🚨 Una década después de las portadas que sacudieron la política española, la Audiencia Nacional vuelve a poner el foco sobre una de las historias más controvertidas de los últimos años.

Informes policiales cuestionados, presuntas operaciones encubiertas, testimonios obtenidos en el extranjero y una investigación que amenaza con reabrir viejas heridas institucionales.

Lo que está saliendo a la luz podría cambiar la forma en que muchos entienden la relación entre poder, seguridad y política en España.

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La investigación judicial sobre las presuntas maniobras policiales dirigidas contra Podemos durante los años de gobierno del Partido Popular ha entrado en una nueva fase tras la decisión del juez de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz, de imputar al excomisario José Manuel García Catalán.

El magistrado trata de esclarecer si entre 2015 y 2016 se desarrollaron investigaciones sin control judicial destinadas a obtener o legitimar información comprometedora contra dirigentes de la formación morada.

La resolución supone un nuevo capítulo en una causa que se arrastra desde hace años y que gira alrededor de lo que diferentes sectores políticos y judiciales han denominado la “guerra sucia” contra Podemos.

Según la investigación, determinados mandos policiales habrían participado en actuaciones encaminadas a alimentar informaciones que posteriormente aparecían en medios de comunicación y terminaban derivando en denuncias o procedimientos judiciales.

Uno de los episodios más controvertidos se sitúa en Nueva York, donde varios agentes españoles mantuvieron contactos con el exministro venezolano Rafael Isea.

La acusación sostiene que durante aquellas reuniones se habría intentado obtener documentación o testimonios que vincularan a Podemos con supuestos pagos procedentes del Gobierno venezolano.

Las grabaciones conocidas del caso reflejan frases especialmente llamativas atribuidas a los agentes participantes.

En una de ellas puede escucharse: “Yo solo tengo un mandato aquí, que le demos una nueva identidad, una nueva vida y los protejamos”.

 

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La investigación judicial intenta determinar si aquellas actuaciones formaban parte de una operación legítima o si, por el contrario, perseguían construir un relato político destinado a perjudicar electoralmente a Podemos en uno de sus momentos de mayor crecimiento.

El caso también ha reactivado el debate sobre el conocido informe PISA, un documento que vinculaba a Podemos con supuestas financiaciones procedentes de Venezuela e Irán.

Aquellas informaciones tuvieron una enorme repercusión mediática en plena etapa de expansión electoral del partido liderado entonces por Pablo Iglesias.

Sin embargo, numerosas acusaciones relacionadas con esos documentos nunca prosperaron judicialmente.

Precisamente, Iglesias ha sido una de las voces más activas en esta causa.

El exvicepresidente del Gobierno sostiene desde hace años que existió una estructura policial paralela destinada a fabricar pruebas y alimentar campañas de descrédito político.

“Se realizaron montajes policiales para fabricar noticias falsas”, ha denunciado en distintas intervenciones públicas.

 

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La causa actual también conecta con otras investigaciones que han marcado la última década política española, entre ellas la operación Kitchen, centrada en el presunto espionaje al extesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas.

Diversos nombres aparecen repetidamente en ambos procedimientos, alimentando las sospechas sobre la existencia de una red de actuaciones policiales desarrolladas al margen de los cauces ordinarios.

No obstante, la investigación avanza bajo el principio fundamental de la presunción de inocencia.

Los responsables policiales señalados han rechazado las acusaciones y niegan haber participado en operaciones ilegales contra adversarios políticos.

El propio procedimiento judicial deberá determinar si existieron irregularidades y, en su caso, quiénes fueron sus responsables.

Más allá de las posibles consecuencias penales, el caso ha abierto un profundo debate institucional.

Juristas y expertos recuerdan que los informes policiales tienen valor de denuncia y deben ser contrastados por jueces y fiscales antes de convertirse en elementos probatorios sólidos.

La polémica ha reavivado además las críticas hacia determinados medios de comunicación que publicaron informaciones basadas en documentos cuya autenticidad fue posteriormente cuestionada.

 

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El juez Pedraz ha citado a declarar a varios investigados durante las próximas semanas, en una fase considerada clave para determinar el alcance real de los hechos.

Las comparecencias podrían arrojar nueva luz sobre el funcionamiento interno de aquellas operaciones y sobre la posible existencia de mecanismos destinados a influir en la vida política española mediante filtraciones, informes reservados y actuaciones policiales controvertidas.

Mientras tanto, el caso sigue proyectando una larga sombra sobre una etapa especialmente convulsa de la política nacional.

Más de diez años después de aquellas primeras portadas, la justicia vuelve a revisar si detrás de algunas de las acusaciones que marcaron el debate público existió una estrategia coordinada para desacreditar a una formación política emergente.

La respuesta definitiva dependerá ahora de los tribunales, que deberán separar las sospechas de las pruebas y determinar qué ocurrió realmente durante uno de los episodios más polémicos de la democracia española reciente.