Hola, mi nombre es Roberto Castellano, tengo 48 años y hace 18 años fui el profesor de programación de Carlo Acutis en el Instituto San Carlos de Milán.

Durante años he guardado un secreto que me aterra hasta el día de hoy.

Ese chico de 14 años me dijo con exactitud milimétrica que mi hijo iba a morir en un accidente de motocicleta el 3 de noviembre de 2006.

Me dijo la hora 11:47 de la noche, me dijo el lugar vía Padova, esquina con Vía Ponte Cebeso, y me dijo algo aún más imposible.

No va a morir, profesor Roberto.

Va a vivir y ese accidente lo salvará de algo peor que la muerte.

Yo me reí en su cara.

Yo era ateo.

Soy doctor en ciencias de la computación por la Universidad de Turín.

He escrito tres libros sobre inteligencia artificial.

Para mí, Dios era un algoritmo inventado por mentes primitivas para explicar lo inexplicable.

Pero cuando llegó el 3 de noviembre de 2006, cuando recibí la llamada del hospital Ni Guarda a las 11:52 de la noche, cuando corrí por los pasillos con olor a desinfectante y vi a mi hijo Diego de 19 años en esa camilla con el casco destrozado a su lado, cuando el doctor me mostró las radiografías del cráneo fracturado y me dijo, “Su hijo debería estar muerto.

Esto es médicamente imposible.

” Yo caí de rodillas y no fue por el alivio, fue porque recordé cada palabra que Carlos me había dicho 47 días antes en el aula de informática, con esa sonrisa tranquila que tenía, con esos ojos cafés que parecían ver más allá del presente.

Pero eso no fue lo más aterrador.

Lo más aterrador fue lo que encontramos 72 horas después en el casillero de Diego, cuando despertó del coma 340 g de cocaína pura dividida en bolsitas de venta.

Mi hijo no era solo adicto, era distribuidor y esa noche del accidente iba camino a una entrega que terminó en un tiroteo donde murieron tres personas.

Si Diego hubiera llegado, estaría muerto o en prisión por homicidio.

Carlo lo supo.

Carlo me lo dijo y yo no le creí porque soy un hombre de ciencia.

Pero hoy, 18 años después, te voy a contar toda la verdad sobre esos tres meses que pasé con el beato Carlo Acutis.

Y cuando termines de escuchar esto, vas a tener que decidir si los milagros son reales o si yo me volví loco.

Porque después de lo que viví, hermano, hermana, ya no estoy seguro de nada, excepto de una cosa.

Ese chico sabía cosas que ningún ser humano puede saber.

Déjame llevarte.

Al principio era septiembre de 2006, el verano italiano estaba terminando y las hojas de los árboles en las calles de Milán comenzaban a tomar ese color dorado que anuncia el otoño.

Yo tenía 30 años.

Era joven para ser profesor universitario, pero ya había logrado mucho.

Doctorado a los 26, dos libros publicados sobre machine learning y acababa de aceptar un puesto de medio tiempo en el Instituto San Carlos para enseñar programación web a estudiantes de secundaria.

¿Por qué acepté ese trabajo si ya trabajaba en la Universidad de Milán? dinero.

Mi esposa Laura y yo acabábamos de comprar un departamento en Porta Romana y necesitábamos ingresos extra.

Pero había otra razón que no admitía.

Quería escapar de casa.

Mi hijo Diego, que tenía 19 años, vivía con nosotros mientras estudiaba en la universidad y nuestra relación estaba destruida.

Él había cambiado completamente en el último año.

Antes era mi orgullo, estudiante brillante, responsable, con planes de estudiar ingeniería como yo.

Pero algo pasó.

Empezó a llegar tarde, a desaparecer por días, a mentir constantemente.

Yo sospechaba drogas, pero no tenía pruebas.

Y como científico, necesito pruebas antes de actuar.

El primer día de clases en el Instituto San Carlos fue el 11 de septiembre de 2006.

Recuerdo la fecha porque fue el quinto aniversario del ataque a las Torres Gemelas y varios estudiantes tenían camisetas con referencias a ese evento.

Yo entré al aula 204 Mere, laboratorio de informática a las 2:30 de la tarde.

Había 22 estudiantes de cuarto año, todos entre 14 y 15 años.

La mayoría hablaba, se reía.

revisaba sus teléfonos Nokia y Motorola, que en esa época eran lo más moderno, pero uno no.

En la primera fila, en la computadora de la esquina derecha, había un chico con el cabello castaño ondulado, polo azul marino, jeans y una expresión de concentración total.

Estaba escribiendo código HTML en el bloc de notas con una velocidad que me sorprendió.

