Hermanos, mi nombre es Martín Velázquez y voy a confesarles algo que nunca pensé que diría.

Pasé 15 minutos en el infierno.

No es una metáfora, no es una visión religiosa, no es un sueño provocado por medicamentos.

Estuve allí, olí el azufre, escuché los gritos, sentí el calor que derrite no solo tu piel, sino tu alma misma.

Y todo porque fui demasiado orgulloso para creer.

Era profesor de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, especializado en ateísmo y crítica religiosa.

Mis clases se llenaban porque yo era el que les decía a los estudiantes lo que querían escuchar.

Dios no existe.

El infierno es un cuento para asustar niños.

Vive tu vida sin culpa religiosa.

Pero el 23 de agosto de 2019, en una tarde normal de otoño en Buenos Aires, mi apéndice se reventó mientras daba una clase sobre la muerte de Dios según Nietzsche.

Irónico, ¿verdad? Colapsé frente a 87 estudiantes que me admiraban por mi intelecto.

Me llevaron de emergencia al hospital italiano.

Y en esa mesa de operaciones, mientras los cirujanos luchaban por salvar mi vida, mi alma salió de mi cuerpo.

No fui hacia la luz, fui hacia la oscuridad más profunda que puedas imaginar.

Una oscuridad que tiene peso, que tiene dientes, que tiene hambre.

Y allí, en ese lugar donde ningún ateo cree que existe, escuché una voz que jamás olvidaré.

Martín, tuviste toda una vida para elegir y elegiste la mentira.

Déjame llevarte al principio de esta historia, hermano, hermana, porque para entender cómo un hombre termina en el infierno por 15 minutos, necesitas conocer quién era yo antes de ese día de agosto.

Nací en 1976 en el barrio de Palermo, Buenos Aires, en una familia de clase media educada.

Mi padre, Alberto Velázquez era ingeniero civil.

Mi madre, Elena Domínguez, profesora de literatura en una escuela secundaria.

Crecí rodeado de libros, de debates intelectuales en la mesa del comedor, de conversaciones sobre Kant, Sartre y Nietzsche desde que tenía 12 años.

Mi padre era agnóstico, mi madre era católica no practicante, el tipo de católica que va a misa en Navidad y Semana Santa por tradición, pero que realmente no cree en nada.

Nunca me llevaron a la iglesia, nunca oraron conmigo, nunca me hablaron de Jesús, excepto como una figura histórica interesante.

Y honestamente, hermano, yo crecí creyendo que eso era lo normal, que eso era lo inteligente, porque en mi mundo, en el mundo académico de Buenos Aires, creer en Dios era sinónimo de ignorancia.

Era algo para la gente pobre, para los desesperados, para los que necesitaban un consuelo imaginario ante la dura realidad de la vida.

Yo no necesitaba eso.

Yo tenía mi intelecto, tenía mis libros, tenía mis argumentos racionales.

Entré a la Universidad de Buenos Aires a los 18 años para estudiar filosofía.

Y hermano, déjame decirte que esa universidad era un semillero de ateísmo militante.

Los profesores no solo enseñaban filosofía, enseñaban una cosmovisión completamente materialista, donde Dios era un invento humano.

La religión era opio del pueblo según Marx, y la fe era debilidad intelectual.

Yo absorbí todo eso como una esponja.

En mi segundo año escribí un ensayo titulado La muerte de Dios y el nacimiento del hombre libre, que ganó el primer premio en un concurso nacional de filosofía.

Ese ensayo argumentaba que la creencia en Dios era la mayor esclavitud mental de la humanidad, que solo liberándonos de ese yugo podíamos alcanzar nuestro verdadero potencial como especie.

El rector de la universidad me felicitó personalmente.

Ese momento, hermano, ese momento cuando un hombre respetado me palmó el hombro y me dijo, “Tú eres el futuro de la filosofía argentina.

Ese momento selló mi destino.

Mi orgullo se infló como un globo.

Y el orgullo, hermanos, el orgullo es la puerta de entrada al infierno.

Me gradué con honores en el año 2000.

A los 24 años tenía mi licenciatura.

A los 27, mi maestría en filosofía contemporánea.

A los queederada.

31 Mi doctorado con una tesis sobre la construcción social de Dios en sociedades latinoamericanas.

Para cuando cumplí 35 años, ya era profesor titular en la misma Universidad de Buenos Aires, donde había estudiado.

Mis clases sobre ateísmo y pensamiento crítico se llenaban con 200 estudiantes cada semestre.

Publiqué dos libros.

Dios como ficción necesaria en 2013 y el infierno no existe.

Una crítica filosófica en 2016.

Este segundo libro, hermano, este segundo libro es el que me persiguió hasta el infierno.

Porque en ese libro yo no solo argumentaba que el infierno no existía, sino que me burlaba abiertamente de los cristianos que creían en él.

Escribí cosas como el concepto del infierno.

