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Entre todas las lunas de Júpiter, ninguna es tan salvaje como Io.

Este pequeño mundo es el objeto más volcánico de todo el sistema solar.

Su superficie está cubierta por cientos de volcanes activos que expulsan lava y gases sulfurosos constantemente, creando columnas que pueden elevarse hasta 100 kilómetros sobre el terreno.

Las imágenes captadas por la misión Juno muestran un paisaje que parece un infierno cósmico: lagos de magma incandescente, montañas volcánicas gigantes y extensos campos de lava que transforman continuamente la superficie.

Lo más sorprendente es que Io prácticamente no tiene cráteres de impacto.

Esto ocurre porque su superficie se renueva constantemente.

Cada erupción cubre el terreno antiguo con nuevos flujos de lava, borrando cualquier cicatriz del pasado.

La razón de esta actividad extrema no se encuentra en el interior de Io solamente, sino en la poderosa gravedad de Júpiter.

El planeta gigante ejerce una atracción enorme sobre su pequeña luna, estirándola y comprimiéndola constantemente.

Este fenómeno se conoce como calentamiento por mareas.

Cada vez que Io orbita alrededor de Júpiter, su interior se deforma ligeramente.

Esa deformación genera fricción interna, lo que produce cantidades colosales de calor.

El resultado es un mundo que literalmente se derrite desde dentro.

Además, las lunas vecinas Europa y Ganímedes también contribuyen a esta danza gravitacional, aumentando las tensiones internas que mantienen a Io en erupción permanente.

Uno de los volcanes más famosos de Io es Prometeo, cuyas columnas de gas y polvo se elevan decenas de kilómetros en el cielo oscuro.

Otro gigante es Loki Patera, un lago de magma de más de 200 kilómetros de diámetro, considerado uno de los lugares volcánicos más activos del sistema solar.

Sin embargo, Io no es la única luna extraordinaria en el sistema joviano.

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A pocos cientos de miles de kilómetros de distancia se encuentra Europa, un mundo completamente diferente.

A primera vista parece una esfera blanca y tranquila cubierta por hielo.

Pero bajo esa superficie helada se esconde uno de los secretos más fascinantes del sistema solar.

Los científicos creen que Europa alberga un océano global de agua líquida bajo su corteza helada.

Las mediciones del campo magnético y las observaciones de la superficie sugieren que este océano podría tener más de 100 kilómetros de profundidad.

En total, podría contener más agua que todos los océanos de la Tierra juntos.

La superficie de Europa está atravesada por enormes fracturas llamadas líneas de tigre, largas grietas que se extienden por miles de kilómetros.

Estas fracturas se forman porque la gravedad de Júpiter también estira y comprime la luna, provocando movimientos en la corteza de hielo.

En algunos casos, los telescopios espaciales han detectado plumas de vapor de agua que parecen salir desde estas grietas, lo que sugiere que el océano subterráneo podría estar conectado con la superficie.

Lo que realmente entusiasma a los científicos es la posibilidad de que en el fondo de ese océano existan fuentes hidrotermales, similares a las que se encuentran en los océanos terrestres.

En la Tierra, estos ambientes albergan ecosistemas completos que sobreviven sin luz solar, alimentados únicamente por energía química.

Si procesos similares ocurren en Europa, la vida podría existir allí.

Otra luna fascinante es Ganímedes, el satélite natural más grande del sistema solar.

De hecho, es más grande que el planeta Mercurio.

Pero su tamaño no es lo único que lo hace especial.

Ganímedes es la única luna conocida que posee su propio campo magnético.

Esto crea auroras espectaculares cerca de sus polos, similares a las auroras boreales de la Tierra.

Los datos recopilados por las misiones espaciales sugieren que bajo su superficie también podría existir un enorme océano de agua salada.

Este océano estaría atrapado entre capas de hielo a gran profundidad, formando una estructura interna compleja que podría extenderse cientos de kilómetros hacia el interior.

La presencia de agua líquida en varias lunas de Júpiter ha cambiado radicalmente la forma en que los científicos buscan vida en el sistema solar.

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Durante mucho tiempo se pensó que solo los planetas dentro de la zona habitable —la región donde el agua puede existir en estado líquido— podían albergar vida.

Pero los océanos ocultos bajo capas de hielo demuestran que el calor interno generado por fuerzas gravitacionales puede crear ambientes habitables incluso lejos del Sol.

Mientras tanto, el propio Júpiter sigue revelando sorpresas.

La misión Juno ha descubierto que en los polos del planeta existen enormes ciclones organizados en patrones geométricos.

En el polo norte, varios ciclones gigantes rodean una tormenta central formando una estructura estable que ha persistido durante años.

Cada uno de estos sistemas meteorológicos es tan grande que podría engullir completamente la Tierra.

A diferencia de los huracanes terrestres, que desaparecen después de unos días o semanas, estas tormentas pueden durar décadas.

Los instrumentos de microondas de Juno también han revelado que muchas de estas tormentas se extienden más de 300 kilómetros hacia el interior del planeta, mostrando que la atmósfera de Júpiter es mucho más profunda y compleja de lo que se pensaba.

Otro descubrimiento sorprendente es la cantidad de agua en la atmósfera del planeta.

Las mediciones indican que algunas regiones ecuatoriales contienen concentraciones de agua varias veces superiores a las del Sol.

Este dato es crucial para comprender cómo se formó Júpiter y cómo evolucionó el sistema solar en sus primeras etapas.

Cada nuevo sobrevuelo de Juno aporta más información sobre este gigante gaseoso y su extraordinario sistema de lunas.

Pero quizás lo más emocionante es lo que aún no hemos descubierto.

En las profundidades de los océanos ocultos de Europa y Ganímedes, en las fracturas heladas de mundos lejanos y en los misteriosos procesos internos de estos satélites, podría encontrarse la respuesta a una de las preguntas más antiguas de la humanidad.

Si la vida puede surgir en lugares tan extremos como estos, entonces el universo podría estar lleno de mundos habitados esperando ser descubiertos.

Y Júpiter, con su corte de lunas salvajes y océanos ocultos, podría ser uno de los primeros lugares donde encontremos esa prueba.