Me acerqué sin que me notara.

Miré su pantalla.

Estaba construyendo una galería de imágenes con CSS flotante, una técnica avanzada que yo no enseñaba hasta la semana 5.

“Impresionante”, le dije.

Él se sobresaltó, me miró con esos ojos cafés profundos y sonrió con una timidez genuina.

“Perdón, profesor, es que estaba practicando.

” No te disculpes.

“¿Cómo te llamas?” Carl Acutis.

¿De dónde aprendiste CS avanzado? Carlo, de internet.

Tutoriales, foros, documentación oficial del Ubable 13.

Yo estaba impresionado.

Este chico era autodidacta y bueno, durante las primeras tres semanas, Carlo fue el estudiante perfecto.

Siempre llegaba 10 minutos antes, siempre terminaba los ejercicios primero, siempre ayudaba a sus compañeros sin hacerlos sentir tontos.

Pero había algo más que noté.

Mientras otros chicos escuchaban música o chateaban durante los descansos, Carlo tenía una rutina extraña.

Sacaba un rosario de su mochila y lo sostenía en sus manos, moviendo los labios en silencio.

Al principio pensé que era simplemente un chico religioso y aunque yo era ateo, respetaba las creencias personales mientras no interfirieran con mi clase.

Pero un día, el 18 de septiembre, ese algo cambió.

Yo había llegado temprano a la escuela porque tenía una reunión con el director a las 1 de la tarde.

La reunión terminó rápido y decidí ir al laboratorio de informática para preparar la clase.

Cuando abrí la puerta, Carlo estaba allí solo, arrodillado frente a su computadora y no estaba rezando en silencio, estaba hablando en voz alta, como si alguien estuviera con él.

Sí, lo entiendo.

Es difícil para él porque lleva el dolor solo.

Pero vas a mostrarme cómo ayudarlo, ¿verdad? Silencio.

Gracias, Jesús.

Voy a obedecerte.

Yo me quedé paralizado en la puerta.

Este chico estaba teniendo una conversación con alguien invisible.

Carraspí fuerte para anunciar mi presencia.

Carlos se levantó rápidamente, sin vergüenza ni incomodidad, y me saludó con su sonrisa habitual.

Hola, profesor Roberto.

Carlo, ¿con quién hablabas? Con Jesús.

Respondió con naturalidad, como si dijera con mi mamá o con mi amigo.

Yo fruncí el seño.

Carlo, mira, respeto tu fe, pero hablar con personas imaginarias es No es imaginario, profesor.

Él está aquí ahora mismo.

A su lado izquierdo, sentí un escalofrío involuntario que me molestó.

Yo no creía en esas cosas, pero algo en la certeza de Carlo me incomodó.

Carlo, creo que deberías hablar con el capellán de la escuela sobre esto.

Tal vez te está costando diferenciar entre realidad y fantasía, completó él mi frase.

No, profesor, sé exactamente qué es real.

Por ejemplo, sé que usted está pasando por algo muy difícil en casa, algo que lo está destruyendo por dentro, pero no puede contarle a nadie porque usted construyó toda su identidad sobre ser el científico racional que tiene todas las respuestas.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

¿Qué dijiste? Su hijo Diego está en problemas, ¿verdad? El aire salió de mis pulmones.

Yo nunca, nunca había mencionado a Diego en la escuela.

Nunca hablaba de mi vida personal.

¿Cómo sabía Carl? ¿Cómo sabía su nombre? Carlo, ¿quién te dijo eso? Mi voz sonaba tensa, casi agresiva.

Él me miró con esos ojos que parecían contener más sabiduría de la que un chico de 14 años debería tener.

Nadie me lo dijo, profesor.

Jesús me lo mostró en oración ayer en la noche.

Me despertó a las 3:17 de la madrugada y puso su nombre en mi corazón.

Vi su rostro, vi que está sufriendo.

Vi que usted también está sufriendo, pero no puede admitirlo.

Porque admitir que perdió el control de su hijo sería admitir que hay cosas en la vida que la ciencia no puede resolver.

Yo estaba temblando de furia, de miedo.

No sé, esto es inaceptable.

No sé cómo obtuviste información sobre mi vida privada, si hackeaste mi email o me seguiste o qué demonios hiciste, pero esto termina ahora.

Carl no se inmutó, sacó su cuaderno de la mochila, arrancó una hoja y escribió algo rápidamente.

Me la extendió.

Profesor Roberto, no hice nada de eso, pero entiendo que no me crea, por eso escribí esto.

Por favor, guárdelo.

No lo abra hasta el 4 de noviembre.

ese día va a necesitarlo.

Tomé el papel doblado.