Es un mecanismo de control social diseñado para mantener a las masas ignorantes, aterrorizadas y obedientes.

Escribí: “Ningún Dios amoroso enviaría a sus creaciones a un tormento eterno.

Por lo tanto, o Dios no es amoroso, o el infierno no existe, o más probablemente ninguno de los dos existe.

” Vendí 4700 copias de ese libro en Argentina, Chile y Uruguay.

Me invitaron a dar conferencias en universidades de toda Latinoamérica.

Aparecí en programas de televisión debatiendo con sacerdotes católicos y pastores evangélicos.

Y hermano, les voy a confesar algo que me avergüenza profundamente.

Ahora yo disfrutaba humillarlos en esos debates.

Disfrutaba cuando no podían responder mis argumentos.

Disfrutaba cuando la audiencia se reía de sus intentos de defender su fe.

En 2017 empecé una tradición en mi clase que se volvió famosa en toda la universidad.

Cada semestre, en la primera clase del curso de crítica a la religión, yo traía una Biblia, una Biblia real con tapas de cuero, páginas delgadas, versículos subrayados.

Y frente a mis estudiantes, frente a esos jóvenes de 18, 19, 20 años que me miraban como si yo fuera un héroe intelectual, yo arrancaba páginas de esa Biblia.

Primero lentamente, explicando por qué cada parche era ficción.

Génesis decía, arrancando las primeras páginas, una historia de creación plagiada de mitos mesopotámicos más antiguos.

Arranca.

Éxodo.

Continuaba.

Eventos que nunca sucedieron según la arqueología moderna.

Arranca Evangelios, decía con sarcasmo.

Relatos contradictorios escritos décadas después de los supuestos eventos por autores que nunca conocieron a Jesús.

Arranca, arranca, arranca.

Y al final de la clase, hermano, al final de esa primera clase, yo sacaba un encendedor y quemaba esa Biblia arrancada en un recipiente de metal, mientras mis estudiantes aplaudían.

Si Dios existe, les decía con una sonrisa arrogante, que me fulmine ahora mismo, que me castigue por quemar su palabra sagrada.

Y por supuesto, hermano, nunca pasaba nada.

El techo nunca se caía, ningún rayo me alcanzaba.

Y eso para mí era la prueba perfecta de que Dios no existía, que podía blasfemar sin consecuencias porque no había nadie allá arriba escuchando.

Pero hermano, hermana, lo que yo no entendía entonces era que Dios es paciente, que su silencio no es ausencia, sino misericordia, que cada vez que yo quemaba esa Biblia, él estaba esperando, dándome tiempo para arrepentirme, dándome oportunidades que yo desperdiciaba una tras otra.

Durante esos años de 2017 a 2019, mi vida personal estaba vacía a pesar de mi éxito profesional.

Me había casado con Laura, una colega profesora de sociología en 2008.

Ella también era atea, también despreciaba la religión.

Parecíamos la pareja perfecta, dos intelectuales que se entendían, que compartían la misma cosmovisión materialista.

Pero nuestro matrimonio era frío, hermano.

No teníamos hijos porque considerábamos que traer niños a un mundo sobrepoblado era irresponsable.

No teníamos verdaderos amigos.

Porque en el mundo académico todos son competidores disfrazados de colegas.

Nuestras conversaciones eran debates intelectuales, pero nunca amor real.

Y en las noches, cuando apagaba la luz y quedaba solo con mis pensamientos, sentía un vacío en el pecho que ningún argumento filosófico podía llenar.

Pero en lugar de cuestionar mi cosmovisión, en lugar de preguntarme si quizás estaba equivocado, yo llenaba ese vacío con más trabajo, más conferencias, más libros, más debates.

Me convertí en adicto a la validación intelectual porque no tenía nada más que me diera sentido.

Ahora llegamos al día que cambió todo, hermano.

El 23 de agosto de 2019 era un viernes de otoño en Buenos Aires.

El aire tenía esa frescura característica de marzo en el hemisferio sur.

Las hojas de los jacarandás estaban comenzando a caer en las calles de la ciudad.

Recuerdo vívidamente ese detalle porque mientras caminaba hacia mi aula esa mañana, pisé hojas secas que crujieron bajo mis zapatos Oxford negros.

Llevaba mi maletín de cuero lleno de libros de Nietzsche, Sartre y Camus.

Mi clase de las 2 pm era sobre la muerte de Dios.

Según Nietzsze, una de mis lecciones favoritas.

87 estudiantes llenaban el auditorio.

Yo estaba en mi elemento, hermano.

Caminaba de un lado a otro del escenario, gesticulando dramáticamente mientras explicaba cómo Nietzsche había proclamado la muerte de Dios en el siglo XIX.

“Dios ha muerto”, declamé con voz teatral, “y nosotros lo hemos matado.

¿Cómo nos consolaremos?” Algunos estudiantes reían, otros tomaban notas fervientemente.

