Liga MX: Carlos Reinoso se sincera sobre su adicción a las drogas: "Me  metía 20 pases de coca a diario" | Marcausa

Carlos Enzo Reinoso Valdenegro nació en Santiago de Chile en 1945, lejos del glamour y del privilegio.

Hijo de un trabajador del mármol, creció aprendiendo que nada se regala.

En Audax Italiano comenzó a forjarse como futbolista, entrenando muchas veces con el estómago vacío, pero con una convicción feroz.

En 1968 fue máximo goleador del fútbol chileno siendo mediocampista, una rareza que ya anunciaba algo especial.

El destino le guiñó el ojo cuando, prestado a Colo-Colo, enfrentó al Santos de Pelé y le marcó un gol histórico.

El propio Pelé quiso llevárselo a Brasil.

Incluso después, tras el Mundial de 1974, pasó días negociando con el Real Madrid.

Pero entonces apareció México, apareció el América… y apareció Emilio Azcárraga Milmo.

La oferta fue clara, casi una amenaza.

Si no vienes ahora, no vuelves a jugar.

Reinoso eligió el camino que parecía seguro.

Eligió la fama, el amor, y sin saberlo, también eligió el control.

En el América se convirtió en leyenda.

Más de 360 partidos, 95 goles, campeonatos y un apodo eterno: “El Maestro”.

Su zurda era poesía y guerra al mismo tiempo.

Pero su llegada no fue fácil.

Lo insultaban por chileno, lo llamaban extranjero, lo marginaban.

Un día, cansado, resolvió todo a golpes.

Carlos Reinoso fuera de entrenamientos por enfermedad - ESPN

Desde entonces, lo respetaron… pero nunca terminó de pertenecer.

Fue amado por la afición, pero siempre visto como empleado por el sistema.

Con la selección chilena tampoco hubo paz.

Rivalidades internas, política, dictadura, egos.

Nunca fue capitán.

Nunca lideró una hazaña.

Su carrera internacional se apagó sin ceremonia, atrapada entre el orgullo y la represión.

Al retirarse, parecía lógico que brillara como técnico.

Y así fue.

En 1984 llevó al América a un título histórico ante Chivas, ganando la llamada final del siglo.

Pocos pueden decir que triunfaron en la cancha y en el banquillo.

Pero fuera del estadio, la tormenta ya se estaba formando.

En 1989 probó la cocaína.

Lo que empezó como escape se volvió dependencia.

Llegó a consumir hasta 20 pases diarios.

Dirigía partidos con la droga en el bolsillo.

Tocó fondo.

Un día, temblando en una iglesia, decidió tirar todo por el inodoro.

Fue un inicio, no un milagro.

Recaería años después, cuando una joven de 18 años apareció en su vida diciendo ser su hija.

La vergüenza lo hundió de nuevo.

Esa vez fue internado en Oceánica.

Un mes que le salvó la vida.

Desde entonces permanece sobrio, pero el precio fue alto.

Relaciones dañadas, reputación golpeada, oportunidades perdidas.

Volvió a dirigir, logró ascensos, levantó la Copa MX con Veracruz, pero ya no era el mismo.

El fútbol había cambiado y él no.

Carlos Reinoso lamenta el fallecimiento de polémico personaje de Liga MX

Las acusaciones de Faustino Asprilla, el desastre de su último paso por el América en 2011, sus declaraciones incendiarias, los memes, la pelea pública con José Ramón Fernández… todo fue erosionando su figura.

De ídolo pasó a personaje incómodo.

El club de su vida siguió adelante sin él.

Hoy, con más de 80 años, Carlos Reinoso aparece ocasionalmente en televisión.

Habla con pasión, critica, defiende al América como un padre herido.

Dice que aún sueña con dirigir.

Pero nadie llama.

No hubo partido de despedida.

No hubo homenaje.

No hubo salón de la fama.

Vive en México, el país que lo hizo grande, pero también el que lo dejó atrás.

Quiere que sus cenizas descansen en el Estadio Azteca, el único lugar donde se sintió plenamente aceptado.

Y esa frase, dicha medio en broma, resume toda su vida.

Un hombre que lo dio todo por el fútbol… y terminó viendo cómo el fútbol seguía sin él.