No sé por qué.

Tal vez por curiosidad científica, tal vez porque una parte de mí quería probar que este chico estaba loco.

Ahora, por favor, váyase de mi clase.

Esa noche no pude dormir.

El papel doblado estaba en mi escritorio llamándome.

¿Qué había escrito Carlos? La curiosidad me mataba, pero algo me detenía de abrirlo.

A las 2 de la madrugada escuché la puerta de entrada abrirse.

Diego había llegado.

Escuché sus pasos tropezándose, chocando contra los muebles.

Salí de mi habitación y lo encontré en la sala.

Tenía los ojos rojos, las pupilas dilatadas, olía a alcohol y algo más que no pude identificar.

Diego, ¿dónde estabas? Afuera, murmuró.

Afuera.

¿Dónde? No es tu problema, papá.

Soy tu padre.

Todo lo que haces es mi problema.

Él soltó una risa amarga.

Mi padre, el gran científico.

Tú no eres mi padre.

Eres un robot que solo le importan sus libros y sus ecuaciones.

Nunca has estado presente en mi vida.

Sus palabras me dolieron más de lo que esperaba.

Diego, estoy trabajando para darte un futuro.

No quiero tu futuro.

No quiero tu dinero.

Solo quería que me vieras.

Pero nunca lo hiciste.

Se fue a su habitación dando un portazo.

Yo me quedé en la sala sintiendo como mi mundo se desmoronaba.

Tal vez Diego tenía razón.

Tal vez había estado tan obsesionado con mi carrera que perdí a mi hijo.

Esa madrugada tomé una decisión.

Iba a investigar qué le pasaba a Diego científicamente, con evidencia.

Los siguientes días los dediqué a seguir a Diego discretamente.

Revisé su computadora cuando salía.

Encontré conversaciones en MCN Messenger con personas que usaban apodos extraños.

El flaco, serpiente, tigre.

Hablaban en código, pero era obvio de qué se trataba.

¿Tienes la mercancía? Sí.

200 g limpios.

Perfecto.

Entrega el viernes en el lugar usual.

Mi corazón se hundió.

Mi hijo estaba vendiendo drogas.

No solo consumiendo, vendiendo.

El viernes 22 de septiembre lo seguí.

tomó su motocicleta Yamaha y salió a las 10 de la noche.

Yo lo seguí en mi auto manteniéndome a distancia.

Llegó a un bar en Vía Padova, una zona peligrosa de Milán, conocida por tráfico de drogas y prostitución.

Vi cómo entraba, cómo salía 15 minutos después con una mochila más pesada.

Vi cómo le entregaba la mochila a otro hombre en un callejón.

Vi como recibía un sobre grueso, dinero.

Mi hijo era un criminal.

Yo, Roberto Castellano, doctor en ciencias de la computación, profesor universitario, autor de libro sobre ética digital, había criado a un traficante de drogas.

La ironía me destruyó.

Esa noche lloré por primera vez en 10 años y entonces recordé las palabras de Carlo.

Su hijo está en problemas.

¿Cómo sabía? ¿Cómo sabía? ¿Cómo sabía? El lunes siguiente, 25 de septiembre, llegué al Instituto San Carlos.

con una misión, confrontar a Carlo y descubrir cómo obtuvo información sobre mi hijo.

Pero cuando entré al laboratorio de informática, Carlo no estaba.

Pregunté a sus compañeros.

Carlos está en la capilla me dijo una chica.

Siempre va a misa durante el almuerzo.

Fui a la capilla de la escuela, una pequeña iglesia barroca con olor a incienso y velas.

Carlo estaba arrodillado en la primera banca frente al sagrario, con las manos juntas y los ojos cerrados.

Me senté detrás de él en silencio.

Pasaron 5 minutos.

10, 15.

Él no se movía.

Finalmente susurró algo.

Sí, lo entiendo.

Va a ser difícil para él creerme, pero tú me darás las palabras correctas.

se levantó, se volteó y no mostró ninguna sorpresa al verme.

Hola, profesor Roberto.

Sabía que vendría Carlo, necesitamos hablar.

Lo sé.

¿Quiere hacerlo aquí o en el laboratorio? Aquí está bien.

Me senté en la banca y él se sentó a mi lado.

Durante un momento no dije nada buscando las palabras correctas.

Finalmente seguí a mi hijo el viernes.

Tienes razón.

Está vendiendo drogas.

¿Cómo lo supiste? Carlo me miró con esos ojos profundos.

Ya se lo dije, profesor.

Jesús me lo mostró.

Eso no es una respuesta, dije con frustración.

Para mí sí lo es, respondió él con calma.

