La historia detrás de la Piedra Rosetta - Infobae

Todo comenzó en el verano abrasador de 1799.

Egipto estaba bajo ocupación francesa.

El ejército de Napoleón Bonaparte se encontraba construyendo fortificaciones y excavando posiciones defensivas a lo largo del país.

En un pequeño pueblo llamado Rashid, conocido por los europeos como Roseta, un joven oficial de ingeniería llamado Pierre-François Bouchard supervisaba trabajos de reparación en una

antigua fortaleza otomana llamada Fuerte Julián.

Mientras los soldados desmontaban un muro deteriorado, apareció algo extraño entre los bloques de piedra.

Era una losa oscura cubierta con filas de símbolos.

Bouchard entendió inmediatamente que aquello no era un simple fragmento de construcción.

Ordenó detener la demolición y trasladar cuidadosamente la piedra para que pudiera ser examinada.

Aquella decisión cambiaría la historia de la arqueología.

La piedra resultó ser un fragmento de una estela antigua grabada más de 2,000 años antes.

Su importancia se debía a algo extraordinario: el mismo texto aparecía tres veces, escrito en tres sistemas diferentes.

En la parte superior estaban los jeroglíficos sagrados utilizados en templos.

En el centro aparecía el demótico, el lenguaje cotidiano del Egipto de la época.

Y en la parte inferior se encontraba el griego antiguo.

El mensaje era un decreto emitido por sacerdotes en honor al joven faraón Ptolomeo V alrededor del año 196 a.C.

Durante siglos, los jeroglíficos habían sido un misterio total.

Nadie sabía cómo leerlos.

Pero el griego sí podía entenderse.

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Ese detalle convirtió a la Piedra de Roseta en una especie de diccionario antiguo.

A principios del siglo XIX, el lingüista británico Thomas Young comenzó a comparar los nombres griegos con símbolos en los jeroglíficos.

Observó que algunos grupos de signos estaban encerrados dentro de formas ovaladas conocidas hoy como cartuchos.

Dentro de uno de ellos logró identificar el nombre “Ptolomeo”.

Ese pequeño descubrimiento cambió todo.

Pero el verdadero avance llegó en 1822 cuando el joven erudito francés Jean-François Champollion anunció que había descifrado el sistema jeroglífico.

Utilizando su conocimiento del copto —la última forma viva del idioma egipcio antiguo— demostró que los jeroglíficos no eran simples símbolos místicos.

Eran un sistema complejo que combinaba imágenes, sonidos y conceptos.

La lengua del antiguo Egipto había vuelto a la vida.

Sin embargo, la piedra seguía siendo un rompecabezas incompleto.

La parte superior estaba gravemente dañada.

Muchas líneas jeroglíficas se habían perdido.

El texto demótico también tenía secciones borradas, y el texto griego estaba roto en diagonal.

Durante más de dos siglos, los historiadores reconstruyeron el mensaje comparándolo con otras copias del mismo decreto encontradas en templos egipcios.

Pero aún quedaban vacíos.

Entonces llegó una nueva herramienta: la inteligencia artificial.

El primer paso fue crear una versión digital extremadamente detallada de la piedra.

Los investigadores fotografiaron su superficie miles de veces utilizando iluminación desde diferentes ángulos.

Al combinar todas esas imágenes, crearon un modelo tridimensional microscópico.

Cada pequeño surco, cada rasguño y cada marca dejada por el cincel antiguo quedó registrado digitalmente.

Después utilizaron imágenes hiperespectrales.

Este tipo de fotografía captura cientos de longitudes de onda de luz, incluidas algunas invisibles para el ojo humano.

Gracias a esto, los investigadores pudieron detectar restos de pigmento antiguo ocultos en los surcos de los jeroglíficos.

Incluso cuando el color parecía haber desaparecido por completo, los sensores podían revelar su presencia.

Pero el paso más revolucionario fue el uso de inteligencia artificial.

Los científicos entrenaron modelos de aprendizaje automático con miles de imágenes de jeroglíficos.

El sistema aprendió a reconocer cada símbolo: aves, serpientes, juncos, ojos y figuras humanas.

Después de entrenarse, el modelo podía identificar automáticamente los signos en la superficie de la piedra, incluso cuando estaban parcialmente dañados.

Sin embargo, reconocer los símbolos era solo el comienzo.

La siguiente tarea era comprender el lenguaje.

Para ello se utilizaron modelos de inteligencia artificial similares a los que hoy se emplean en traducción automática.

Estos sistemas analizan enormes colecciones de textos para aprender patrones.

Así descubren qué palabras o símbolos suelen aparecer juntos.

Por qué la piedra Rosetta está en tres idiomas

Cuando el texto tiene un espacio perdido, el modelo puede analizar el contexto y sugerir qué signos probablemente estaban allí.

Además, la inteligencia artificial podía comparar el texto con otras copias del mismo decreto encontradas en templos como los de Nubira o Filae.

Lo que antes requería semanas de comparación manual ahora podía hacerse en segundos.

Pero lo más interesante no fue solo reconstruir las palabras.

Fue comprender mejor el mensaje.

Cuando las líneas perdidas se completaron, el decreto reveló algo muy claro: no era simplemente propaganda religiosa.

Era un acuerdo político.

En el antiguo Egipto, los templos eran instituciones extremadamente poderosas.

Controlaban enormes extensiones de tierra, riqueza y trabajadores.

El joven rey Ptolomeo V necesitaba su apoyo.

El decreto describe una serie de concesiones del rey: reducción de impuestos, donaciones de tierras, liberación de prisioneros y privilegios especiales para los templos.

A cambio, los sacerdotes prometían algo igualmente valioso.

Celebraciones, rituales y ceremonias que presentarían al rey como un gobernante elegido por los dioses.

Su cumpleaños sería celebrado en templos.

Su imagen sería venerada junto a las divinidades.

Su nombre sería cantado en ceremonias religiosas.

Era política grabada en piedra.

Las nuevas reconstrucciones también sugieren algo sorprendente sobre el origen del texto.

Muchos investigadores ahora creen que el decreto fue escrito primero en demótico, el idioma cotidiano de los administradores egipcios.

Después fue traducido al griego y al lenguaje jeroglífico ceremonial.

Esto revela que la versión egipcia no era simplemente simbólica o ritual.

Era un documento administrativo real con peso legal.

Hoy, más de dos siglos después de su descubrimiento, la Piedra de Roseta sigue siendo un puente entre mundos.

Primero ayudó a los humanos a redescubrir un idioma perdido.

Ahora, gracias a la inteligencia artificial, está revelando detalles aún más profundos sobre cómo funcionaba realmente el poder en el antiguo Egipto.

Una voz de hace más de 2,000 años…

que finalmente está hablando con claridad otra vez.