Una columna de opinión no puede incluir acusaciones falsas presentadas como hechos. Puede incluir interpretaciones, puede incluir análisis, puede incluir críticas, pero no puede incluir mentiras. Si yo escribo una columna de opinión diciendo que no me gusta la política económica del gobierno, eso es legítimo, es mi opinión.
Pero si escribo una columna diciendo que el ministro de Hacienda robó dinero público sin tener ninguna prueba de eso, entonces no es opinión, es calumnia. Y la calumnia es un delito sin importar si está en una columna de opinión o en una nota informativa. Y eso fue exactamente lo que hizo Bejarano.
Ella no se limitó a criticar a Abelardo, no se limitó a decir que no le gustaban sus posiciones políticas. Ella hizo acusaciones concretas sobre hechos concretos. Dijo que él había estado en una fiesta en Cartagena con criminales. Eso no es opinión. Eso es una afirmación de hecho. Y cuando una afirmación de hecho resulta ser falsa y se hace con mala intención, eso es calumnia.
Los abogados defensores de Bejrano van a intentar argumentar que ella actuó de buena fe, que le dieron información que ella creyó verdadera, que no tuvo intención de difamar. Pero ese argumento es muy débil, porque un periodista profesional tiene la obligación de verificar la información antes de publicarla.
Especialmente cuando se trata de acusaciones tan graves, no puede simplemente publicar lo que le dicen sin confirmar, sin contrastar fuentes, sin darle la oportunidad al acusado de responder. Y en este caso, Bejano no hizo nada de eso, simplemente escribió y publicó. Y eso demuestra una negligencia profesional gravísima, una falta de ética periodística básica.
Ilegalmente, esa negligencia es suficiente para establecer responsabilidad. No hace falta que haya habido mala intención, basta con que haya habido negligencia grave. Aunque en este caso está claro que si hubo mala intención, porque todo el contexto lo demuestra, el hecho de que Abelardo sea un crítico del gobierno, el hecho de que Bejarano trabaje para un medio alineado con el gobierno, el hecho de que la acusación fuera tan conveniente políticamente, todo eso apunta a que esto fue un ataque deliberado, un intento consciente de
difamar a un adversario político. Y eso es lo más grave de todo, porque estamos hablando de un uso instrumental del periodismo, de usar el poder de los medios de comunicación como arma política para destruir a los adversarios. Y eso no es periodismo, eso es guerra sucia, eso es lo que hacen las dictaduras, no lo que debería pasar en una democracia.
El gobierno de Gustavo Petro ha sido acusado muchas veces de intentar controlar los medios de comunicación, de presionar a los periodistas críticos, de usar la pauta publicitaria estatal para premiar a los medios amigos y castigar a los críticos. Y casos como el de Ana Bejrano parecen confirmar esas sospechas, porque es muy difícil creer que ella escribió esa columna por iniciativa propia.
es mucho más probable que haya sido parte de una estrategia coordinada para atacar a Abelardo. Pero si esa fue la estrategia, les salió muy mal, porque en vez de destruir a Abelardo, lo que hicieron fue fortalecerlo. Lo convirtieron en un mártir, lo pusieron en el centro de la atención nacional y le dieron la oportunidad de demostrar que él tiene la razón y ellos son los mentirosos.
Entonces, al final el efecto fue exactamente el opuesto al que buscaban. Esa es otra lección importante de este caso. Los ataques injustos muchas veces se devuelven contra quien los hace porque la gente tiene un sentido natural de la justicia. La gente puede identificar cuando alguien está siendo atacado injustamente y cuando eso pasa tiende a solidarizarse con la víctima.
Entonces, en vez de lograr su objetivo de desprestigiar a Abelardo, lo que lograron fue aumentar su popularidad y su credibilidad. Las encuestas que se han hecho después de este escándalo muestran que la imagen de Abelardo mejoró significativamente. Más gente lo conoce ahora, más gente lo respeta, más gente está dispuesta a escuchar lo que tiene que decir.
