
Para comprender lo que ocurrió en 2017, primero hay que entender cómo funciona la costa de la Antártida.
Gran parte del hielo del continente no termina abruptamente en tierra firme.
En cambio, fluye lentamente hacia el océano y se extiende sobre el agua formando enormes plataformas flotantes conocidas como plataformas de hielo.
Estas gigantescas losas actúan como muros naturales.
Su peso y fricción ayudan a frenar el movimiento de los glaciares que fluyen desde el interior del continente hacia el mar.
Una de esas plataformas era Larsen C.
Con un área de aproximadamente 15,000 millas cuadradas, era una de las plataformas de hielo más grandes de la Antártida.
Durante décadas actuó como una barrera que mantenía relativamente estable el flujo de hielo de la península antártica.
Pero los satélites comenzaron a detectar algo inquietante.
A principios de la década de 2010 apareció una grieta enorme atravesando la plataforma.
Durante años avanzó lentamente, pero alrededor de 2014 comenzó a crecer con mucha más rapidez.
Cada nueva imagen satelital mostraba la grieta extendiéndose más.
Hasta que finalmente ocurrió lo inevitable.
En julio de 2017, el bloque se desprendió por completo y formó el iceberg A68, con una superficie de más de 2,200 millas cuadradas y una masa superior a un billón de toneladas.
Cuando el hielo se separó, los científicos dirigieron inmediatamente su atención a lo que había quedado atrás.
Porque detrás del hielo recién desprendido había un territorio que llevaba miles de años oculto.
Las mediciones satelitales comenzaron a revelar cambios en la velocidad del hielo, el grosor de la plataforma restante y la dinámica de los glaciares cercanos.
Sensores GPS colocados sobre el hielo registraban movimientos milimétricos que permitían entender cómo respondía el sistema.
Pero mientras los investigadores estudiaban esta región, otra preocupación aún mayor estaba creciendo en el otro lado del continente.
Allí se encuentra el glaciar Thwaites, uno de los glaciares más grandes y preocupantes del planeta.

Este gigantesco río de hielo drena una enorme parte de la capa de hielo de la Antártida occidental hacia el mar de Amundsen.
Debido a su tamaño y a su rápida aceleración, muchos científicos lo han apodado “el glaciar del juicio final”.
Los datos satelitales muestran que su frente ha estado retrocediendo durante décadas.
Pero lo más alarmante se descubrió en 2019.
Un estudio dirigido por la NASA detectó una cavidad gigantesca debajo del glaciar, justo donde el hielo comienza a flotar sobre el océano.
La cavidad tenía casi 300 metros de altura y un tamaño aproximado de dos tercios de Manhattan.
En solo unos pocos años, alrededor de 14 mil millones de toneladas de hielo habían desaparecido de esa zona.
El responsable era el océano.
Agua relativamente cálida del océano profundo estaba infiltrándose bajo el glaciar y derritiéndolo desde abajo.
Para investigar más a fondo, los científicos enviaron submarinos robóticos autónomos bajo el hielo.
Uno de ellos era un vehículo llamado Ran, un robot submarino de siete metros de largo diseñado para explorar regiones inaccesibles.
Durante una misión particularmente larga, el robot viajó durante casi un mes bajo la plataforma de hielo, recorriendo cientos de kilómetros en total oscuridad.
Los sensores del robot midieron temperatura, salinidad y niveles de oxígeno en el agua.
Los datos confirmaron que corrientes de agua oceánica ligeramente más cálidas estaban penetrando bajo el hielo a través de canales submarinos.
Aunque esa agua apenas superaba el punto de congelación, era suficiente para derretir lentamente el hielo desde abajo.
Pero quizá lo más sorprendente no estaba en el hielo ni en el océano.
Estaba bajo el continente mismo.
Durante décadas, los científicos han utilizado radares capaces de penetrar el hielo para mapear el paisaje enterrado bajo la Antártida.
El resultado fue sorprendente.
Debajo de la capa de hielo existe un continente completo con montañas, valles, cañones y cuencas profundas.
Uno de los descubrimientos más impresionantes ocurrió bajo el glaciar Denman, donde los investigadores identificaron una trinchera rocosa que desciende hasta unos 3,500 metros bajo el nivel del mar.
Eso lo convierte en el punto más profundo conocido en tierra firme del planeta.
Pero el paisaje oculto no es lo único extraordinario.
También existe agua líquida atrapada bajo kilómetros de hielo.
Hoy se conocen más de 675 lagos subglaciales bajo la Antártida.
El más famoso es el lago Vostok.
Este enorme lago se encuentra bajo casi cuatro kilómetros de hielo y tiene aproximadamente 250 kilómetros de longitud.
Durante millones de años ha estado completamente aislado de la atmósfera.
Cuando los científicos comenzaron a estudiar estos lagos, pensaron que probablemente estarían casi estériles.
Las condiciones parecían imposibles para la vida: oscuridad total, temperaturas cercanas al congelamiento y presión extrema.
Pero estaban equivocados.
En el lago subglacial Whillans, perforado en 2013 mediante un sistema de perforación con agua caliente, los investigadores descubrieron una comunidad sorprendentemente rica de microorganismos.
Cada mililitro de agua contenía más de 100,000 células microbianas.
Y no eran solo unas pocas especies.
Había miles.
Estos organismos no dependen de la luz solar.
En cambio, obtienen energía de reacciones químicas con compuestos como hierro, azufre, amonio o metano presentes en el agua y los sedimentos.
Este tipo de ecosistema se conoce como quimiosíntesis.
En esencia, es una forma de vida que funciona sin luz, alimentada únicamente por química.
El descubrimiento tiene implicaciones enormes.
Si la vida puede prosperar en ambientes tan extremos en la Tierra, es posible que también pueda existir en lugares similares en otros mundos.
Por ejemplo, lunas heladas como Europa, de Júpiter, o Encélado, de Saturno, poseen océanos ocultos bajo capas de hielo.

Por eso los científicos utilizan los lagos subglaciales de la Antártida como campo de pruebas para futuras misiones espaciales.
Pero quizá el descubrimiento más sorprendente de todos está en el pasado de este continente.
Porque la Antártida no siempre fue un desierto congelado.
Hace cientos de millones de años, este lugar estaba cubierto de bosques.
Los geólogos han encontrado troncos fósiles y tocones de árboles que crecieron allí hace más de 200 millones de años.
Durante el periodo Cretácico, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra, la Antártida tenía un clima templado y húmedo.
Bosques densos, ríos y pantanos cubrían el continente.
Incluso a latitudes polares, las temperaturas eran lo suficientemente cálidas para sostener ecosistemas completos.
El cambio comenzó hace unos 30 a 40 millones de años.
A medida que los continentes se separaban, se abrió un paso oceánico alrededor de la Antártida.
Esto permitió que se formara la Corriente Circumpolar Antártica, un enorme cinturón de agua fría que rodea el continente.
Esa corriente aisló térmicamente a la Antártida del resto del planeta.
Y con el tiempo, el hielo comenzó a dominar el paisaje.
Hoy ese hielo guarda uno de los entornos más extraños y menos explorados de la Tierra.
Un continente oculto bajo kilómetros de hielo, con lagos sellados durante milenios, ecosistemas que viven en completa oscuridad y paisajes que nadie había visto durante millones de años.
Y cada vez que una grieta en el hielo se abre…
ese mundo secreto vuelve a revelarse un poco más.
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