Una IA está descifrando los pergaminos carbonizados de Herculano | WIRED

Cuando los túneles comenzaron a perforar el material volcánico endurecido de Herculano en el siglo XVII, los trabajadores pensaron que habían encontrado restos comunes de una ciudad romana.

Vasijas rotas, muros derrumbados, objetos cotidianos.

Pero en una gran sala apareció algo imposible: filas enteras de cilindros negros apilados cuidadosamente.

A la luz de las antorchas parecían trozos de madera carbonizada.

Algunos fueron desechados.

Otros, quemados.

Nadie imaginaba que estaban manipulando libros.

Eran casi 1.

800 rollos de papiro.

La única biblioteca antigua jamás hallada completa.

Su supervivencia fue un accidente extremo.

Cuando el Vesubio entró en erupción en el año 79 d.C.

, el calor fue tan intenso que “cocinó” el papiro antes de que pudiera arder.

El material vegetal se transformó en carbono sólido.

La tinta también.

El resultado fue letal para la lectura: texto y soporte se volvieron exactamente del mismo color.

Sin contraste.

Sin capas separables.

Abrirlos significaba pulverizarlos.

Durante siglos, los intentos fueron desesperados.

Se construyeron máquinas para desenrollarlos lentamente.

Se aplicaron químicos.

Se usaron cuchillas.

Los secretos que revelan los papiros de Herculano - BBC News Mundo

Cada experimento seguía el mismo patrón: unas pocas palabras aparecían… y luego el pergamino colapsaba en polvo.

Textos enteros se perdieron en minutos.

La comunidad académica quedó dividida entre quienes querían seguir intentando y quienes pedían detenerse para siempre.

Con el tiempo, los rollos ganaron un apodo inquietante: bombas de tiempo del conocimiento.

Existían, pero no podían tocarse.

Solo algunos fragmentos accidentales pudieron ser leídos.

Esos restos, mínimos y rotos, ya resultaban perturbadores.

No hablaban de serenidad ni de sabiduría distante.

Hablaban de miedo, de ira, de placer, de autocontrol, de desconfianza.

El tono era íntimo, casi ansioso.

Como si alguien estuviera escribiendo mientras el mundo a su alrededor se volvía inestable.

Nada de eso encajaba con la imagen clásica de una Roma segura de sí misma.

Durante décadas, la biblioteca de Herculano fue preservada, fotografiada y exhibida, pero seguía muda.

Hasta que investigadores decidieron atacar el problema desde otro ángulo.

Literalmente.

En el siglo XXI nació una idea radical: no abrir los rollos, sino atravesarlos.

Usando escaneos de rayos X de contraste de fase, una tecnología capaz de detectar diferencias microscópicas en la superficie de los materiales, los científicos intentaron algo que nunca había funcionado antes.

La tinta no era químicamente distinta al papiro… pero era ligeramente más elevada.

Esa diferencia, invisible para cualquier método anterior, fue suficiente.

En un laboratorio de alta energía, un pergamino sellado fue colocado en el escáner.

Al principio, la pantalla mostró lo habitual: ondas grises, capas caóticas, nada reconocible.

La tensión llenó la sala.

Entonces, algo cambió.

Aparecieron crestas.

Las crestas formaron trazos.

Los trazos se convirtieron en letras.

Por primera vez en la historia, un rollo de Herculano sin abrir estaba siendo leído.

Las primeras palabras no eran casuales.

Hablaban de conflicto interno, de emociones humanas bajo presión.

No era un texto decorativo.

Tenía estructura.

Intención.

Voz.

A partir de ese momento, el avance fue imparable.

Algoritmos de aprendizaje automático, entrenados en griego antiguo, comenzaron a identificar miles de caracteres ocultos en múltiples capas.

Palabras como miedo, deseo, juicio y placer se repetían una y otra vez.

No era una coincidencia.

Era un patrón.

Luego llegó el descubrimiento que lo cambió todo.

En uno de los escaneos apareció algo inusual.

No era griego.

Era latín.

Extremadamente raro en la villa, reservado casi siempre para asuntos políticos.

Cuando las letras se definieron por completo, surgió un nombre que llevaba siglos desaparecido: Séneca el Viejo.

No el filósofo.

El historiador.

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Su obra principal, un relato directo de las primeras guerras civiles romanas, se consideraba completamente perdida.

Solo se conocía por menciones de autores posteriores.

Y ahora, línea por línea, estaba reapareciendo desde la ceniza.

El texto describía el miedo dentro del Senado.

Mencionaba traiciones políticas, conspiradores ausentes de los registros oficiales, decisiones tomadas en la sombra.

Era una versión de la historia romana sin pulir, sin propaganda imperial.

Cruda.

Inmediata.

Peligrosa.

De pronto, todo encajó.

Los textos filosóficos fragmentarios hablaban del colapso moral.

El manuscrito histórico describía el colapso político.

Causa y consecuencia.

La villa de los papiros no era una biblioteca privada cualquiera.

Era un archivo deliberado.

Una bóveda diseñada para preservar una verdad que otros preferirían olvidar.

Los estilos de escritura confirmaron la sospecha.

Múltiples escribas.

Diferentes épocas.

Décadas de acumulación.

Alguien estaba documentando algo en tiempo real.

Guardándolo.

Protegiéndolo.

Roma no solo cayó por las guerras.

Cayó por dentro.

Hoy, decenas de rollos siguen sellados.

Cada uno es una cápsula del tiempo.

Nuevos escaneos ya muestran letras completas en manuscritos que nadie ha tocado en dos milenios.

Los investigadores ya no se preguntan si los rollos pueden leerse.

Se preguntan cuánto de la historia oficial cambiará cuando todos hablen.

La biblioteca que no debía sobrevivir está despertando.

Y lo que dice no es cómodo.