Por qué celebramos la Navidad el 25 de diciembre aunque no esté en los  evangelios? | Imperio Romano | Biblia | Datos LR | La República

Para entender el verdadero significado de la Navidad, primero debemos hacernos una pregunta fundamental: ¿por qué Dios decidió enviar a su Hijo al mundo?

Los evangelios narran los acontecimientos del nacimiento de Jesús: María y José, el humilde pesebre, los pastores que recibieron el anuncio angelical y los sabios guiados por una estrella.

Sin embargo, esos relatos describen lo que ocurrió, no necesariamente por qué ocurrió.

La respuesta se encuentra en el corazón mismo del mensaje bíblico.

La Navidad representa el momento en que Dios, movido por un amor infinito, decidió descender del cielo a la tierra para abrirle a la humanidad el camino de regreso al cielo.

Jesús no nació solo para ser recordado, sino para convertirse en la puerta de salvación para toda la humanidad.

Según la Biblia, este acontecimiento no fue improvisado ni accidental.

Fue anunciado siglos antes a través de profetas que transmitieron mensajes sorprendentes sobre la llegada del Mesías.

Uno de los anuncios más conocidos aparece en el libro de Isaías, donde se declara que una virgen concebiría y daría a luz a un hijo llamado Emmanuel, cuyo significado es “Dios con nosotros”.

Ese nombre resumía el milagro de la encarnación: Dios entrando en la historia humana.

Isaías también describió la identidad y el carácter de este niño extraordinario: admirable consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.

Su llegada marcaría el inicio de un reino diferente, uno que no dependería del poder político ni de la riqueza, sino de la transformación del corazón humano.

Otra profecía, anunciada por Miqueas, reveló incluso el lugar de su nacimiento: Belén, una pequeña ciudad aparentemente insignificante.

Con ello se anticipaba algo sorprendente: el Salvador del mundo no llegaría entre palacios y coronas, sino en la más profunda humildad.

Y así ocurrió.

Jesús nació en un establo, rodeado de animales, en condiciones extremadamente simples.

Sin embargo, ese nacimiento humilde escondía la manifestación más grande del amor divino.

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Dios estaba demostrando que su plan no estaba reservado para los poderosos ni para los perfectos.

Su amor estaba disponible para todos: pobres, olvidados, pecadores y marginados.

Pero el nacimiento de Jesús no era el final de la historia.

Era apenas el comienzo.

Desde el principio, la misión de Cristo estaba conectada con tres realidades fundamentales que explican el corazón del mensaje cristiano.

La primera es la reconciliación.

Según la Biblia, el pecado separó a la humanidad de Dios.

Desde los primeros capítulos de la historia humana, esa ruptura creó una distancia espiritual que ninguna obra humana podía reparar.

La reconciliación significa restaurar una relación rota.

Y el mensaje central del evangelio es que Dios tomó la iniciativa para reparar esa ruptura.

No fue la humanidad la que encontró el camino hacia Dios; fue Dios quien descendió para buscar a la humanidad.

En Jesucristo, Dios estaba reconciliando consigo al mundo.

La segunda realidad es el perdón.

El perdón es el acto mediante el cual Dios cancela completamente la deuda del pecado.

La Biblia enseña que todos los seres humanos han fallado y que el pecado crea una culpa imposible de borrar mediante esfuerzos humanos.

Por eso, el sacrificio de Cristo en la cruz se presenta como el acto definitivo de perdón.

Según las Escrituras, Jesús cargó con el peso del pecado de la humanidad para eliminar la condena que separaba al ser humano de Dios.

Ese perdón no es parcial ni limitado.

Es total.

La deuda queda cancelada y la persona recibe una nueva oportunidad de comenzar.

La tercera palabra es redención.

En el mundo antiguo, redimir significaba pagar el precio necesario para liberar a un esclavo.

La Biblia utiliza esa imagen para explicar lo que Cristo hizo por la humanidad.

El pecado había esclavizado espiritualmente al ser humano, pero la muerte de Jesús fue presentada como el precio pagado para liberar a las personas de esa esclavitud.

No se trató de un pago material, sino del sacrificio de su propia vida.

Por eso la Navidad no puede entenderse separada de la cruz.

El nacimiento de Jesús inicia el proceso que culmina en el sacrificio que hace posible la salvación.

Reconciliación, perdón y redención forman juntos el núcleo del mensaje cristiano.

La reconciliación restaura la relación con Dios.

El perdón elimina la culpa del pecado.

La redención paga el precio de la libertad espiritual.

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Pero la Biblia también afirma que la salvación no se obtiene mediante obras humanas.

No depende de cuánto bien haya hecho una persona ni de cuántos sacrificios haya realizado.

Es un regalo que se recibe por fe.

Creer en Jesucristo implica más que reconocer que existió históricamente.

Significa aceptar que Él es el Hijo de Dios, confiar en su sacrificio y rendir la vida a su señorío.

Según el mensaje bíblico, cuando una persona cree, confiesa y se arrepiente, ocurre una transformación profunda.

La persona pasa de estar separada de Dios a ser adoptada como hijo o hija suya.

Ese cambio redefine la identidad, el propósito y el futuro de la vida.

La Navidad, entonces, no es simplemente una celebración cultural o una tradición familiar.

Es el recordatorio del momento en que Dios intervino directamente en la historia humana para iniciar el plan de salvación.

Es el anuncio de que el Creador no abandonó a la humanidad en su condición, sino que tomó la iniciativa para rescatarla.

Y ese mensaje también implica una responsabilidad para quienes lo creen.

Compartir la verdad, enseñar el evangelio y llevar ese mensaje a otros se convierte en parte de la misión de los creyentes.

Porque, según el propio Jesús, Él es el camino, la verdad y la vida, y nadie llega al Padre sino por medio de Él.

Por eso, el verdadero significado de la Navidad no se encuentra en los regalos, las decoraciones o las tradiciones.

Está en el acto supremo de amor que representa la encarnación: Dios descendiendo a la tierra para que la humanidad pueda encontrar el camino hacia la eternidad.

La Navidad celebra ese momento decisivo en el que la esperanza entró en el mundo.

Es la historia de reconciliación, perdón y redención.

La historia del amor más grande jamás contado.