
Cristina Romo Hernández nació en 1941 en San Felipe, Guanajuato, en una pobreza dura, sin adornos ni romanticismo.
Creció aprendiendo a no pedir, a no llorar y a resistir en silencio.
Décadas después diría algo que define toda su obra: “Como nadie me veía, aprendí a ver”.
Esa invisibilidad temprana fue la raíz de su mirada periodística.
Desde niña observó gestos, escuchó conversaciones ajenas, entendió que la vida real ocurría lejos de los reflectores.
La mudanza a la Ciudad de México marcó su destino.
Vivir hacinada, sin privacidad, la llevó a refugiarse en la observación y en las palabras.
No jugaba con juguetes, miraba personas.
Esa sensibilidad la llevó a estudiar Lengua y Literatura Españolas en la UNAM, donde se formó en un ambiente intelectual marcado por el México posterior a 1968, inquieto y politizado.
Para abrirse paso en un medio dominado por hombres, firmó con el seudónimo Juan Ángel Real.
Desde el inicio, su escritura fue distinta: íntima, respetuosa, profundamente humana.
En esos pasillos universitarios conoció a José Emilio Pacheco.
No fue un romance espectacular, sino una complicidad silenciosa entre dos personas que entendían el mundo de la misma forma.
Se casaron en 1965 y compartieron una vida intelectual intensa.
Aunque ambos eran escritores, Cristina vivió durante años a la sombra del prestigio literario de su esposo.
Ella nunca lo reclamó.
Al contrario, reconocía que necesitaba que él la viera.
“Era mi mejor espectador”, diría más tarde.
Cuando José Emilio murió en 2014, algo se quebró en ella.

Siguió trabajando, pero quienes la conocían sabían que nunca volvió a estar completa.
En 1978, Cristina hizo algo revolucionario sin proclamarlo: creó Aquí nos tocó vivir.
Un programa sin espectáculo, sin famosos, sin prisas.
Solo ella, una cámara y personas comunes.
Vendedores ambulantes, obreros, ancianos, migrantes, madres solteras.
Cristina no los entrevistaba desde arriba; se sentaba con ellos, tomaba café, escuchaba durante horas.
Creía que nadie era intrascendente.
Que cada vida merecía ser contada con dignidad.
Durante 45 años, ese programa se convirtió en un archivo vivo del México que no sale en los libros de historia.
Terremotos, crisis económicas, migración, vejez, esperanza.
Todo pasó frente a su micrófono.
Luego llegó Conversando con Cristina Pacheco, donde entrevistó a figuras reconocidas, pero sin cambiar su método.
Trataba a un Premio Nobel igual que a un mecánico.
Su secreto era simple y devastador: escuchar de verdad.
Mientras el mundo televisivo se llenaba de gritos y escándalos, Cristina permaneció intacta.
No buscó fama, no aceptó cargos políticos, no persiguió reflectores.
Su vida era sencilla: escribir, limpiar su casa, cuidar a su perra, leer.
Esa coherencia la volvió irrepetible.
Pero el tiempo no perdona.
El 1 de diciembre de 2023, Cristina apareció por última vez en Conversando.
Algo era distinto.
Sus manos temblaban.
Su voz se quebraba.
Al final, miró a la cámara y habló de “razones de salud serias”.
No explicó más.
No quiso.

Cerró con una frase que hoy duele: “Estaremos juntos siempre”.
No dijo “nos vemos la próxima semana”.
Fue un adiós disfrazado de consuelo.
Veinte días después, el 21 de diciembre, murió en su casa a las dos de la madrugada.
Su hija Laura Emilia reveló después lo que Cristina nunca quiso decir: el cáncer fue diagnosticado apenas semanas antes y fue fulminante.
No quiso hospital.
No quiso máquinas.
Eligió morir en su cama, rodeada de libros y recuerdos, en el mismo espacio donde había vivido con José Emilio.
“Pagó el precio por seguir trabajando”, dijo su hija con una honestidad que estremeció al país.
Cristina sabía que algo no estaba bien desde antes, pero calló.
Temía que, si lo decía en voz alta, todo se detendría.
El programa, la escritura, su sentido de vida.
Eligió seguir escuchando a los demás incluso cuando su propio cuerpo pedía auxilio.
Su muerte fue coherente con su vida: silenciosa, sin espectáculo, sin dramatismo.
Pero el impacto fue inmenso.
Instituciones culturales, periodistas, escritores y políticos la despidieron como una figura irrepetible.
Sin embargo, los homenajes más poderosos vinieron de la gente común.
Personas que alguna vez fueron entrevistadas por ella.
Hijos, nietos, vendedores, trabajadores.
Gente que, gracias a Cristina, se sintió vista.
Cristina Pacheco no dejó monumentos.
Dejó memoria.
Dejó un país que aprendió a mirarse en los márgenes.
Su voz ya no está, pero sigue resonando en cada historia que se atreve a ser contada sin gritar.
Quizá por eso su despedida duele tanto.
Porque incluso al morir, eligió no robarle protagonismo a nadie.
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