
La mente humana está diseñada para pensar en términos de causa y efecto.
Todo lo que conocemos empieza y termina.
Las estrellas nacen y mueren.
Las civilizaciones se levantan y caen.
Incluso el universo, según la ciencia moderna, tuvo un inicio: el Big Bang, hace unos 13.
700 millones de años, cuando el tiempo, el espacio y la materia surgieron simultáneamente.
Pero aquí aparece el muro.
La ciencia puede describir lo que ocurrió desde ese instante inicial, pero no puede decir qué había “antes”, porque el antes mismo no existía.
El tiempo nació con el universo.
Preguntar qué ocurrió antes del tiempo es como preguntar qué hay al norte del Polo Norte.
La pregunta se destruye a sí misma.
La Biblia parece adelantarse a este dilema.
En Génesis 1:1 no se presenta a Dios como parte del cosmos, sino como su causa.
Dios no está dentro del tiempo; el tiempo está dentro de lo que Dios creó.
No habita el espacio; el espacio existe porque Él lo llamó a la existencia.
Esto explica por qué la pregunta “¿quién creó a Dios?” parte de una premisa equivocada.
No todo necesita una causa.
Solo lo que comienza a existir la necesita.
Dios, según la Escritura, no comenzó a existir.
Es un ser necesario, no contingente.
No puede no existir.
Su existencia no depende de nada externo.

Cuando Moisés preguntó por el nombre de Dios, la respuesta fue desconcertante: “Yo soy el que soy”.
No “yo fui” ni “yo seré”.
Yo soy.
Existencia pura, presente eterno, sin pasado ni futuro.
Un ser que no evoluciona, no aprende y no cambia, porque ya es plenamente todo lo que puede ser.
Antes de la creación no había espacio donde Dios pudiera “estar”.
No había tiempo en el que pudiera “esperar”.
No había materia que pudiera “usar”.
Solo existía Dios en la plenitud de su ser.
Y aquí surge una revelación crucial: Dios no estaba solo.
La Biblia presenta a Dios como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Tres personas, una sola esencia.
Antes de que existiera el universo, ya existía comunión.
Amor circulando eternamente entre las personas divinas.
Por eso Dios no creó por necesidad ni por soledad.
Creó por desbordamiento.
Este punto es clave.
Si Dios fuera una sola persona, el amor no podría existir antes de la creación.
Pero en la Trinidad, el amor es eterno.
El Padre ama al Hijo, el Hijo glorifica al Padre, el Espíritu es el vínculo de ese amor.
La creación no añadió nada a Dios.
Fue un acto libre, no una carencia.
La ciencia moderna, curiosamente, apunta hacia este misterio.
Las constantes del universo están finamente ajustadas con una precisión tan extrema que una mínima variación haría imposible la vida.
Algunos científicos proponen el multiverso para evitar la idea de un diseñador.
Pero eso solo traslada la pregunta: ¿quién estableció las leyes que permiten múltiples universos?
La Biblia responde sin rodeos: Dios no necesita explicación porque Él es la explicación.
No es parte de la cadena de causas.
Es la fuente de toda causalidad.
Como la mano que sostiene el lápiz no forma parte de la línea que dibuja, Dios no forma parte del universo que crea.
Antes de la creación, Dios existía en lo que los teólogos llaman eternidad, no como tiempo infinito, sino como ausencia total de tiempo.
No una línea interminable, sino un presente eterno.
En ese estado, la decisión de crear no fue un evento cronológico, sino una expresión eterna de su voluntad que se manifestó en el primer instante del tiempo.
Y cuando ese instante llegó, Dios no luchó, no experimentó esfuerzo, no usó materia preexistente.
Habló.
“Sea la luz”.
Y la luz fue.

No transformación, sino creación desde la nada.
No magia, sino omnipotencia.
Este mismo Dios eterno es el que, según el cristianismo, entró en su propia creación.
El Verbo por quien todo fue hecho se hizo carne.
El infinito se hizo finito.
El eterno entró en el tiempo.
Jesús no revela un Dios diferente.
Revela quién Dios siempre ha sido.
Por eso, cuando vemos a Jesús amar, perdonar, llorar y sacrificarse, estamos viendo el corazón eterno de Dios.
El Dios que existía antes de la creación es el mismo que murió en una cruz por amor.
La encarnación no fue un plan improvisado.
La Biblia afirma que Cristo fue destinado desde antes de la fundación del mundo.
Al final, la pregunta “¿quién era Dios antes de la creación?” no nos conduce a una fórmula matemática ni a una respuesta cerrada.
Nos conduce al asombro.
A reconocer los límites de la razón humana y la profundidad de un misterio que no puede ser agotado.
La Escritura no nos invita a comprenderlo todo, sino a confiar.
No a dominar el misterio, sino a entrar en relación con Él.
Porque conocer a Dios no es resolverlo, sino encontrarse con Él.
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