Manolo García, sobre su infancia en los años 60:
Manolo García, sobre su infancia en los años 60: “En los pueblos, los chavales estábamos asilvestrados. Convivíamos con el material de trabajo, que eran burros, mulas y gallinas picoteando a las puertas de las casas”
🌿🎶 Antes de convertirse en una de las voces más queridas de la música española, Manolo García vivió una infancia muy alejada de los focos.
Sus recuerdos de los años 60, entre animales, calles de pueblo, esfuerzo y escasez, explican una parte esencial de su forma de entender la vida y el arte.
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Mucho antes de convertirse en una de las figuras más reconocidas de la música española, Manolo García fue un niño que creció entre dos realidades muy diferentes: el barrio obrero de Poblenou, en Barcelona, y Férez, el pequeño pueblo albaceteño vinculado a sus raíces familiares.
A sus 70 años, el cantante continúa encontrando en aquellos primeros años una parte fundamental de su identidad artística.
Sus recuerdos de una España de los años 60, marcada por la austeridad, el trabajo y una relación mucho más cercana con la naturaleza, ayudan a comprender la sensibilidad que ha acompañado gran parte de su trayectoria.
En una conversación en el podcast Por el principio, Manolo García regresó a aquellos veranos en Albacete y describió una infancia en la que la vida rural tenía unos códigos muy diferentes a los actuales.
“En los pueblos, los chavales estábamos asilvestrados.
Convivíamos con el material de trabajo, que eran burros, mulas y gallinas picoteando a las puertas de las casas”, recordó el artista.
Para el cantante, Férez no fue simplemente el lugar de origen de sus padres y abuelos, sino un espacio donde descubrió una forma de vivir basada en la libertad, el contacto con la tierra y el paso del tiempo sin las prisas que marcarían las décadas posteriores.

“Yo la he vivido y la sensación que un niño obtiene es la libertad”, explicó al recordar aquellos años de juegos en la calle, paseos por el campo y convivencia con otros niños del pueblo.
Aquella España rural funcionaba con una conexión directa entre la vida doméstica y el trabajo del campo.
Los animales formaban parte del día a día y no eran elementos ajenos, sino una pieza esencial de la economía familiar.
Manolo García recordó que muchas familias criaban sus propios animales para garantizar parte de su alimentación.
“Cada casa criaba un marrano para el sustento familiar”, relató al hablar de aquellas costumbres.
En algunos hogares, incluso, podía realizarse “una matanza doble de dos cerdos”.
Para los niños de aquella época, esas escenas formaban parte de la normalidad.
La frontera entre la casa, la calle y el campo era mucho más difusa que en la actualidad, y esa convivencia constante con la naturaleza dejó una profunda huella en la memoria del artista.

Pero la infancia de Manolo García no solo estuvo marcada por los paisajes rurales.
En Barcelona vivió otra realidad: la de un barrio trabajador donde muchas familias afrontaban grandes dificultades económicas.
Su familia había llegado desde Albacete buscando oportunidades laborales y se instaló en Poblenou, un barrio que conservaba todavía cierta esencia comunitaria, pero donde la vida cotidiana estaba marcada por la falta de recursos.
El propio cantante ha recordado las condiciones en las que vivió durante aquellos años.
“No teníamos agua corriente.
Yo tenía que ir a la fuente pública con cacharros, en la que los niños del barrio hacíamos cola.
Las madres nos mandaban a cargar agua para cocinar, lavarnos”, explicó.
Para un niño de entonces, acudir a buscar agua era una tarea habitual dentro de las responsabilidades familiares.
También recordó una realidad que hoy puede parecer muy lejana: la ausencia de comodidades básicas.
“No existía en mi vida, no había un grifo donde abrías y salía el agua.
”

La electricidad tampoco era algo garantizado.
En su casa apenas contaban con “dos bombillas magras, de una potencia escasa”, y los cortes de luz eran frecuentes.
Esa infancia de esfuerzo tuvo también una consecuencia directa: Manolo García empezó a trabajar siendo muy joven.
Con 13 años, después de obtener malos resultados académicos, su padre decidió que debía incorporarse al mundo laboral.
“Había que ganarse el pan y nada de hacer aquí el zángano”, le dijo su padre, según ha recordado el artista.
Su primer empleo fue en una carpintería del barrio.
Allí comenzó realizando las tareas más básicas.
“Estuve un mes barriendo, recogiendo viruta, yendo a buscar los cafés para la hora del almuerzo de los operarios y oficiales, todo lo que puede hacer un chico de trece años.
Lijando, barriendo…”
Tras ese periodo inicial, consiguió quedarse en el taller con un sueldo de 1.
000 pesetas semanales.
Aquella experiencia fue solo el comienzo de un largo recorrido profesional antes de dedicarse completamente a la música.
“Como en esa época, por suerte, había trabajo en general, hasta que plenamente me dediqué a la música, trabajé en 19 empresas, talleres y oficios”, recordó.

Esa variedad de trabajos forma parte de la visión que Manolo García mantiene sobre el éxito.
Para él, haber conocido la vida cotidiana del trabajador común fue una experiencia que le permitió conservar una perspectiva realista cuando llegaron la fama, los grandes conciertos y el reconocimiento público.
En una intervención en RTVE, el cantante resumió esa influencia con una frase:
“Vidas muy humildes, eso te pone en el mundo.
”
Sus recuerdos reúnen dos mundos aparentemente opuestos, pero igualmente importantes.
En Férez encontró la libertad del campo, la cercanía con los animales y una relación directa con la naturaleza.
En Poblenou conoció la escasez, el esfuerzo temprano y la solidaridad de un barrio obrero.
Esa mezcla de experiencias continúa presente en su forma de crear y observar la realidad.
Las canciones de Manolo García han mantenido siempre una mirada cercana hacia las pequeñas historias, las personas anónimas y los detalles cotidianos.
A sus 70 años, el artista sigue hablando de su pasado sin idealizarlo ni rechazarlo.
Sus recuerdos no son únicamente una mirada nostálgica hacia una época desaparecida, sino la explicación de una sensibilidad construida entre la dureza de la vida humilde y la libertad de una infancia vivida con intensidad.