Mire el profesor Roberto.

Entiendo que para usted esto es imposible de aceptar.

Usted es un hombre de ciencia.

Necesita explicaciones lógicas, causales, reproducibles, pero hay cosas en este universo que la ciencia todavía no puede medir.

Eso no las hace menos reales.

Entonces, dame pruebas.

Dame algo que pueda verificar.

Carlos cerró los ojos por un momento, como si estuviera escuchando algo.

Luego abrió los ojos y dijo, “Diego va a tener un accidente de motocicleta.

El 3 de noviembre de 2006 a las 11:47 de la noche en Vía Padova, esquina con vía Ponte Ceveso, va a chocar contra un autofiat, punto azul que se pasa un semáforo en rojo.

Su casco va a romperse, va a sufrir fractura de cráneo, tres costillas rotas.

y colapso pulmonar.

Los doctores van a decir que debería estar muerto, pero no va a morir.

Va a entrar en coma y despertar tres días después, el 6 de noviembre a las 9:14 de la mañana.

Y cuando despierte, usted va a descubrir por qué ese accidente fue una bendición.

Yo lo miraba boquia abierto.

Eso es, eso es demasiado específico para ser una adivinanza.

No es una adivinanza, profesor.

Es una profecía.

Y hay más.

Cuando los doctores revisen las pertenencias de Diego en el hospital, van a encontrar 340 g de cocaína pura escondida en el compartimiento secreto de su mochila.

Drogas que iba a entregar esa noche en una transacción que terminó en un tiroteo.

Tres personas murieron en ese tiroteo.

Mateo Richi, 24 años, el comprador.

Franco Neri, 28 años, su guardaespaldas.

Y Luca Fontana, 31 años.

un policía encubierto.

Si Diego hubiera llegado a tiempo, estaría muerto también o en prisión por asesinato múltiple.

Pero el accidente lo salvó.

Dios lo salvó.

Y lo salvó porque yo oré por él.

Llevo tres semanas orando tres rosarios completos cada día por Diego y voy a seguir orando hasta que despierte del coma.

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin permiso.

Yo no lloraba fácilmente, pero la especificidad de lo que Carlo decía, la certeza en su voz, el detalle imposible era demasiado.

Carlos, si lo que dices es verdad, si algo le pasa a Diego, le va a pasar.

Interrumpió él con gentileza.

Y cuando pase, usted va a tener que elegir.

Puede seguir creyendo que todo esto es coincidencia o puede abrir su corazón a la posibilidad de que Dios existe y que me usó para advertirle porque lo ama.

Tanto a usted como a Diego.

Salí de esa capilla temblando.

Durante los siguientes días no pude concentrarme en nada.

Le conté todo a mi esposa Laura.

Ella me miró con preocupación.

Roberto, ese chico te está manipulando psicológicamente.

Probablemente investigó sobre nosotros.

Encontró información de Diego en redes sociales y ahora está jugando contigo.

Pero los detalles, Laura, ¿cómo puede saber que Diego vende drogas? Tal vez lo vio en la calle.

Milan no es tan grande.

Ella tenía razón.

Tenía que haber una explicación lógica.

Pero algo en mi pecho me decía que había más.

El papel doblado que Carlo me dio seguía en mi escritorio.

Cada noche lo miraba tentado a abrirlo, pero resistí.

El 3 de noviembre llegó.

Era viernes.

Yo estaba en casa trabajando en mi laptop cuando escuché la motocicleta de Diego encenderse en el garaje.

Miré el reloj 11:30 de la noche.

Carlo había dicho 11:40 y 7.

Salí corriendo.

Diego, espera.

Pero ya se había ido.

Mi esposa me miró confundida.

¿Qué pasa? Nada.

Voy a dar una vuelta.

Tomé las llaves del auto y salí.

No sabía a dónde iba, solo conducía por las calles de Milán con un mal presentimiento creciendo en mi estómago.

De las 11:52 me teléfono sonó.

Era un número desconocido.

Señor Castellano, sí.

habla del hospital ni guarda.

Su hijo Diego tuvo un accidente.

Por favor, venga inmediatamente.

Conduje como loco por las calles mojadas de Milán.

La lluvia había comenzado a caer fuerte.

Llegué al hospital Niuarda a las 12:17 de la noche.

Corrí por los pasillos blancos con olor a desinfectante hasta la sala de emergencias.

Un doctor con bata manchada de sangre me interceptó.

Señor Castellano, ¿dónde está mi hijo? Síganme.

Me llevó a una sala donde Diego estaba en una camilla, conectado a respirador artificial, monitores cardíacos pitando, su cabeza vendada, sangre seca en su rostro.

