
Margarito Esparza Nevares nació en 1936 en San Ignacio, Sinaloa, diagnosticado desde niño con enanismo hipofisario, una condición poco comprendida en una época que no estaba hecha para la inclusión, sino para el espectáculo.
Su cuerpo creció poco, apenas alcanzó los 70 centímetros, pero su vida estuvo marcada por una exposición constante.
Desde joven entendió que su diferencia física podía abrirle una puerta en el mundo del entretenimiento, aunque el precio fuera alto.
En los años cincuenta comenzó a aparecer en el cine mexicano, casi siempre sin crédito, casi siempre como fondo visual, como elemento cómico.
Compartió pantalla con figuras legendarias como Tin Tan, apareciendo en películas de la época de oro donde su presencia era celebrada, pero rara vez respetada como la de un actor completo.
No era un personaje, era un recurso.
La televisión reforzó ese papel.
En programas infantiles como Los juguetes de Gamboín, fue presentado literalmente como un objeto: un juguete viviente dentro de una caja.
Esa imagen, que muchos recuerdan con nostalgia, definió el resto de su carrera.
Margarito no era invitado por su talento, sino por su tamaño.
Y él lo sabía.
Detrás de la risa, la vida se volvía cada vez más dura.
En 1960 perdió a sus padres, su principal red de apoyo.
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A partir de ahí, su presencia en medios se volvió intermitente.
Durante años desapareció casi por completo del radar público.
El hombre que había sido visto por millones comenzó a volverse invisible.
En los años setenta se mudó a El Salvador, se casó y tuvo tres hijos.
Intentó construir una vida fuera del foco, cantando en bares, actuando como extra, sobreviviendo.
Pero la estabilidad nunca llegó.
La fama que alguna vez tuvo no se tradujo en seguridad económica.
Las tensiones familiares, la frustración y la burla constante terminaron por romper el matrimonio.
Margarito regresó solo a México, sin ahorros y sin futuro claro.
Lo que siguió fue un descenso lento y cruel.
Cantó en las calles, en el metro, en plazas públicas.
Dormía donde podía, se mudaba constantemente por no poder pagar renta.
Aunque muchos lo reconocían, pocos lo ayudaban.
La televisión solo volvió a buscarlo cuando su imagen volvió a ser “útil”.
A finales de los noventa fue “rescatado” por programas de comedia que lo exhibieron nuevamente, pero bajo un humor cada vez más agresivo.
Lo metían en utilería gigante, lo cargaban, lo encerraban en refrigeradores falsos.
El público reía.
Él cobraba cheques pequeños.
Sabía que se burlaban, pero necesitaba comer.

Con el paso del tiempo, incluso ese espacio se cerró.
Para 2013 ya no era llamado.
Su salud se deterioró, sus ingresos desaparecieron.
En 2015 fue desalojado.
Un video suyo, sentado en la banqueta con sus cosas en bolsas, se volvió viral.
México volvió a mirarlo… solo para sentir lástima momentánea.
En mayo de 2016 viajó a Puebla para presentarse en una feria.
Llovía.
Se enfermó.
Días después fue hospitalizado con neumonía.
Antes de morir, una foto suya en la cama del hospital comenzó a circular en redes sociales.
Frágil, con oxígeno, convertido una vez más en imagen pública sin protección.
Murió el 15 de mayo de 2016 a los 79 años.
Paro cardíaco secundario a neumonía.
Solo.
Sin homenajes oficiales.
Sin grandes despedidas.
Fue enterrado en silencio.
Margarito participó en más de 70 películas, hizo reír a generaciones, fue reconocido en la calle durante décadas.
Pero el sistema nunca lo cuidó.
La fama no le dio dignidad.
El aplauso no le dio seguridad.
Su historia deja una pregunta incómoda: ¿reímos con él… o de él?
Porque al final, Margarito no murió solo de neumonía.
Murió de olvido.
Y eso, quizá, es lo más trágico de todo.
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