Arturo Martínez nació el 23 de enero de 1918 en San Luis Potosí, una tierra rica en cultura pero implacable con quienes nacían sin privilegios.
Desde niño entendió que la pobreza no daba tregua.
Soñaba con escapar, con conquistar algo más grande que las calles polvorientas de su infancia.
Ese sueño fue lo único que llevó consigo cuando, casi sin dinero, subió a un tren rumbo a la Ciudad de México decidido a forzar al destino a mirarlo.
La capital no fue amable.
Sin contactos ni oportunidades, Arturo sobrevivió como pudo.
Fue cargador en el mercado de La Merced, un diablito más entre cientos, con las manos llenas de ampollas y la espalda rota por jornadas interminables.
Por las noches trabajaba como mesero en un boliche, sirviendo tragos a clientes que jamás imaginaron que aquel joven silencioso llevaba dentro un artista desesperado por salir.
Lo único que nunca abandonó fue el baile.
En cada momento libre ensayaba pasos, improvisaba rutinas, bailaba por monedas o simples miradas.
Fue esa obstinación la que cambió su destino cuando Leopoldo Beristáin, el legendario Cuatesón Beristáin, lo vio bailar y reconoció un talento crudo, feroz.
Arturo fue contratado y durante dos años recorrió México y otros países bajo carpas ambulantes, el semillero de las grandes figuras del espectáculo.
El destino volvió a girar en Monterrey.
Durante una función coincidió con Pedro Armendáriz, entonces una estrella en ascenso.
Armendáriz quedó fascinado por la precisión y fuerza escénica de Arturo, al punto de incorporar sus movimientos y llevarlo a Centroamérica.
Esa amistad selló su entrada al cine.
En 1948 debutó en Juan Charrasqueado junto a Miroslava.
Su papel: villano.
El primero de casi doscientos.
Desde ese instante, el cine mexicano encontró el rostro que necesitaba para encarnar la amenaza.
Arturo no actuaba la maldad, la habitaba.
El reconocimiento llegó rápido: nominaciones al Ariel, papeles junto a Armendáriz, Rosario Dúrcal y María Félix.
En La escondida logró algo impensable: intimidar a La Doña.
Un privilegio reservado a muy pocos.
Aceptó el encasillamiento con orgullo.
Creía que el villano debía estar a la altura del héroe.
Junto a Carlos López Moctezuma formó una dupla histórica que definió la villanía cinematográfica.
Sus personajes no eran caricaturas: eran crueles, calculadores, sexuales, peligrosamente humanos.
Su mirada prometía posesión, su voz cortaba como navaja, su sonrisa sugería un destino peor que la muerte.
Participó en casi 200 películas.
Fue sicario, general, juez corrupto, policía brutal, burócrata despreciable.
Incluso cuando bailaba, como en El pecado de Laura junto a Meche Barba, seguía siendo amenazante.
Y cuando dirigió, a partir de 1959, demostró la misma obsesión por el trabajo: 71 películas, entre éxitos, fracasos y cintas de culto que hoy dividen opiniones.
Fuera de pantalla era otro hombre.
Familiar, disciplinado, profundamente leal a su esposa Aurora Sánchez.
Juntos criaron seis hijos que heredaron su oficio.
Miguel Ángel Martínez, conocido como Miguel Mars, se convertiría en una leyenda del cine de acción del videohome.
Arturo Martínez dejó un linaje cinematográfico imposible de ignorar.
En los años 80 se retiró discretamente.
La salud comenzó a fallar.
En septiembre de 1992 fue internado en el Hospital Ángeles.

Sus pulmones, antes poderosos, se rindieron.
El hombre que había dominado el miedo luchaba ahora por respirar.
Murió el 26 de septiembre, en silencio, con su esposa a su lado.
Fue cremado y colocado junto a su hijo Víctor Manuel, fallecido dos años antes.
Padre e hijo reunidos en la muerte.
Hoy, cuando se habla de la época de oro del cine mexicano, su nombre emerge inevitablemente.
No solo como villano, sino como el villano.
Arturo Martínez redefinió la maldad en pantalla.
Vivió sin concesiones, trabajó hasta el agotamiento y murió lejos del estruendo que merecía.
Fue temido, admirado, criticado y, finalmente, olvidado por un tiempo.
Pero su mirada sigue ahí, congelada en celuloide, recordándonos que algunos hombres no nacieron para ser héroes, sino para reinar en la oscuridad.
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