Está vivo, milagrosamente.

Sí.

Tuvo un accidente severo en Via Padoba.

Chocó contra un auto.

Fractura de cráneo, tres costillas rotas, colapso pulmonar.

Señor Castellano, su hijo debería estar muerto.

Nunca he visto a alguien sobrevivir un trauma craneal tan severo con un casco en esas condiciones.

¿Qué condiciones? El casco estaba completamente destrozado.

Absorbió casi nada del impacto.

Médicamente, esto es imposible.

Mis piernas dejaron de sostenerme.

Caí de rodillas junto a la camilla y entonces recordé 3 de noviembre 40 y 7 de la noche viía a Padova, fractura de cráneo, tres costillas, colapso pulmonar.

Debería estar muerto, pero sobrevivirá.

Carlos lo había dicho todo, palabra por palabra.

Y en ese momento, hermano, hermana, mientras sostenía la mano fría de mi hijo, algo se rompió dentro de mí, porque ya no podía negar lo que era obvio.

Ese chico de 14 años había visto el futuro.

Y si había visto el futuro, entonces todo lo demás que dijo también era verdad.

Hermanos, si están viendo esta segunda parte es porque necesitan saber qué pasó después, porque el accidente de Diego fue solo el comienzo de algo que cambió mi vida completamente.

Diego estuvo en coma durante tres días exactos.

Yo no me moví del hospital.

Laura traía comida que yo apenas tocaba.

Los doctores hacían pruebas constantemente, resonancias magnéticas, electroencefalogramas, análisis de sangre, todos los resultados.

eran contradictorios.

“Su actividad cerebral es normal”, me decía el neurocirujano.

“Pero el daño físico debería haberlo dejado con muerte cerebral.

No entendemos cómo sigue vivo.

” Yo tampoco entendía, pero cada vez que miraba el reloj y veía que se acercaba el 6 de noviembre a las 9:14 de la mañana, la hora exacta que Carlo había predicho para su despertar, mi corazón latía más fuerte.

El 5 de noviembre en la tarde, dos policías llegaron al hospital.

Querían hablar conmigo sobre las pertenencias de Diego.

Señor Castellano, encontramos algo preocupante en la mochila de su hijo.

Me llevaron a una sala privada.

Sobre la mesa había bolsitas transparentes llenas de polvo blanco.

340 g de cocaína pura dijo el detective.

Su hijo no solo consumía drogas, las vendía.

Sentí que el mundo se abría bajo mis pies.

Carlot había predicho esto.

Cada detalle, cada maldito detalle.

Señor Castellano, continuó el detective, necesitamos hacerle algunas preguntas.

¿Sabía usted de las actividades de su hijo? Yo negué con la cabeza, incapaz de hablar.

¿Sabe si tenía contacto con organizaciones criminales? No sé nada.

Finalmente logré decir, “Soy profesor, mi hijo es era estudiante universitario.

Pensé que su vida era normal.

” El detective suspiró.

“Señor Castellano, su hijo estaba involucrado con una red de distribución seria.

Esa noche del accidente iba camino a una entrega en Viapadoba.

La entrega se realizó sin él y terminó en un tiroteo.

Tres personas murieron.

Mateo Ricky, Franco Neri y un agente encubierto, Luca Fontana.

Si su hijo hubiera llegado a tiempo, estaría muerto o arrestado por homicidio múltiple.

Esos nombres, esos exactos nombres que Carlo me había dicho en la capilla.

Afortunadamente para Diego continuó el detective.

El accidente lo salvó de estar presente.

Técnicamente no puede ser acusado del tiroteo porque estaba inconsciente en ese momento.

Pero cuando despierte tendremos que interrogarlo sobre su conexión con la red.

Cuando salieron, yo me quedé solo en esa sala fría del hospital.

Saqué mi teléfono y marqué un número que nunca pensé marcar, el del Instituto San Carlos.

Necesito hablar con Carlutis.

Es urgente.

Me dijeron que Carlo estaba en clase, pero que le darían el mensaje.

Dos horas después, Carlo llegó al hospital con su madre, Antonia Salzano, una mujer elegante de unos 40 años, con ojos preocupados.

“Profesor Roberto”, dijo Carlo con esa calma que siempre tenía.

“¿Cómo está Diego?” en coma.

Tal como dijiste, el accidente pasó exactamente como dijiste.

Las drogas estaban exactamente donde dijiste.

Los nombres de las víctimas del tiroteo son exactamente los que mencionaste.

Carlo, ¿cómo? ¿Cómo sabías todo esto? Él me miró con compasión.

Ya se lo dije, profesor.

Jesús me lo mostró, pero eso es imposible.