Yo me sentía poderoso, importante, iluminado.

Pero a las 2:47 de la tarde, hermano, exactamente a las 2:47 de la tarde, según el reloj del auditorio que quedó grabado en mi memoria, sentí un dolor en mi abdomen, un dolor agudo, penetrante, como si alguien hubiera clavado un cuchillo caliente en mi costado derecho.

Intenté ignorarlo.

Continué hablando, pero el dolor se intensificó en segundos.

El dolor se volvió insoportable.

Mi visión comenzó a nublarse.

Las caras de mis estudiantes se convirtieron en manchas borrosas.

Escuché mi propia voz como si viniera de lejos, arrastrando las palabras.

Nietche también murió solo.

Y entonces, hermano, entonces todo se volvió negro.

Colapsé en medio del escenario.

Mi cabeza golpeó el suelo de madera con un sonido seco que mis estudiantes describirían después como aterrador.

Más tarde me enteraría de lo que pasó en esos momentos.

Una estudiante de enfermería corrió al escenario y revisó mi pulso.

Está débil, gritó.

Otro estudiante llamó al 911.

En 8 minutos llegó la ambulancia al campus universitario.

Los paramédicos me subieron a la camilla.

Mi presión sanguínea era 80 sobre 40.

Mi pulso era errático.

Mi piel estaba fría y sudorosa.

Posible apendicitis complicada, dijo uno de los paramédicos a su compañero.

Me llevaron a toda velocidad al hospital italiano, que estaba a solo 15 minutos del campus.

Durante ese trayecto, hermano, yo no estaba consciente de nada de lo que pasaba en el mundo físico, porque algo más estaba sucediendo, algo que ningún médico, ningún científico, ningún filósofo materialista puede explicar.

Mi cuerpo estaba en esa ambulancia, pero mi alma, mi conciencia, mi verdadero yo, ya había comenzado un viaje que me aterrorizaría para siempre.

En el hospital italiano me llevaron directo a cirugía de emergencia.

El Dr.

Ricardo Méndez, un cirujano de 52 años con 28 años de experiencia, sería quien operaría.

Más tarde él me contaría cada detalle de lo que pasó en ese quirófano, porque lo que experimentó lo marcó tanto como a mí.

Eran las 3:23 de la tarde cuando me pusieron en la mesa de operaciones.

El anestesiólogo Dr.

Pablo Ferreira comenzó a administrarme la anestesia general.

Pero, hermano, algo salió terriblemente mal.

Mi apéndice no solo estaba inflamado, se había reventado.

La peritonitis infección en el abdomen ya estaba extendiéndose y peor aún, la infección había entrado a mi torrente sanguíneo, sepsis, lo llamaban los médicos, envenenamiento de la sangre.

Mi presión cayó drásticamente.

Mi corazón comenzó a fallar.

a las 3:47 de la tarde, hermano.

Exactamente a las 3:47 de la tarde, según los registros médicos que después revisé obsesivamente, mi corazón se detuvo.

Línea plana en el monitor, el sonido continuo y monótono, que todos conocemos de las películas.

Parocardíaco.

Gritó el anestesiólogo.

El doctor Méndez dejó el bisturí y comenzó con presiones torácicas.

Despejen”, gritó una enfermera preparando el desfibrilador.

“Descarga! Mi cuerpo se arqueó en la mesa.

Nada, descarga otra vez.

Nada.

” Mi corazón no respondía.

Y fue en ese momento, hermano, en ese preciso momento, cuando mi vida cambió para siempre.

Porque cuando mi corazón se detuvo, hermano, cuando esa línea plana apareció en el monitor, yo no dejé de existir.

Mi conciencia no se apagó como una computadora.

No hubo simplemente oscuridad y nada.

En cambio, experimenté algo que desafía toda lógica materialista que había enseñado durante 15 años.

Me sentí salir de mi cuerpo.

No es una metáfora.

Me sentí literalmente separándome de esa carne que yacía en la mesa de operaciones.

Floté por un momento sobre la escena.

Vi a los médicos trabajando frenéticamente sobre mi cuerpo.

Vi al doctor Méndez con las manos ensangrentadas haciendo compresiones.

Vi a las enfermeras corriendo preparando medicamentos.

Vi el reloj en la pared marcando 3:47 de la tarde.

Y entonces, hermano, entonces comencé a descender, no hacia arriba, como cuentan las personas que tienen experiencias cercanas a la muerte positivas.

Hacia abajo.

Sentí que estaba cayendo a través del piso del hospital, a través de los cimientos, a través de la tierra misma.

La caída parecía durar una eternidad y un segundo a la vez el aire se volvió denso, pesado, caliente.

Y el olor, hermano, el olor era azufre, mezclado con carne quemada, con putrefacción, con algo que no tenemos palabras en español para describir.