Mientras que la imagen de Ana Bejano y de la revista Cambio cayó en picada, más gente desconfía de ellos, más gente los ve como propagandistas y no como periodistas, más gente cuestiona todo lo que publican. Y eso es algo que debería preocupar mucho a los medios tradicionales, porque están perdiendo credibilidad aceleradamente, están perdiendo audiencia, están perdiendo relevancia y si no cambian su forma de operar, si no vuelven a los principios básicos del periodismo serio, van a seguir perdiendo hasta que ya no importen, hasta que se
conviertan en irrelevantes. Porque la gente tiene opciones ahora. La gente no está obligada a consumir los medios tradicionales. Puede buscar información en internet, puede seguir a periodistas independientes, puede ver canales de YouTube. Puede leer blogs, puede escuchar podcast. Hay 1 formas de informarse.
Y cada vez más personas están optando por esas alternativas porque sienten que los medios tradicionales no les están diciendo la verdad. Y tienen razón en sentir eso, porque muchos medios tradicionales efectivamente no están diciendo la verdad. están manipulando la información, están sesgando las noticias, están promoviendo agendas políticas y la gente se da cuenta.
La gente no es tonta y cuando se da cuenta deja de confiar, deja de consumir, deja de creer. El futuro del periodismo en Colombia está en juego en este momento y casos como el de Abelardo contra Bejaran son definitorios porque dependiendo de cómo se resuelva este caso, dependiendo del precedente que se establezca, vamos a tener un tipo de periodismo o vamos a tener otro.
¿Vamos a tener periodistas responsables que verifican sus fuentes o vamos a seguir teniendo difamadores que publican lo que les da la gana? Por eso es tan importante que todos los colombianos sigamos este caso, que estemos pendientes de lo que pasa, que exijamos que la justicia funcione, que el juez que lleve este proceso sepa que todo el país está mirando, que hay una expectativa de que se haga justicia, de que no se permita que la mentira triunfe sobre la verdad.
Y también es importante que apoyemos a las personas que como Abelardo tienen el coraje de enfrentarse a los medios cuando mienten, porque no es fácil, porque te expones a más ataques, porque te expones a que te tilden de enemigo de la prensa, de autoritario, de censor. Pero si nadie se enfrenta, entonces nada cambia. Entonces los abusos continúan.
Entonces la impunidad se perpetúa. Abelardo está dando un ejemplo que ojalá muchos otros sigan. está demostrando que sí se puede, que las herramientas legales existen, que la verdad puede defenderse, que no hay que quedarse callado cuando te difaman. Y ese ejemplo es valioso, es inspirador. Es necesario en estos tiempos donde parece que todo vale, donde parece que la mentira es más fuerte que la verdad.
Pero la mentira solo es más fuerte cuando la verdad no se defiende, cuando la gente que sabe la verdad se queda callada, cuando las víctimas de la difamación prefieren agachar la cabeza y dejar pasar. Pero cuando alguien se para firme, cuando alguien muestra las pruebas, cuando alguien lleva el caso a los tribunales, entonces la verdad prevalece, entonces la mentira se desmorona, entonces los mentirosos quedan expuestos.
Y Ana Bejrano quedó expuesta. Todo el país sabe ahora que es una mentirosa. Todo el país vio las pruebas. Todo el país entiende que lo que ella hizo fue una calumnia. Y esa marca la va a acompañar por el resto de su carrera. Cada vez que escriba algo, la gente va a dudar. Cada vez que haga una acusación, la gente va a pedir pruebas.
Cada vez que intente posicionarse como una periodista seria, alguien va a recordar este caso. Esa es la consecuencia natural de la irresponsabilidad profesional, de la falta de ética, de la mentira. Y es una consecuencia justa. Porque cuando alguien abusa de la confianza pública, cuando alguien usa una plataforma mediática para difamar, cuando alguien antepone su agenda política a la verdad, tiene que haber un precio que pagar.
El precio para Bejaran va a ser millonario en lo económico, pero también va a ser muy alto en términos de reputación, de credibilidad, de futuro profesional y probablemente después de esto va a tener que buscar otro tipo de trabajo, porque como periodista ya no va a poder funcionar, nadie la va a tomar en serio, nadie va a creer lo que escriba, ningún medio serio va a querer contratarla.
Y la revista Cambio también va a sufrir consecuencias porque este escándalo manchó su imagen. Demostró que no tienen estándares editoriales serios, que publican cualquier cosa sin verificar, que están al servicio de una agenda política y eso les va a costar lectores, les va a costar anunciantes, les va a costar relevancia.