Yo soy científico.

He dedicado mi vida a estudiar la realidad y la realidad no funciona así.

Las personas no pueden ver el futuro.

Las oraciones no cambian eventos físicos.

Dios no.

Dios no.

Mi voz se quebró.

Carlos se sentó junto a mí y puso su mano en mi hombro.

Profesor Roberto, usted ha dedicado su vida a estudiar parte de la realidad, la parte que se puede medir con instrumentos, pero hay otra dimensión que sus instrumentos no detectan.

Y en esa dimensión Dios existe, trabaja, ama y salva a Diego, a usted, a todos nosotros.

¿Por qué? Susurré, ¿por qué Dios haría esto por mi hijo? Porque lo ama.

Y porque usted necesitaba verlo para creer.

El 6 de noviembre a las 9 de la mañana yo estaba junto a la cama de Diego.

Laura también.

Los doctores habían dicho que no había cambios, que el coma podría durar semanas o meses, pero yo sabía diferente.

A las 9:10, Targioneé, comencé a orar.

No sabía cómo orar correctamente, pero lo intenté.

Dios, si estás ahí, si todo lo que Carlo dice es verdad, por favor, por favor, trae de vuelta a mi hijo.

A las 9:1, los monitores comenzaron a cambiar.

El ritmo cardíaco se aceleró.

La enfermera entró corriendo.

Doctor Castellano, aléjese, por favor.

A las 9:1 exactas, los párpados de Diego se movieron.

Se abrieron lentamente.

Sus ojos se enfocaron en mí.

Papá.

Su voz era débil, ronca.

Laura comenzó a llorar de alegría.

Yo también.

Los doctores entraron en masa, revisándolo, haciéndole preguntas, verificando sus respuestas.

Esto es extraordinario, decía el neurocirujano.

Su recuperación cognitiva es completa.

No hay daño cerebral aparente.

Médicamente esto no tiene sentido.

Pero yo sabía la verdad.

Carlo había dicho 9:14 de la mañana y a las 9:14 exactas, Diego despertó.

En ese momento, hermano, hermana, mientras abrazaba a mi hijo que había vuelto de las puertas de la muerte, supe con certeza absoluta que Carlo Acutis no era un chico normal.

Era alguien a quien Dios le confiaba secretos.

Durante los siguientes días, mientras Diego se recuperaba físicamente, yo tuve largas conversaciones con él.

Le conté sobre las drogas, sobre el tiroteo, sobre cómo el accidente lo había salvado.

Él lloró.

Papá, ¿no sabes cuánto odio lo que me convertí? Empecé con marihuana en primer año de universidad, solo para relajarme del estrés.

Luego probé cocaína.

Luego necesitaba más dinero para comprarla.

Alguien me dijo que podía ganar bien vendiéndola y caí en ese mundo tan rápido que cuando quise salir ya era demasiado tarde.

Me amenazaron.

Dijeron que si dejaba de vender lastimarían a mamá, a ti.

Estaba atrapado.

¿Por qué no me lo dijiste? Porque tú eres el científico perfecto, el hombre que tiene todas las respuestas.

¿Cómo iba a decirte que tu hijo es un adicto, un criminal? Sus palabras me destrozaron.

Diego, yo también cometí errores.

Estuve tan obsesionado con mi carrera que no vi tu dolor.

Perdóname.

Nos abrazamos y lloramos juntos por primera vez en años.

Y entonces le conté sobre Carlo, sobre las profecías, sobre cada detalle imposible que se había cumplido.

Papá, dijo Diego con lágrimas en los ojos, ese chico me salvó la vida.

Necesito conocerlo.

Necesito agradecerle.

El 12 de noviembre, Diego recibió el alta médica.

Los doctores lo consideraban un milagro médico.

La policía había decidido no presentar cargos porque Diego cooperó completamente, dio nombres de toda la red de distribución y técnicamente no había estado presente en el tiroteo.

Le dieron 2 años de libertad condicional y obligación de asistir a rehabilitación.

Era un resultado increíblemente favorable, considerando las circunstancias.

Ese mismo día fuimos al Instituto San Carlos.

Diego caminaba con muletas por las costillas rotas, pero insistió en ir.

Llegamos durante el recreo.

Carlo estaba en el patio ayudando un compañero con tarea de matemáticas.

Cuando nos vio, sonró y se acercó.

Hola, profesor Roberto.

Hola, Diego.

Diego se quedó paralizado.

Tú Tú eres Carlo.

Tú sabías todo lo que iba a pasarme.

Sí.

¿Por qué? ¿Por qué oraste por mí si ni siquiera me conoces? Carlo lo miró con esos ojos profundos.

