Pausa. Cada año un técnico venía y lo afinaba. Nunca lo toqué. Hasta que te enseñé los cuatro acordes otra vez.
Hasta que me enseñaste los cuatro acordes otra vez. El piano seguía sonando desde la sala.
Cuatro acordes que habían sobrevivido 20 años en la memoria de dos personas que no se lo habían dicho en voz alta hasta que no hubo otra manera de seguir callando.
Fuera. Madrid seguía siendo Madrid. Indiferente, ruidosa, llena de personas construyendo sus propios muros por sus propias razones, algunas de las cuales tendrían sentido si alguien se tomara el tiempo de preguntar.
Pero en la forja, por primera vez en muchos años, las luces estaban encendidas. No la luz blanca y clínica de antes, sino ámbar cálido, la que no provoca migraña y hace que los espacios parezcan lugares donde alguien vive de verdad en lugar de almacenes de cosas que cuestan dinero.
El incienso de cedro se consumía despacio sobre la consola del vestíbulo. Y eso es donde termina esta historia, no con contratos de miles de millones ni con venganzas públicas, sino con una sopa de los jueves enfriándose y dos colgantes de arcilla que no terminan de caer rectos, pero que se llevan de todas formas porque algunas cosas importan más por lo que significan que por como quedan.
A veces las promesas más importantes no se hacen ante testigos ni con papeles firmados.
Se hacen un domingo por la tarde con 10 años, con las manos cubiertas de arcilla y la certeza de que lo que estás dando importa, aunque no sepas todavía exactamente por qué.
Y a veces la persona a quien le hiciste la promesa aparece 20 años después en tu cocina ajustando las luces a Ámbar, sin decirte quién es, sin pedirte nada, llevando al cuello lo único que le diste cuando no tenías nada que dar.
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