El caso del colapso de la discoteca Jet Set en la República Dominicana ha dado un giro estremecedor tras el impactante testimonio de Gregory Adames, quien compareció en la audiencia preliminar y lanzó acusaciones que podrían cambiar el rumbo del proceso judicial.

Sus declaraciones no solo han reavivado la indignación pública, sino que también colocan nuevamente en el centro de la polémica a Antonio Espaillat y su entorno más cercano.

Según relató Adames, durante ocho años trabajó dentro del establecimiento y fue testigo directo de múltiples fallas estructurales que, con el paso del tiempo, se volvieron cada vez más evidentes y peligrosas.

Filtraciones constantes, desprendimientos del techo y signos claros de deterioro formaban parte del día a día en la discoteca, sin que —según su versión— se tomaran medidas efectivas para corregir la situación.

Lo más alarmante de su testimonio es que asegura haber informado en repetidas ocasiones a los responsables, incluyendo a Antonio Espaillat y Maribel Espaillat.

No se trataba de advertencias vagas: el testigo afirma haber enviado fotos y videos que evidenciaban el deterioro progresivo del techo, materiales cayendo y zonas comprometidas estructuralmente.

A pesar de ello, sostiene que las alertas fueron ignoradas sistemáticamente.

El colapso ocurrido el 8 de abril de 2025 dejó una cifra devastadora de víctimas, con más de 200 personas fallecidas, convirtiéndose en una de las tragedias más impactantes en la historia reciente del país.

Desde entonces, familiares de las víctimas y la opinión pública han exigido respuestas claras sobre las responsabilidades detrás del desastre.

Durante la audiencia, Adames también dejó entrever una posible motivación detrás de la falta de acción: según sus palabras, las reparaciones no se realizaban porque no se quería asumir el costo económico.

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Alegó que existía una preferencia por resolver los problemas mediante intercambios en lugar de pagos directos, lo que habría retrasado —o directamente evitado— intervenciones necesarias para garantizar la seguridad del lugar.

Estas afirmaciones han generado una fuerte reacción en la sociedad dominicana, donde muchos consideran que el caso podría revelar una cadena de negligencias graves.

Más allá del fallo estructural, el foco ahora está en determinar si hubo conocimiento previo del riesgo y, aun así, se decidió no actuar.

El impacto del testimonio también se ha trasladado al ámbito mediático.

Periodistas como José Peguero han amplificado las declaraciones, contribuyendo a que el caso vuelva a ocupar titulares y genere un debate intenso sobre la responsabilidad empresarial y la seguridad en espacios públicos.

Expertos legales señalan que, de confirmarse las acusaciones, podrían configurarse delitos graves relacionados con negligencia criminal.

La clave del proceso estará en verificar la existencia de las pruebas mencionadas —imágenes, comunicaciones y reportes— que respalden la versión del testigo.

Mientras tanto, las familias de las víctimas continúan esperando justicia.

Para muchos, este testimonio representa una esperanza de que finalmente se esclarezcan los hechos y se determinen responsabilidades claras.

Para otros, es una confirmación dolorosa de que la tragedia pudo haberse evitado.

El caso Jet Set ya no es solo una investigación sobre un colapso estructural.

Se ha convertido en un símbolo de las consecuencias que puede tener ignorar advertencias, minimizar riesgos y priorizar intereses económicos por encima de la seguridad humana.

A medida que avance el proceso judicial, todas las miradas estarán puestas en cómo responden los acusados y en si las autoridades logran reconstruir con precisión lo ocurrido.

Lo que está en juego no es solo la verdad, sino también la posibilidad de que una tragedia así no vuelva a repetirse.