Porque Jesús me pidió que lo hiciera.

Él te ama, Diego.

Siempre te ha amado.

Incluso cuando estabas vendiendo drogas, incluso cuando pensabas que estabas perdido para siempre, él nunca dejó de amarte.

Diego se derrumbó.

Cayó de rodillas allí mismo en el patio de la escuela y comenzó a sollyosar.

No merezco ese amor.

No merezco ese amor.

No merezco estar vivo.

Carlos se arrodilló junto a él.

Nadie merece el amor de Dios.

Por eso se llama gracia.

Es un regalo que él da libremente y te lo está ofreciendo ahora.

Diego.

¿Lo aceptas? Diego asintió entre lágrimas.

Sí, sí, lo acepto.

No sé cómo orar.

No sé cómo ser religioso, pero quiero cambiar.

Quiero ser diferente.

Entonces comienza ahora dijo Carlos.

sacando su rosario del bolsillo.

Este rosario lo he usado durante tres semanas orando por ti.

Quiero que lo tengas.

Cada vez que sientas tentación de volver a las drogas, sostén salvó por una razón.

Tienes un propósito, Diego, y ese propósito es ayudar a otros chicos que están donde tú estabas.

Diego tomó el rosario con manos temblorosas.

Gracias, Carlo.

Gracias por salvar mi vida.

Yo no salvé tu vida.

Dios lo hizo.

Yo solo fui el mensajero.

Durante las siguientes semanas, mi familia cambió completamente.

Diego entró a rehabilitación intensiva.

Laura y yo comenzamos a ir a misa los domingos, algo que no hacíamos desde nuestra boda.

Y yo, Roberto Castellano, el ateo científico, comencé a leer la Biblia no porque alguien me obligara, sino porque necesitaba entender quién era este Dios que había salvado a mi hijo a través de un adolescente de 14 años.

Pero entonces, en la primera semana de octubre de 2006, noté que Carlo faltaba a clases.

Pregunté a sus compañeros, “Carlo está enfermo”, me dijeron.

“Muy enfermo, llamé a su casa.

” Su madre Antonia contestó con voz preocupada.

Profesor Roberto, Carlo fue diagnosticado con leucemia.

Leucemia promielocítica aguda es muy agresiva.

Los doctores le dan pocas semanas de vida.

Sentí como si me golpearan el estómago.

Semanas.

Carlos se está muriendo.

Sí.

No podía creerlo.

Este chico que había salvado a mi hijo, que había cambiado mi vida completa, ahora iba a morir.

Señora Antonia, déjeme visitarlo, por favor.

Fui al hospital San Gerardo, donde Carlos estaba internado.

Habitación 307.

Cuando entré, él estaba en la cama, pálido, delgado, conectado a tubos y monitores, pero cuando me vio sonríó.

Hola, profesor Roberto.

Sabía que vendría.

Me senté junto a su cama, incapaz de contener las lágrimas.

Carlo, esto no es justo.

Tú salvaste a Diego.

Tú cambiaste mi vida.

¿Por qué te está pasando esto? Porque Dios me necesita en otro lugar.

Dijo con calma.

Mi trabajo aquí está terminando, profesor, pero mi trabajo en el cielo apenas está comenzando.

No puedo aceptar eso.

Eres un chico de 15 años.

Deberías tener toda una vida por delante.

Carlo tomó mi mano con su mano débil.

Profesor Roberto, ¿recuerda cuando me dijo que Dios era solo un algoritmo inventado para explicar lo inexplicable? Sí, todavía cree eso yo negué con la cabeza.

No, ya no.

Después de todo lo que vi, después de todo lo que pasó con Diego, ya no puedo negar que hay algo más grande que la ciencia.

Entonces, mi misión con usted está completa.

Vine a este mundo para muchas cosas, para documentar milagros eucarísticos, para inspirar a jóvenes a amar a Jesús y para mostrarle a hombres como usted que Dios existe.

Ya cumplí ese propósito.

Pero Carlo, hay tantas personas más que necesitan conocerte y me conocerán.

Después de que me vaya, mi historia se va a esparcir por todo el mundo.

Millones de personas van a escuchar sobre el chico que usó internet para evangelizar y muchos van a volver a Dios por mi testimonio.

¿Cómo puedes estar tan seguro? Porque Jesús me lo mostró.

Igual que me mostró lo de Diego.

Su certeza me asombraba, incluso enfrentando la muerte, Carlo tenía una paz que yo nunca había visto en nadie.

Profesor Roberto, necesito pedirle un favor.

lo que sea.

Cuando yo me vaya, quiero que cuente mi historia, especialmente la historia de Diego.