Es el olor de la desesperación misma, del sufrimiento concentrado, de la muerte que nunca muere.

Y entonces dejé de caer, aterricé, si se puede llamar así, en un lugar de oscuridad absoluta.

Pero no era la oscuridad de una habitación sin luz, hermano.

Era una oscuridad viviente que se movía, que respiraba, que tenía hambre.

Era una oscuridad tan densa que podías sentirla presionando contra tu piel, entrando por tu boca, ahogándote lentamente.

Y en esa oscuridad comencé a escuchar voces.

Miles, quizás millones de voces gritando, suplicando, maldiciendo.

Gritos de dolor que no paraban nunca.

Gritos de arrepentimiento, por favor, solo una oportunidad más.

Gritos de desesperación.

Alguien, ayúdenme.

Gritos de rabia.

Es injusto.

No me advirtieron.

Pero lo más aterrador, hermano, lo que realmente me heló el alma que yo pensaba que no existía, fue reconocer algunas de esas voces.

Escuché la voz de mi profesor de filosofía de la universidad, el Dr.

Sánchez, que había muerto dos años antes de un infarto.

Él me había enseñado que no había vida después de la muerte y ahora su voz gritaba entre miles.

Mentí, mentí a todos mis estudiantes.

Dios existe.

Todo es real.

Escuché la voz de mi tío Roberto, que murió cuando yo tenía 15 años.

Él era ateo militante, el que influenció mi pensamiento desde niño.

Su voz clamaba, “Sobrino, no cometas mi error.

Vuelve, vuelve y advierte a todos.

Y entonces, hermano, sentí el calor.

No era el calor del sol de verano en Buenos Aires.

No era el calor de un horno.

Era un calor que quemaba no solo la piel, sino el alma misma.

Un fuego que consumía, pero no destruía, que atormentaba, pero no mataba, que ardía eternamente sin dar nunca el alivio de la muerte final.

Caí de rodillas, aunque no sé si tenía rodillas en ese estado, si tenía cuerpo o si era solo mi conciencia experimentando una realidad espiritual.

Pero sentí dolor, hermano, un dolor más intenso que cualquier cosa física que hubiera experimentado.

El dolor del arrepentimiento absoluto, el dolor de saber que tuve toda una vida para elegir diferente.

Y elegí el orgullo, el dolor de entender que cada palabra arrogante que pronuncié, cada Biblia que quemé, cada cristiano que humillé, cada estudiante que alejé de Dios, todo eso tenía consecuencias eternas.

Dios grité en esa oscuridad, si existes, perdóname.

Y para mi sorpresa, hermano, para mi absoluto terror y asombro, él respondió, no con una voz audible como las voces que gritaban a mi alrededor.

Fue una voz que sentí en lo más profundo de mi ser, una voz que era al mismo tiempo aterradora y majestuosa, justa y santa.

Martín”, dijo la voz, “tuviste toda una vida para elegir y elegiste la mentira.

” Pero, pero intenté argumentar incluso en ese lugar de tormento, porque el orgullo es difícil de matar incluso en el infierno.

Nunca supe con certeza, nunca tuve pruebas.

¿Cómo podía creer sin pruebas? Y la voz respondió, “Hermano, y estas palabras quedaron grabadas en mi alma con fuego eterno.

Te di la creación entera como prueba.

Te di la conciencia moral como prueba.

Te di el anhelo en tu corazón que ninguna filosofía humana podía llenar como prueba.

Y más importante, Martín, te envié a mi pueblo.

¿Recuerdas a la profesora María en tu departamento? Ella oró por ti durante 8 años.

¿Recuerdas al estudiante Carlos que te dio una Biblia en 2015? Tú te reíste y la usaste como ejemplo de propaganda religiosa en tu siguiente clase.

¿Recuerdas a tu abuela Sofía que te llevaba a la iglesia cuando eras niño? Ella lloró por tu alma hasta el día de su muerte.

Tuviste innumerables oportunidades, Martín.

No las rechazaste por falta de evidencia.

Las rechazaste por orgullo.

Cada palabra era como un martillo golpeando mi alma, porque era verdad.

Todo era verdad.

Yo recordé cada una de esas personas.

Recordé cómo había despreciado sus intentos de compartir su fe conmigo, cómo me había burlado de ellos en conversaciones privadas con otros profesores ateos, cómo había usado sus testimonios como ejemplos de pensamiento mágico en mis clases.

Por favor, supliqué.

Y hermano, nunca en mi vida había suplicado por nada, ni siquiera cuando pedí mi doctorado.

Por favor, dame una oportunidad más.

Volveré.

Les diré a todos la verdad.

Advertiré a mis estudiantes.

Quemaré mis libros blasfemos.

La voz guardó silencio, por lo que pareció una eternidad.

Y en ese silencio, hermano, en ese terrible silencio, entendí algo que ningún libro de filosofía jamás me enseñó.

La justicia de Dios.

