Un niño pasó corriendo, una mujer rió, un hombre cargaba leña, nada extraordinario. Y sin embargo, todo lleno de sentido.

Ahí entendí algo que no supe ver antes. Jesús no vino a cambiar el orden visible.

Vino a mostrar lo que estaba oculto debajo de él. Y quien lo ve ya no puede vivir igual.

Me levanté, respiré, miré una última vez el lugar y sin necesidad de palabras supe que no había sido un arresto, había sido un encuentro.

Uno que no terminó en la celda ni en la desaparición. Ni en la caída de un hombre, sino en algo más profundo, algo que no se puede encerrar, no se puede forzar, no se puede explicar completamente, pero se puede vivir y eso es suficiente porque hay verdades que no necesitan ser defendidas, solo reconocidas.

Y cuando eso ocurre, todo cambia, aunque nada alrededor se mueva, aunque nadie más lo note, aunque el mundo siga igual, porque el verdadero cambio no empieza afuera, empieza donde nadie más puede ver.

Y una vez que comienza, no se detiene nunca.

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