudadanos no pueden confiar en los medios de comunicación, cuando la gente asume que todo lo que lee está sesgado, que todo está manipulado, que todo responde a intereses políticos, entonces se pierde algo muy valioso.

Se pierde la posibilidad de tener un debate público informado, se pierde la capacidad de la sociedad de tomar decisiones basadas en hechos y nos quedamos en un mundo de postverdad donde cada quien cree lo que quiere creer sin importar lo que digan los hechos. El caso de Abelardo contra Vejarano es un intento de rescatar esa verdad, de volver a poner los hechos en el centro del debate, de demostrar que las mentiras no pueden quedar impunes.

Y por eso es tan importante que este caso llegue a buen término, que la justicia funcione, que se establezca un precedente claro de que mentir consecuencias. Y las consecuencias ya están llegando para Ana Bejarano, porque más allá del proceso judicial, su reputación profesional está por el suelo. Nadie la toma en serio como periodista después de este escándalo.

Quedó demostrado que es capaz de publicar mentiras sin verificar. Y eso es lo peor que le puede pasar a un periodista, porque su principal activo es su credibilidad. Y cuando pierdes la credibilidad, ya no sirves para esta profesión. Algunos de sus colegas han salido a defenderla. Han dicho que esto es un ataque a la libertad de prensa, que Abelardo está usando su poder para intimidar, que esto es censura, pero esos argumentos no tienen ningún fundamento, porque lo que Abelardo está haciendo no es atacar la libertad de prensa, es defender su derecho al buen

nombre, su derecho a que no lo difamen con mentiras. Y esos derechos están consagrados en la Constitución colombiana. están en el mismo nivel que la libertad de prensa. Lo que pasa es que muchos periodistas se han acostumbrado a actuar con total impunidad. Se han acostumbrado a que cuando atacan a alguien no pasa nada.

Se han acostumbrado a esconderse detrás de la libertad de prensa para hacer lo que quieran. Y ahora que alguien les está poniendo límites, se sienten amenazados, se sienten perseguidos. Pero no, no es persecución, es justicia, es rendición de cuentas, es responsabilidad. La sociedad colombiana necesita urgentemente recuperar la confianza en sus instituciones, en sus medios de comunicación, en su sistema judicial.

Y casos como este pueden ayudar en ese proceso. Porque cuando la gente ve que la justicia funciona, cuando ve que los poderosos también tienen que responder por sus actos, cuando ve que las mentiras no quedan impunes, entonces empieza a creer de nuevo, empieza a tener esperanza de que las cosas pueden cambiar.

Abelardo de la Espriella se ha convertido en un símbolo de esa lucha. Se ha convertido en un ejemplo de que si se puede enfrentar a los medios cuando mienten, de que si se puede defender la verdad, de que si hay herramientas legales para combatir la difamación. Y eso es inspirador para mucha gente, especialmente para aquellos que han sido víctimas de ataques similares, pero que no tienen los recursos o el conocimiento legal para defenderse.

Por eso Abelardo ha dicho públicamente que este caso no es solo personal, que lo está haciendo también por todas esas personas que han sido difamadas y no han podido defenderse, que quiere sentar un precedente que les sirva a otros, que quiere enviar un mensaje claro de que el periodismo irresponsable tiene límites y esa actitud es admirable, porque él podría simplemente resolver esto en privado, llegar a un acuerdo económico con Bejano y olvidarse del tema, pero ha decidido llevarlo hasta las últimas consecuencias porque

entiende que hay algo más grande en juego. Lo que está en juego es el futuro del periodismo en Colombia. Es la posibilidad de que tengamos medios de comunicación serios, confiables, honestos, que informen objetivamente y que respeten los derechos de las personas, o si vamos a seguir teniendo un periodismo militante partidista, que solo sirve para promover agendas políticas y para atacar a los que piensan diferente.

La tendencia en los últimos años ha sido claramente hacia lo segundo. Cada vez hay más periodistas que se comportan como activistas. Cada vez hay más medios que tienen líneas editoriales absolutamente sesgadas. Cada vez es más difícil encontrar información objetiva y eso es preocupante porque una democracia necesita ciudadanos bien informados y los ciudadanos solo pueden estar bien informados si tienen acceso a medios confiables.

Pero hay esperanza, porque también están surgiendo medios alternativos, periodistas independientes, plataformas digitales que buscan hacer las cosas de otra manera, que verifican sus fuentes, que se esfuerzan por ser objetivos, que respetan a sus audiencias. Y esos medios están ganando cada vez más relevancia porque la gente está buscando alternativas a los medios tradicionales que perdieron su credibilidad.

Las redes sociales también están jugando un papel importante en todo esto, porque permiten que la gente se informe de múltiples fuentes, que verifique por sí misma, que llegue a sus propias conclusiones. Y el caso de Abelardo es un ejemplo perfecto de eso, porque cuando Ana Bejrano publicó su columna difamatoria, él pudo responder inmediatamente a través de sus redes sociales, pudo mostrar las pruebas, pudo llegar directamente a millones de personas sin tener que depender de ningún medio tradicional.

Esa es la nueva realidad y es una realidad que asusta mucho al establecimiento mediático. Por eso hay tantos intentos de regular la redes sociales, de combatir las llamadas noticias falsas, de verificar los hechos, pero en muchos casos lo que realmente buscan es recuperar el control sobre la narrativa, es volver a tener el monopolio de la información, es decidir ellos que es verdad y que es mentira.

Pero ese barco ya zarpó, ya no hay forma de volver atrás. La gente tiene acceso a la información, tiene herramientas para verificar, tiene capacidad de discernir y cada vez es más difícil engañarla, cada vez es más difícil manipularla. Y eso es positivo para la democracia, aunque sea incómodo para los que están acostumbrados a controlar el discurso.

El caso también ha generado un debate muy interesante sobre los límites entre la opinión y la información, porque Ana Bejrano y sus defensores dicen que ella escribió una columna de opinión, no una noticia, y que por lo tanto tenía libertad para expresar su punto de vista. Pero hay un problema con ese argumento.

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