La triste historia de Noel, el burro mocho, comienza en un camino de polvo rojo donde el sol cae con una lentitud cruel y los recuerdos pesan más que los sacos de café.

Noel nació con una pata incompleta, un defecto que en el pueblo fue visto como una condena anticipada. Desde potrillo aprendió a caminar con un ritmo torcido, pero firme, como si el mundo hubiera decidido empujarlo hacia un costado y él, testarudo, se negara a caer.
Lo llamaron “mocho” con la naturalidad con que se nombran las cosas que no encajan, y así quedó marcado desde el inicio, no por su cojera, sino por la mirada ajena que nunca supo verlo completo.
Vivía en la ladera de una finca donde el viento trae canciones lejanas y las noches se llenan de grillos. Allí, Noel cargaba leña, agua y silencios.
Su dueño era un hombre parco, de manos duras, que lo respetaba por su resistencia, pero nunca por su sensibilidad. Porque Noel tenía una sensibilidad extraña, una forma de detenerse cuando escuchaba música, de inclinar la cabeza como si entendiera cada palabra.
Fue así como, una tarde, oyó por primera vez la voz de Claudia de Colombia salir de una radio vieja, una voz profunda y melancólica que parecía contar historias de amores imposibles. Noel se quedó inmóvil. El mundo, por un instante, dejó de dolerle.
Desde ese día, cada vez que la radio sonaba, Noel se acercaba. No importaba si estaba cansado o herido, si la carga era pesada o el sol inclemente. Esa voz lo llamaba. En ella encontró algo que nunca tuvo: una promesa de ternura.

El pueblo se reía al verlo plantado frente a la ventana, con las orejas erguidas, como si esperara una caricia invisible. Decían que estaba enamorado, y aunque sonara absurdo, no había palabra mejor para describirlo.
El amor de Noel no pedía nada. No buscaba respuesta ni alivio. Era un amor quieto, perseverante, como su caminar.
En las noches de luna llena, cuando la finca dormía, Noel rebuznaba suave, casi en susurro, siguiendo la melodía que había aprendido de memoria. Los perros callaban, y hasta los árboles parecían escuchar.
Era su manera de decir “aquí estoy”, de existir más allá del defecto, del apodo, del uso.
Con el tiempo, la pata mala empeoró. Los inviernos trajeron barro y dolor, y el verano, grietas y cansancio. El dueño empezó a pensar que Noel ya no servía.
El pueblo, que nunca fue compasivo, insistía en que era mejor deshacerse de él. Pero Noel seguía caminando hacia la radio, seguía esperando la voz que le daba sentido.
Cuando Claudia cantaba de ausencias y despedidas, Noel cerraba los ojos, como si entendiera que el amor también es saber perder.

Un día, la radio se apagó para siempre. El aparato viejo murió sin aviso, y con él, el hilo invisible que sostenía a Noel. Buscó la ventana, olfateó el aire, esperó. Nada. Esa noche no cantó.
Se acostó bajo el árbol de mango y miró el cielo sin estrellas. Al amanecer, intentó levantarse y no pudo. La pata cedió. El cuerpo, cansado de resistir, pidió tregua.
Lo encontraron al mediodía, respirando despacio, con una paz extraña en el rostro. Nadie supo qué hacer. El dueño, con un gesto torpe, le pasó la mano por el lomo.
Por primera vez, Noel fue tratado como algo más que una herramienta. Cuando murió, el viento trajo una melodía lejana, como si la radio hubiera decidido encenderse una última vez en la memoria del mundo.

La historia de Noel quedó flotando en el pueblo como una lección que nadie se atrevió a nombrar. Que el amor no entiende de especies ni de perfecciones.
Que incluso un burro mocho puede amar con una lealtad infinita. Y que a veces, los corazones más grandes caminan cojos, pero llegan más lejos que nadie.