De hecho, ya están viendo las consecuencias. Sus ventas han caído, su circulación ha disminuido, muchos anunciantes han retirado su pauta y lo más grave es que perdieron credibilidad, que es el activo más importante de cualquier medio de comunicación. Porque si la gente no te cree, entonces no importa lo que publiques, nadie te va a hacer caso.
Y todo esto podría haberse evitado si simplemente hubieran hecho su trabajo bien, si hubieran verificado la información antes de publicarla, si hubieran tenido un mínimo de responsabilidad editorial, pero no lo hicieron. Prefirieron atacar a un adversario político sin importarles la verdad y ahora están pagando el precio. La historia siempre termina castigando a los que mienten. Puede tomar tiempo.
Puede parecer que se salen con la suya por un tiempo, pero al final la verdad sale a la luz. Al final los hechos se conocen. Al final la mentira se desmorona y los mentirosos quedan expuestos ante todos. Y esa es la gran lección de esta historia, que la verdad siempre es más fuerte que la mentira, que los hechos siempre son más poderosos que la propaganda, que la honestidad siempre triunfa sobre la difamación, puede tomar tiempo, puede requerir esfuerzo, puede necesitar valentía, pero al final siempre gana.
Abelardo de la Espriella lo sabía, por eso no se quedó callado, por eso enfrentó el ataque, por eso mostró las pruebas, por eso puso la demanda, porque sabía que tenía la verdad de su lado y que la verdad eventualmente iba a prevalecer y tenía razón. La verdad prevaleció, la mentira quedó expuesta y ahora la justicia está en proceso de hacer su trabajo.
Este caso va a quedar en la historia del periodismo colombiano como un ejemplo de lo que no se debe hacer, como una advertencia para los periodistas irresponsables, como una lección sobre la importancia de verificar la información, como un recordatorio de que la libertad de prensa viene con responsabilidad y como una demostración de que la verdad siempre encuentra la manera de salir a la luz.
Para todos nosotros que hemos seguido esta historia desde el principio, que hemos visto cómo se desarrollaba, que hemos analizado las pruebas, que hemos entendido lo que estaba en juego, esto es una victoria. Es una victoria de la verdad sobre la mentira, de la honestidad sobre la difamación, de la justicia sobre el abuso.
Y es una victoria que debemos celebrar. Porque en estos tiempos difíciles que vive Colombia, donde parece que todo está permitido, donde parece que la mentira se ha normalizado, donde parece que no hay consecuencias para nada, ver que alguien se para firme, que alguien defiende la verdad, que alguien logra que se haga justicia, es algo que nos da esperanza, es algo que nos recuerda que todavía hay valores, que todavía hay principios, que todavía hay gente dispuesta a luchar por lo correcto.
Y ojalá este caso inspire a muchos otros. Ojalá más personas que han sido víctimas de difamación se animen a defenderse. Ojalá más gente entienda que no hay que quedarse callado cuando te atacan injustamente. Ojalá más colombianos entiendan que tenemos herramientas legales para proteger nuestros derechos, que la justicia existe, que se puede acceder a ella, que funciona cuando se usa bien.
Porque Colombia necesita urgentemente recuperar la confianza en sus instituciones. necesita creer que la justicia funciona, que las leyes se cumplen, que hay consecuencias para los que hacen mal y casos como este pueden ayudar en ese proceso. Pueden demostrar que si es posible, que si vale la pena luchar, que si se pueden lograr cambios.
El proceso judicial va a continuar, van a seguir las audiencias, van a seguir los alegatos, va a seguir la presentación de pruebas y eventualmente va a llegar el momento en que el juez tome una decisión. Y cuando ese momento llegue y el juez falle a favor de Abelardo, como todo indica que va a pasar, va a ser un día histórico para el periodismo colombiano.
Va a ser un día en que se establezca un precedente claro. Va a ser un día en que la verdad oficialmente triunfe sobre la mentira. Y ese día, todos los que creemos en la verdad, todos los que valoramos la honestidad, todos los que queremos un periodismo serio y responsable en Colombia, vamos a celebrar. Vamos a sentir que se hizo justicia.
