Ruby Pérez, una de las voces más emblemáticas del merengue, partió dejando tras de sí no solo una profunda huella musical, sino también un torbellino familiar y mediático que ha remecido los cimientos de su legado.
La muerte del artista no solo significó el fin de una era dorada en la música tropical, sino el inicio de un conflicto público entre sus herederos, sus amores y las múltiples versiones sobre quién fue realmente este hombre que tantos idolatraron en vida.
Su hija mayor, Sulinka Pérez, ha sido el rostro visible de esta nueva etapa, marcada por revelaciones, disputas legales y una firme determinación de proteger lo que considera la verdadera historia de su familia.
Con la voz entrecortada, pero sin perder la firmeza, ella ha denunciado el silencio y las traiciones que rodearon los últimos años de vida de su padre.
Ha expuesto públicamente que Ruby tuvo siete hijos, cuatro reconocidos con su esposa de toda la vida, doña Inés Lizardo, y otros tres nacidos de relaciones extramaritales, dos de los cuales apenas se conocieron tras su fallecimiento.
Las declaraciones de Sulinka no tardaron en dividir la opinión pública.
Mientras unos la acusan de oportunista, otros la consideran valiente por atreverse a romper con la imagen intocable del ídolo.
Pero sus palabras no solo apuntan a la vida sentimental de su padre, sino a la indignación por cómo fue tratado en sus últimos días.
Ruby, según contó su hija, aceptaba trabajar por un salario fijo en el JetSet no por necesidad económica, sino por lealtad a su equipo musical, lo que hizo aún más doloroso que su vida terminara en el colapso del techo de ese mismo local durante un show, una tragedia que pudo haberse evitado si se hubieran atendido las advertencias sobre su mal estado estructural.
La noche del derrumbe dejó varias víctimas, entre ellas el propio artista, lo que detonó una investigación que evidenció negligencias administrativas, manipulaciones de informes técnicos y una cadena de omisiones que priorizaron el lucro sobre la seguridad.
Sulinka, lejos de guardar silencio, demandó al propietario del local, Antonio Spayat, y se convirtió en una voz que exige justicia no solo por la memoria de su padre, sino por la seguridad de todos los que trabajan y disfrutan en escenarios culturales similares.
Pero mientras la justicia avanza lentamente, la tormenta en la familia Pérez continúa.
Exparejas del artista, nuevos hijos reclamando herencia, y una batalla por el uso del nombre y el legado artístico han puesto a Sulinka en el centro de una narrativa que ya no es solo personal, sino nacional.
La orquesta que ahora dirige, rebautizada como “Los Hijos de Ruby”, es su manera de mantener viva la música de su padre, aunque no todos los músicos históricos han sido incluidos, lo que ha generado aún más tensiones.
La historia ha trascendido los escenarios para ocupar titulares, paneles de opinión, redes sociales e incluso documentales internacionales.
Ruby Pérez ya no es solo el cantante de voz inconfundible, sino un símbolo de cómo la fama puede esconder conflictos no resueltos.
Su legado no solo está en los discos y en los aplausos que arrancó en vida, sino también en la batalla por la memoria que se libra hoy entre quienes lo conocieron de cerca.
Para Sulinka, el verdadero tesoro que dejó su padre no está solo en los bienes materiales o en los derechos musicales, sino en la historia completa de un hombre que amó, falló, triunfó y finalmente fue víctima de un sistema que muchas veces descuida a quienes más han dado por el arte.
Y es esa historia, dolorosa y real, la que ella ha jurado proteger con la misma pasión con la que su padre entregaba cada nota en el escenario.