La tragedia del vuelo 901: el desastre en la Antártida que destapó una verdad enterrada durante décadas

 

Mount Erebus disaster | Facts, Wreckage, Apology, & Investigations |  Britannica

 

 

El 28 de noviembre de 1979 quedó marcado como uno de los días más oscuros en la historia de la aviación comercial.

Aquella mañana, un avión DC-10 despegó desde Auckland con 257 personas a bordo rumbo a una experiencia única: sobrevolar la inmensidad blanca de la Antártida.

Horas después, la ilusión se transformaría en tragedia cuando la aeronave se estrelló contra el Monte Erebus, dejando un saldo de cero sobrevivientes y una historia que tardaría décadas en esclarecerse.

Todo transcurría con normalidad.

Los pasajeros, fascinados, observaban el paisaje desde sus ventanillas, mientras algunos tomaban fotografías de un entorno que pocos humanos tienen la oportunidad de contemplar.

En la cabina, la tripulación seguía el protocolo habitual.

De repente, una alarma interrumpió la calma: el sistema advertía una peligrosa cercanía con el terreno.

El capitán Jim Collins reaccionó de inmediato.

“Potencia máxima”, ordenó, intentando elevar el avión.

Pero ya era demasiado tarde.

Solo seis segundos separaron aquella advertencia del impacto.

El DC-10 se estrelló a gran velocidad contra la ladera del volcán.

Lo que parecía un accidente inexplicable pronto revelaría una cadena de errores invisibles.

Desde 1977, Air New Zealand ofrecía vuelos turísticos al continente blanco.

Eran viajes exclusivos, costosos y extremadamente populares.

Los pasajeros partían por la mañana, sobrevolaban glaciares y regresaban el mismo día.

Todo se sustentaba en un sistema de navegación inercial que dependía de coordenadas programadas en tierra.

 

 

Historias Innecesarias: El accidente del Monte Erebus

 

 

Meses antes del accidente, un simple error de digitación cambió la historia.

Una coordenada mal ingresada desplazó la ruta original varios kilómetros.

Paradójicamente, ese error había hecho los vuelos más seguros, alejando a los aviones del Monte Erebus.

Sin embargo, horas antes del vuelo 901, alguien decidió corregir esa discrepancia sin informar a la tripulación.

Los pilotos despegaron convencidos de seguir la ruta habitual.

“Creían que volaban sobre una llanura segura”, señalaría más tarde uno de los investigadores.

En realidad, se dirigían directamente hacia una montaña.

A esto se sumó un fenómeno climático determinante: el whiteout.

Este efecto visual elimina la percepción del horizonte, fusionando cielo y suelo en una misma superficie blanca.

El copiloto Greg Cassin y el capitán Collins miraban al frente y veían exactamente lo que esperaban ver: una planicie infinita.

“Era como volar dentro de un tazón de leche”, describieron otros pilotos familiarizados con estas condiciones.

Mientras tanto, el avión descendía para ofrecer mejores vistas a los pasajeros.

Ninguno de los instrumentos alertaba de una desviación.

Todo indicaba que estaban en el lugar correcto.

La ilusión visual y la confianza en el sistema sellaron el destino del vuelo.

 

La catástrofe del Monte Erebus, el avión que se estrelló contra un volcán  en actividad en la Antártida con 257 personas a bordo - Infobae

 

 

Tras el impacto, los equipos de rescate enfrentaron condiciones extremas.

Temperaturas bajo cero, vientos intensos y un terreno hostil complicaron cada tarea.

“Era una escena devastadora”, recordaría uno de los rescatistas años después.

Solo lograron recuperar parte de los cuerpos y los registros de vuelo, fundamentales para la investigación.

Seis meses más tarde, el informe oficial atribuyó la tragedia a un error humano.

Según el dictamen, los pilotos habían descendido sin confirmar su posición.

Para muchas familias, aquella conclusión fue inaceptable.

“¿Cómo iban a saber que estaban en el lugar equivocado si nadie se lo dijo?”, cuestionaron.

La presión pública llevó a una nueva investigación independiente.

El juez Peter Mahon revisó cada detalle y llegó a una conclusión completamente distinta.

Detectó errores en la programación de la ruta, falta de comunicación y, lo más grave, intentos deliberados de encubrimiento por parte de la aerolínea.

Su frase quedaría grabada en la memoria colectiva: “una letanía orquestada de mentiras”.

 

 

La catástrofe del Monte Erebus, el avión que se estrelló contra un volcán  en actividad en la Antártida con 257 personas a bordo - Infobae

 

 

Mahon exoneró totalmente a los pilotos.

“No cometieron ningún error”, afirmó.

“Volaron siguiendo las instrucciones que les habían dado”.

Sin embargo, su informe fue cuestionado y parcialmente invalidado por instancias superiores, lo que prolongó la controversia durante años.

El caso permaneció envuelto en sombras hasta que, décadas después, el gobierno de Nueva Zelanda reconoció oficialmente la verdad.

En 2019, la primera ministra pidió disculpas a las familias.

“Los pilotos no fueron responsables”, declaró.

“El sistema falló y eso causó un dolor innecesario”.

Hoy, los restos del avión aún reposan en la ladera del Monte Erebus, visibles cuando la nieve se derrite.

El desastre del vuelo 901 no solo dejó una huella imborrable en la aviación, sino que también evidenció cómo los errores humanos, la falta de transparencia y el silencio institucional pueden convertir una tragedia en una injusticia prolongada.