
En el México que emergía de la Revolución, la sangre todavía estaba fresca en la tierra.
Un millón de muertos habían dejado un país roto, gobernado por hombres que aprendieron que el poder no se ganaba con ideales, sino con violencia y dinero.
En ese contexto apareció Abelardo Rodríguez Luján, un joven sin estudios formales, pero con un talento excepcional para entender cómo funcionaba el verdadero poder.
Nombrado jefe militar y luego gobernador del territorio norte de Baja California, Rodríguez llegó a una frontera convertida en paraíso del vicio gracias a la Ley Seca estadounidense.
El alcohol se volvió oro líquido y Tijuana, el punto perfecto para explotarlo.
Pero Rodríguez no se limitó a tolerar el negocio: lo institucionalizó.
Compró tierras a precios ridículos, controló permisos, licencias, inspecciones y convirtió el territorio en su feudo personal.
El Casino Agua Caliente fue su obra maestra.
Construido entre 1927 y 1928, el complejo era un monumento al exceso: hotel de lujo, casino, hipódromo, campo de golf y jardines que devoraban agua en pleno desierto.
Todo brillaba.
Todo deslumbraba.
Pero debajo del mármol italiano y los vitrales europeos corrían ríos invisibles de whisky de contrabando, heroína procesada en laboratorios clandestinos y dólares estadounidenses lavados con absoluta impunidad.
Los socios visibles eran empresarios norteamericanos conocidos como los Border Barons.
El socio real era el gobernador.
Nada se movía sin su autorización.
Archivos históricos y testimonios posteriores describen reuniones nocturnas donde se repartían ganancias en efectivo, mientras inspectores miraban hacia otro lado y la ley se convertía en una ficción decorativa.
Las conexiones no terminaban en la frontera.
Documentos desclasificados en Estados Unidos y producciones como Embajadores de la mafia de The History Channel señalan vínculos entre Rodríguez y figuras como Lucky Luciano y Al Capone.
Para la mafia, México era refugio y ruta.
Para Rodríguez, era negocio y escalera política.
La ironía es brutal.
El mismo hombre que protegía casinos, burdeles y tráfico de drogas fue impulsado al centro del poder nacional tras el asesinato de Álvaro Obregón en 1928.
Bajo el Maximato de Plutarco Elías Calles, México fue gobernado por presidentes controlados desde las sombras.
En 1932, Abelardo Rodríguez fue elegido presidente sustituto.
No por voto popular real, sino por aplausos coordinados.
Desde Palacio Nacional, Rodríguez hizo lo impensable: combinó reformas sociales con negocios criminales.
Estableció el salario mínimo, inauguró el Palacio de Bellas Artes y promovió educación socialista, mientras simultáneamente consolidaba su control sobre casinos en el centro del país y utilizaba recursos públicos para construir carreteras que beneficiaban directamente a sus propiedades privadas.
El Estado se volvió extensión de sus intereses.
El presupuesto público, una herramienta personal.
Nadie investigó.
Nadie preguntó.
Porque el sistema estaba diseñado para protegerse a sí mismo.
Todo cambió con la llegada de Lázaro Cárdenas en 1934.
El nuevo presidente rompió con Calles, desmanteló el Maximato y prohibió los casinos.
Agua Caliente cerró sus puertas en enero de 1935.
El imperio del vicio se derrumbó en semanas.
Pero Rodríguez, a diferencia de su mentor, no fue exiliado ni juzgado.
Se retiró en silencio, llevando consigo su fortuna y sus secretos.
El casino fue transformado en escuela.
Un acto simbólico, casi cínico: donde antes se apostaban fortunas manchadas de sangre, ahora se enseñaban matemáticas y literatura.
Pero el edificio nunca fue inocente.
En 1947, durante excavaciones, se encontraron tres esqueletos humanos enterrados bajo el concreto del antiguo casino.
No hubo investigación.
No hubo nombres.
No hubo justicia.
Solo silencio.
Abelardo Rodríguez murió en 1967, rico, respetado y sin rendir cuentas.
Hoy, su nombre corona el aeropuerto internacional de Tijuana.
Millones lo pronuncian sin saber que honra a un hombre que normalizó la corrupción al más alto nivel.
Su legado no es solo histórico, es estructural.
Demostró que en México se puede traicionar los ideales revolucionarios, pactar con criminales y aun así ser recordado como modernizador.
El Casino Agua Caliente no está maldito por fantasmas.
Está maldito por la impunidad.
Por los cuerpos sin nombre.
Por la historia maquillada.
Es un espejo incómodo de un país que prefirió construir sobre el olvido.
Y mientras ese espejo siga en pie, la traición de Abelardo Rodríguez seguirá siendo parte viva del presente.