Porque si Dios me daba una segunda oportunidad después de 40 años de blasfemia, ¿qué de todas esas otras almas en ese lugar? ¿Qué del doctor Sánchez? ¿Qué de mi tío Roberto? ¿Qué de los millones que gritaban en esa oscuridad? ¿Por qué yo merecería misericordia? No la merecía.

No merecía nada, excepto estar exactamente donde estaba.

Y justo cuando me resignaba a mi destino eterno, justo cuando aceptaba que pasaría la eternidad en ese lugar de tormento, la voz habló nuevamente.

Martín, hay alguien que pagó un precio que tú nunca podrías pagar.

Alguien que tomó el castigo que tú mereces.

Alguien a quien tú blasfemaste, cuyo nombre usaste como maldición.

cuya sangre consideraste mito.

Mi Hijo Jesús murió por tus pecados, incluyendo el pecado del orgullo que te trajo aquí.

Y porque él pagó, hay misericordia disponible incluso para ti.

Hermano, hermana, no tengo palabras en español para describir lo que sentí en ese momento.

Era como si una puerta se abriera en esa oscuridad.

Una luz pequeña al principio comenzó a brillar y esa luz era diferente a cualquier luz terrenal.

No solo iluminaba la oscuridad, la repelía, la hacía retroceder como si la oscuridad tuviera miedo de esa luz.

Y en esa luz vi una figura.

No puedo decir que vi a Jesús con ojos físicos, porque no tenía ojos físicos en ese estado.

Pero vi su presencia, sentí su amor, experimenté su gracia de una manera que ninguna palabra humana puede capturar.

Y lo más impactante, hermano, lo que me quebró completamente, fueron sus manos.

Vi las marcas de los clavos en sus manos.

Las heridas que yo había dicho que eran mito, las cicatrices que yo había argumentado que nunca existieron, estaban allí reales y sangraban por mí.

Por mí el blasfemo, por mí el que quemó su palabra, por mí el que alejó a miles de estudiantes de él.

Jesús fue todo lo que pude susurrar y él extendió su mano hacia mí.

¿Aceptas mi sacrificio, Martín? ¿Aceptas que mi sangre cubra tus pecados? Renuncias a tu orgullo y me aceptas como tu Señor y Salvador.

Y hermano, por primera vez en 40 años, mi respuesta no fue un argumento filosófico, fue una rendición total.

Sí, señor.

Sí.

En el momento que dije esas palabras, hermano, en ese instante de rendición, todo cambió.

La oscuridad huyó como si hubiera sido atravesada por un rayo de sol.

El calor infernal fue reemplazado por una paz que, como dice Filipenses 4 contra 7, sobrepasa todo entendimiento.

Los gritos se desvanecieron, reemplazados por un silencio lleno de esperanza en lugar de desesperación.

Y entonces, hermano, entonces comencé a ascender.

Subí a través de capas de realidad espiritual que no puedo explicar.

Subí más y más rápido hasta que de repente, bruscamente, dolorosamente, desperté.

Mis ojos se abrieron de golpe.

Vi luces brillantes del quirófano cegándome.

Sentí un tubo en mi garganta ahogándome.

Escuché voces gritando.

Está de vuelta.

Tenemos pulso.

El doctor Méndez estaba inclinado sobre mí con lágrimas en los ojos.

Martín, estuviste muerto 15 minutos.

15 minutos completos.

Tu corazón no latía, tu cerebro no tenía oxígeno.

No hay explicación médica para que estés vivo, mucho menos consciente sin daño cerebral.

Intenté hablar, pero el tubo me lo impedía.

Intenté quitármelo, pero las enfermeras sostuvieron mis manos.

Mi mente estaba gritando una sola palabra que necesitaba desesperadamente comunicar.

Jesús, Jesús es real.

El infierno es real.

Todo es real.

Lágrimas corrían por mis mejillas.

El doctor Méndez me miró confundido.

Tranquilo, Martín, sobreviviste.

Estás a salvo.

Pero, hermano, hermana, yo no estaba pensando en mi supervivencia física.

Estaba pensando en los 87 estudiantes que habían visto mi colapso.

Estaba pensando en los miles que habían leído mis libros.

Estaba pensando en las decenas de miles que habían visto mis conferencias en YouTube, donde me burlaba de la fe cristiana.

Estaba pensando en todas las almas que yo había influenciado hacia el mismo destino del que acababa de ser rescatado por pura misericordia inmerecida.

En ese quirófano, con tubos por todas partes, con mi abdomen abierto todavía siendo suturado, hice un voto ante Dios.

Si él me permitía vivir, si me daba fuerzas para recuperarme, dedicaría el resto de mi vida a corregir el daño que había hecho.

Advertiría a todos sobre la realidad del infierno.

Predicaría sobre la gracia de Jesús, que rescata incluso a los blasfemos más arrogantes.