Vamos a sentir que valió la pena seguir este caso. Vamos a sentir que hay esperanza para el futuro. Porque este no es solo el caso de Abelardo contra Bejarano. Este es el caso de la verdad contra la mentira, de la honestidad contra la difamación, de la responsabilidad contra la impunidad. Y cuando la verdad gana, cuando la honestidad triunfa, cuando la responsabilidad se impone, todos ganamos. Toda la sociedad se beneficia.
Todo el país avanza. Y por eso esta historia importa, por eso vale la pena contarla, por eso necesitábamos explicarla en detalle, porque no es solo una anécdota más, es una lección, es un ejemplo, es una inspiración, es una demostración de que sí se puede, de que la verdad sí prevalece, de que la justicia sí funciona cuando se busca con determinación.
Abelardo de la espriella no solo defendió su propio nombre, en este caso, defendió el principio de que nadie debe ser difamado impunemente. Defendió la idea de que la verdad importa, defendió el valor de la honestidad y por eso merece nuestro respeto, merece nuestro reconocimiento, merece nuestro apoyo. Y Ana Bejarano, por su parte, quedó como un ejemplo de lo que no se debe hacer, como una advertencia de las consecuencias de la irresponsabilidad profesional, como un recordatorio de que mentir un costo y esperemos que otros
periodistas aprendan de su error. Esperemos que entiendan que el periodismo debe basarse en la verdad. Esperemos que comprendan que tienen una responsabilidad con la sociedad. Porque el periodismo es una profesión noble cuando se ejerce bien. Es fundamental para la democracia cuando se hace con honestidad.
Es un servicio público cuando se practica con responsabilidad, pero cuando se convierte en propaganda, cuando se usa como arma política, cuando se basa en mentiras, entonces deja de ser periodismo y se convierte en otra cosa. Se convierte en un peligro para la sociedad. Y Colombia no necesita más peligros.
Colombia necesita verdad, necesita información confiable, necesita medios honestos, necesita periodistas responsables y ojalá este caso sirva como un punto de inflexión, como un momento en que el periodismo colombiano empiece a cambiar, empiece a volver a sus principios básicos, empiece a recuperar la confianza de la gente, porque sin confianza no hay comunicación real, sin credibilidad no hay influencia legítima, sin honestidad no hay futuro para ningún medio de comunicación.
Y los medios tradicionales en Colombia están al borde del precipicio. Están perdiendo relevancia aceleradamente y si no cambian, pronto van a desaparecer. Van a ser reemplazados por medios alternativos, por periodistas independientes, por plataformas digitales que si valoran la verdad. Y quizás eso sea lo mejor que pueda pasar.
Quizás necesitemos una renovación completa del ecosistema mediático colombiano. Quizás los medios tradicionales que se negaron a adaptarse, que se aferraron a sus malas prácticas, que priorizaron la ideología sobre la verdad, merezcan desaparecer para dar paso a algo nuevo, algo mejor, algo más honesto. El futuro dirá que pasa, pero lo que es seguro es que este caso quedará en la historia, que se hablará de él durante años, que se estudiará en las facultades de periodismo, que se usará como ejemplo de lo que puede pasar cuando un
periodista irresponsable se encuentra con alguien que tiene el coraje de defender la verdad. Y para terminar, queremos que esta historia les quede a todos muy clara. No se dejen intimidar por los medios de comunicación. No crean todo lo que leen sin verificar. No acepten que los difamen sin defenderse. Ustedes tienen derechos, tienen herramientas legales, tienen la posibilidad de hacer valer la verdad.
Y si alguien los ataca injustamente, si alguien miente sobre ustedes, si alguien intenta destruir su reputación, no se queden callados, actúen, defiendan su nombre, busquen justicia, porque la verdad es poderosa, pero necesita ser defendida. La justicia existe, pero hay que buscarla. Los derechos están ahí, pero hay que ejercerlos.
Y si todos hacemos nuestra parte, si todos defendemos la verdad cuando la vemos amenazada, si todos exigimos honestidad de los medios de comunicación, entonces poco a poco vamos a construir un país mejor, un país donde la mentira no tenga cabida, un país donde la verdad sea valorada, un país donde el periodismo vuelva a ser lo que debe ser.
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Y ahora una pregunta para ti. ¿Crees que los periodistas que mienten deberían ir a la cárcel o basta con que paguen una multa económica? Déjanos tu opinión en los comentarios. Hasta la próxima.
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