Cuéntele al mundo cómo Dios salvó a su hijo para mostrarle que los milagros son reales.

Carlo Acutis murió el 12 de octubre de 2006, exactamente como me lo había dicho meses atrás.

Yo estaba en su funeral en la Iglesia Santa María Segreta, junto con cientos de personas, compañeros de clase, profesores, familias que él había tocado con su testimonio.

Durante la ceremonia, el sacerdote habló sobre la vida extraordinaria de Carlo, sobre su amor por la Eucaristía, sobre su uso de la tecnología para evangelizar.

Pero lo que más me impactó fue cuando el sacerdote dijo, “Carlo me confesó semanas antes de morir que Dios le había revelado que su tiempo era corto.

Me dijo que no estaba asustado.

Me dijo que había cumplido su misión y me dijo que a través de su muerte muchas almas encontrarían a Cristo.

” Después del funeral, Diego y yo nos quedamos un momento más frente al ataúd de Carlo.

Diego puso el rosario que Carlo le había dado sobre las flores.

“Gracias, amigo”, susurró.

Te veré en el cielo.

Yo también puse algo.

El papel doblado que Carlo me había dado meses atrás y que nunca había abierto.

Lo abrí por primera vez allí mismo.

Decía, “Profesor Roberto, cuando lea esto, yo ya me habré ido.

Pero quiero que sepa que Dios lo ama.

Siempre lo amó y usó mi vida corta para mostrarle esa verdad.

Ahora es su turno de llevar ese mensaje a otros.

No desperdicie esta segunda oportunidad.

” Carlo Acutis, 22 de septiembre de 2006.

Pen.

Los años siguientes fueron de transformación total.

Diego completó su rehabilitación exitosamente.

Terminó su carrera universitaria y hoy, 18 años después, trabaja como consejero en un centro de rehabilitación para adictos.

Ha ayudado a más de 200 jóvenes a salir de las drogas.

Laura y yo renovamos nuestros votos matrimoniales en la iglesia.

Yo dejé mi ateísmo completamente y me convertí en católico practicante.

Incluso escribí un libro titulado Cuando la ciencia encontró a Dios, mi testimonio, donde cuento toda esta historia.

En 2020, Mensaner, cuando Carlo fue viatificado oficialmente por la Iglesia Católica, Diego y yo estuvimos presentes en Así, Italia.

Ver a miles de jóvenes celebrando la vida de ese chico que salvó a mi hijo fue una de las experiencias más emotivas de mi vida.

Después de la ceremonia me acerqué a su cuerpo incorrupto que estaba en exhibición.

Su rostro todavía se veía pacífico, como si estuviera durmiendo.

“Carlo, susurré, cumplí mi promesa.

He contado tu historia a miles de personas.

He dado conferencias en universidades sobre cómo un adolescente de 15 años destruyó mi ateísmo con amor y verdad, y seguiré contándola hasta mi último aliento.

Sentí una paz profunda descender sobre mí, como si Carlos me estuviera respondiendo desde el cielo.

Bien hecho, profesor Roberto.

Soy 18 años después de esos tres meses que cambiaron mi vida para siempre.

Trabajo como profesor de programación en tres instituciones, Universidad de Milán, Instituto San Carlos y un centro de rehabilitación donde enseño habilidades digitales a jóvenes en recuperación.

Cada vez que enseño les cuento sobre Carlo, les cuento sobre el chico que usó sus talentos de programación para documentar milagros.

Les cuento sobre el adolescente que me enseñó que la ciencia y la fe no son enemigas, sino dos caminos diferentes hacia la verdad.

Y les cuento sobre cómo Dios salvó a mi hijo para salvarme a mí.

Hermano, hermana, si estás viendo este testimonio, no es casualidad.

Carlo me dijo que personas específicas lo encontrarían.

personas que necesitan escuchar que los milagros son reales.

Tal vez eres ateo como yo era.

Tal vez tienes un hijo perdido en las drogas como Diego.

Tal vez piensas que has ido demasiado lejos y que Dios no puede salvarte.

Pero déjame decirte algo que aprendí de Carlo Acutis.

Dios te ama.

Siempre te ha amado y está esperando que le des una oportunidad.

No necesitas tener todas las respuestas.

Yo era doctor en ciencias de la computación y no tenía las respuestas correctas.

Solo necesitas estar abierto.

Solo necesitas decir, “Dios, si existes, muéstramelo” y él lo hará.

Tal como lo hizo conmigo a través de un chico extraordinario de 15 años que cambió mi vida para siempre.

Carlo Acutis, beato de la Iglesia Católica, ruega por nosotros.

Amén.

Yeah.