Y hermano, eso es exactamente lo que estoy haciendo ahora 3 años después.

Lo que vas a escuchar en la segunda parte de este testimonio te mostrará cómo Dios transformó al profesor ateo más famoso de Buenos Aires en un testigo de su poder.

Porque esta historia, hermano, está apenas comenzando.

Lo que pasó después de despertar en ese hospital es igualmente sobrenatural y necesitas escucharlo todo.

Hermanos, cuando desperté completamente de la cirugía, lo primero que hice fue pedirle a la enfermera papel y lápiz.

Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el lápiz, pero necesitaba escribir antes de olvidar un solo detalle.

Escribí furiosamente.

Estuve en el infierno.

Vi el tormento.

Escuché los gritos.

Dios es real.

Jesús es real.

Todo en la Biblia es verdad.

La enfermera, Rosa leyó por encima de mi hombro.

Señor Velázquez, ¿necesita que llamemos a un psiquiatra? Negué violentamente con la cabeza, le agarré la mano y le pregunté, “Rosa, ¿usted cree en Jesús?” Ella se sorprendió.

“Sí, Señor, soy cristiana evangélica.

Las lágrimas brotaron de mis ojos.

Entonces, ore por mí ahora mismo.

Acabo de regresar del lugar al que casi fui por toda la eternidad.

Rosa oró conmigo allí mismo en esa habitación de recuperación.

Fue la primera oración cristiana de mi vida a los 43 años.

Al día siguiente, mi esposa Laura vino a visitarme.

Ella estaba pálida, claramente afectada por el susto.

Se sentó al lado de mi cama.

Martín, los doctores dicen que es un milagro que estés vivo.

Estuviste muerto 15 minutos.

Le relaté toda mi experiencia durante media hora.

El descenso, los gritos, el fuego, la voz de Dios, Jesús, la salvación.

Laura me escuchó en silencio, pero vi incredulidad en sus ojos.

Martín, tu cerebro estuvo sin oxígeno.

Es conocido científicamente, que produce alucinaciones vívidas.

Lo que experimentaste fue una alucinación, hermano.

Escuchar mis propios argumentos fue como una bofetada.

No, Laura,” le dije firmemente.

Fue tan real como tú sentada aquí ahora, más real.

” Ella suspiró profundamente.

Pensaba que mi conversión era temporal, efecto del trauma.

Me pidió que esperara, que no tomara decisiones apresuradas, que hablara con un psicólogo.

Pero yo no podía esperar.

Cada hora pensaba en mis estudiantes, en los lectores de mis libros, en las almas que había influenciado hacia el abismo del que acababa de ser rescatado.

El domingo, apenas dos días después de mi muerte clínica, llamé al doctor Méndez a mi habitación.

Doctor, ¿usted es católico, verdad? Él asintió sorprendido.

Voy a la iglesia ocasionalmente.

Le conté mi experiencia completa.

Entonces le pregunté, “Doctor, médicamente hablando, ¿debería yo estar vivo?” El doctor Méndez se sentó pesadamente.

Martín, en 28 años he visto tres casos similares.

Todos tenían daño cerebral severo.

Ninguno volvió a caminar o hablar normalmente.

Pero tú estás consciente, articulado, sin ningún déficit neurológico.

No, médicamente no deberías estar vivo.

¿Es un milagro? pregunté directamente.

Este hombre de ciencia asintió lentamente.

No sé qué más podría hacer.

Le pedí que escribiera un informe médico oficial, detallando lo inexplicable de mi supervivencia.

Él aceptó ese informe se convertiría en prueba poderosa para validar mi testimonio.

El lunes me dieron de alta, físicamente débil, pero espiritualmente más vivo que nunca.

Lo primero que hice al llegar a casa fue ir a mi estudio, las paredes llenas de filosofía materialista, mi laptop donde escribí mis libros blasfemos, fotografías de conferencias donde debatía contra cristianos, sentí náuseas físicas.

Cada libro representaba almas alejadas de la salvación.

Llamé a Laura.

Necesito tu ayuda.

Durante 3 horas saqué 847 libros.

Filosofía atea, crítica bíblica, textos antirreligiosos, los apilas.

Voy a donarlos, pero primero escribiré una advertencia en cada uno sobre las mentiras que contienen.

Laura pensó que había perdido la razón.

Tal vez sí.

Había perdido mi antigua razón materialista y encontrado la verdadera razón.

Jesús, el martes, 4 días después de mi muerte, escribí un correo masivo a tres 00 contactos de la universidad, profesores, estudiantes, exalumnos.

El asunto confesión pública del profesor Martín Velázquez.

Confesé que había mentido durante 15 años, que había enseñado falsedades, que había alejado a estudiantes de Dios deliberadamente.

Relaté mi experiencia completa y terminé.

A cada estudiante que tomó mi clase, a cada persona que leyó mis libros, lo siento profundamente.

Estaba equivocado.

Dios existe.

Jesús es el camino.

El infierno es real y yo estuve allí.

Por favor, no cometan mi error.

No esperen hasta morir para rendir sus vidas a Cristo.

Háganlo hoy.

Presioné enviar.

Laura leyó el correo y lloró.

Acabas de destruir tu carrera.

La universidad te va a despedir.

Le tomé las manos, Laura.

Casi paso la eternidad en el infierno.

Mi carrera no importa, solo importan las almas.

Las respuestas llegaron rápido.

Más de 800 en 24 horas.

Se dividían en tres tipos.

Primero, los burladores, profesores ateos, diciendo que tenía un colapso mental, que necesitaba psiquiatría.

El doctor Torres escribió, “Tu cerebro estuvo sin oxígeno.

Es obvio que sufriste daño cerebral.

Busca ayuda profesional.

Segundo, cristianos emocionados, la profesora María, que había orado 8 años por mí.

Alabado sea Dios, nunca dejé de orar.

Gloria a Jesús.

Carlos, el estudiante a quien humillé en 2015.

Profesor, cuando se burló de mí, lloré durante días, pero seguí orando.

Dios es fiel.

Y tercero, buscadores, estudiantes escribiendo, profesor, soy ateo porque usted me convenció.

Pero si cambió de opinión, tal vez debo reconsiderar.

Esos correos me dieron esperanza.

Dios estaba usando mi testimonio para deshacer el daño.

Establecí reuniones personales con 23 estudiantes interesados.

De esos 2317 oraron conmigo para recibir a Cristo.

Cada alma salvada era una reparación pequeña del daño causado, pero la oposición crecía.

El 3 de septiembre recibí carta oficial de la universidad citándome audiencia disciplinaria, el cargo conducta no profesional y uso inapropiado de recursos universitarios para promover creencias religiosas.

La audiencia fue el 10 de septiembre.

el decano, tres profesores, un abogado.

Me sentaron como acusado.

El decano, que había sido mi mentor, me miró con decepción.

Martín, recibimos 47 quejas sobre tu correo, estudiantes ofendidos, profesores diciendo que dañaste nuestra reputación secular.

¿Qué tienes que decir? Me puse de pie.

Decano, durante 15 años enseñé mentiras aquí.

Enseñé que Dios no existe, que la religión es superstición.

Pero el 23 de agosto morí y lo que experimenté me mostró que cada palabra era mentira peligrosa que podría costar almas su eternidad.

El decano me interrumpió.

Esta es una institución secular.

No puedes evangelizar.

Durante 15 años usé mi posición para desevangelizar, respondí firmemente.

Para arrancar fe de estudiantes cristianos, para burlare de la Biblia, incluso quemándola.

¿Dónde estaba el comité de ética entonces? Está bien ser militantemente ateo, pero no cristiano.

Hay doble estándar.

Silencio denso.

Ladrá.

Reyes habló.

Nadie dice que no puedes ser cristiano personalmente, pero no puedes usar recursos universitarios para promover tu religión.

Dra Reyes, si hubiera enviado un correo diciendo que mi experiencia cercana a la muerte confirmó el ateísmo, estaríamos aquí.

Si hubiera visto la nada confirmando mi materialismo, ¿habría quejas? Ella no respondió.

El decano suspiró.

Puedes mantener tu posición bajo condiciones, no mencionar tu conversión en clases, no usar recursos universitarios religiosamente y disculparte con los ofendidos.

En ese momento tuve que decidir mi futuro.

Oré en silencio.

Señor, ¿qué hago? Sentí claridad.

decano, respeto esta institución donde estudié y enseñé 25 años, pero no puedo aceptar esas condiciones.

No puedo callar sobre lo que experimenté cuando hay almas en juego.

Si Jesús no me hubiera rescatado en el minuto 15, estaría en el infierno ahora.

Y ustedes quieren que me disculpe por advertir a otros.

No puedo, no lo haré.

¿Estás renunciando? Preguntó el decano.

Sí.

Respondí con paz.

Renuncio efectivo inmediatamente.

Salí sin trabajo, sin ingreso, sin la identidad que definió mi vida, pero salí libre.

Esa noche le conté a Laura, ella lloró.

¿Cómo pagaremos la hipoteca? ¿Cómo viviremos? No tenía respuesta.

Solo fe de que Dios que me rescató del infierno, no me abandonaría.

Y esa fe pequeña fue suficiente.

En octubre, el pastor Ricardo Morales me contactó, “Hermano Martín, tu testimonio necesita compartirse ampliamente.

¿Darías tu testimonio en nuestra iglesia?”, acepté inmediatamente.

El 13 de octubre prediqué mi primer sermón en la iglesia Vida Nueva.

320 personas presentes.

Les conté todo sin censura.

Al final hice llamado.

Si eres ateo, dudas de Dios, piensas que el infierno es cuento.

No cometas mi error.

No esperes hasta estar muerto para creer.

Jesús es real.

Su amor está disponible ahora.

43 personas pasaron al frente, 43 entregaron sus vidas a Cristo.

El pastor me abrazó llorando.

Martín, Dios te ha dado un don para alcanzar escépticos, intelectuales, los que piensan ser demasiado inteligentes para creer.

Entendí mi nuevo llamado.

Dios no me rescató para vida cristiana tranquila.

Me rescató para que mi historia fuera advertencia y esperanza.

Durante dos años, mi vida se transformó completamente.

Viajé por Argentina dando testimonio en iglesias, conferencias, universidades.

Mi historia se viralizó.

Un video alcanzó 2.

3 millones de vistas.

Recibí invitaciones para Chile, Uruguay, Paraguay, Perú.

Publiqué del infierno a la gracia que vendió 8900 copias.

Pero lo importante no fueron números, fueron vidas transformadas.

Recibí más de 10 correos de personas que entregaron sus vidas a Cristo después de escuchar mi testimonio.

Ateos, agnósticos, cristianos nominales.

Cada correo recordaba que mi sufrimiento, humillación, pérdida de carrera, todo valió la pena.

Y Laura, mi esposa, fue la conversión más hermosa.

Durante un año se resistió.

insistía que yo tuve alucinación, pero poco a poco, viendo la transformación, viendo frutos del espíritu en mí, su corazón se ablandó.

En septiembre de 2020, exactamente un año después, Laura aceptó a Jesús.

Han pasado 5 años desde aquella tarde cuando morí.

Quiero que sepas algo crucial.

Mi testimonio no es solo historia interesante, es advertencia.

El infierno es real, tan real como la silla donde estás sentado, tan real como el aire que respiras.

No es metáfora, no es estado mental, no es aniquilación, es lugar de tormento consciente y eterno para quienes rechazan a Jesucristo.

Pero también es testimonio de esperanza, porque yo, Martín Velázquez, que quemé biblias, me burlé de cristianos, alejé miles de almas de Dios, fui perdonado, no porque lo mereciera, sino porque Jesús pagó precio que yo nunca podría pagar.

Su sangre cubrió pecados imperdonables.

Y si hay esperanza para mí, hay esperanza para cualquiera.

No importa qué has hecho, no importa cuánto tiempo rechazaste a Dios, Jesús murió por ti.

El mismo Jesús que me rescató en el minuto 15 quiere rescatarte antes de que sea tarde, porque aquí está la verdad aprendida de manera difícil.

Después de la muerte no hay segundas oportunidades.

Hebreos 9:27 dice, “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez y después de esto el juicio.

Si yo no hubiera sido resucitado, estaría en el infierno ahora para siempre.

Por eso, hermano, hermana, si estás escuchando este testimonio y aún no has entregado tu vida a Cristo, quiero hacer algo contigo ahora.

Quiero que ores conmigo.

No importa dónde estés, no importa quién esté contigo.

Cierra tus ojos y repite estas palabras desde tu corazón.

Señor Jesús, reconozco que soy pecador.

He vivido lejos de ti, confiando en mi sabiduría, mi intelecto, mi orgullo, pero hoy renuncio a todo eso.

Creo que eres el Hijo de Dios.

Creo que moriste en la cruz por mis pecados.

Creo que resucitaste al tercer día.

Te pido que entres en mi corazón, que seas mi Señor y Salvador, que me laves con tu sangre preciosa.

Sálvame, Jesús, sálvame del infierno que merezco.

Sálvame para la vida eterna.

En tu nombre oro.

Amén.

Si hiciste esa oración con sinceridad, hermano, acabas de pasar de muerte a vida, de condenación a salvación, de oscuridad a luz.

Los ángeles celebran en el cielo según Lucas 15:10.

Bienvenido a la familia de Dios.

Tu vida cambió para siempre.

Busca una iglesia que predique la Biblia, lee la palabra diariamente.

Ora, congrégate con creyentes.

Nunca olvides de dónde te rescató Jesús.

Comparte este testimonio con alguien que necesita escucharlo.

Tu familiar incrédulo, tu amigo ateo, tu compañero que ha perdido esperanza.

Comenta de qué país o ciudad estás viendo este testimonio.

Queremos orar por ti.

Si ya viviste un milagro, compártelo en los comentarios.

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Testimonios que edificarán tu fe y te recordarán que para nuestro Dios verdaderamente no hay imposibles.

Yo soy Martín Velázquez, del orgullo académico al infierno, del infierno a la gracia, de profesor ateo a testigo de Cristo.

Y si Dios pudo transformarme a mí, puede transformar a cualquiera.

No importa cuán oscura sea tu noche, no importa cuán imposible parezca tu situación, Dios está preparando un amanecer de milagros que llevará tu nombre.

En el nombre poderoso de Jesús, amén y amén.

Gloria a Dios por siempre.

M.