Wisin sobre la muerte de su hija de un mes de nacida: “yo tenía que  vivirlo” | Revista Vea

Para muchos, Wisin es el artista que llena estadios y hace vibrar multitudes.

Pero antes de convertirse en una figura mundial del reggaetón, fue simplemente un niño creciendo en las montañas de Cayey, en Puerto Rico.

Su infancia estuvo marcada por la humildad.

Su madre, Miriam, trabajaba en el comedor de una escuela, mientras su padre, Luis Ángel, era conserje.

El dinero escaseaba, pero en su hogar abundaban los valores, la dignidad y el esfuerzo.

Wisin recuerda con claridad escenas que lo marcaron profundamente.

Ver a su padre pedir comida fiada en un negocio del barrio y prometer pagarla después fue una lección silenciosa que nunca olvidó.

Aquella realidad sembró en él una determinación que con los años se convertiría en disciplina.

La música llegó a su vida desde muy temprano.

Algunos de sus tíos formaban parte de un trío que interpretaba música típica puertorriqueña, y ese ambiente artístico despertó su curiosidad desde niño.

Un día, cuando tenía apenas siete años, una maestra le propuso participar en un concurso de trovadores.

Sin pensarlo demasiado, dijo que sí.

Aquella decisión aparentemente pequeña terminaría cambiando su destino.

Su padre comenzó a llevarlo a cantar en lechoneras del centro de Puerto Rico, lugares populares donde la gente comía, bebía y escuchaba música en vivo.

Allí, entre aplausos y pequeñas propinas, empezó a formarse como artista.

Lo que nadie imaginaba era que aquel niño que cantaba por unas monedas terminaría presentándose en algunos de los escenarios más importantes del mundo.

Años más tarde, su camino se cruzaría con el de Yandel, y juntos comenzarían una aventura que transformaría el reggaetón.

En aquella época, el género aún era considerado marginal.

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No tenía espacio en la radio tradicional ni en los grandes medios.

Era música underground, nacida en los barrios y sostenida por el entusiasmo del público.

Wisin y Yandel eran apenas dos jóvenes con sueños gigantescos y recursos limitados.

Sin contactos, sin padrinos en la industria y con muy pocas oportunidades.

Sin embargo, había algo que sí tenían: fe.

Comenzaron presentándose en discotecas y eventos pequeños.

A veces cobraban apenas 500 dólares por espectáculo, una cifra que para ellos representaba una verdadera fortuna.

Poco a poco, algo empezó a suceder.

En las discotecas miles de personas cantaban sus canciones, incluso sin saber exactamente quiénes las interpretaban.

Ese fue el primer indicio de que el movimiento estaba creciendo.

Con el tiempo llegaron los premios, los conciertos internacionales y el reconocimiento global.

El reggaetón dejó de ser un fenómeno underground para convertirse en una fuerza cultural que conquistaba el mundo.

Artistas como Daddy Yankee, Don Omar y muchos otros impulsaron esa revolución musical junto a ellos.

Uno de los momentos más surrealistas de la carrera de Wisin ocurrió cuando recibió una llamada inesperada: Jennifer López quería colaborar con él.

Aquella noticia representaba mucho más que una simple colaboración.

Era una señal clara de que el género había cruzado fronteras.

Conocer a Jennifer López lo impresionó profundamente, no solo por su estatus de superestrella, sino por su humildad y profesionalismo.

Poco después viviría otro momento inolvidable: compartir proyecto con Jennifer López y Ricky Martin.

En medio de la grabación, Wisin se detuvo por un instante y pensó en su infancia.

Un muchacho del barrio, hijo de un conserje, trabajando con dos de los artistas latinos más grandes del planeta.

Era una escena que parecía sacada de un sueño.

Sin embargo, el éxito no detuvo el paso del tiempo ni las tensiones naturales que surgen tras décadas de trabajo intenso.

Después de más de veinte años juntos, Wisin y Yandel tomaron una decisión que sorprendió al mundo: seguir caminos separados.

Los rumores comenzaron de inmediato.

Algunos hablaron de traición, otros de rivalidades o problemas de ego.

Pero la realidad, según Wisin, era mucho más simple y humana.

Tras dos décadas sin descanso, necesitaban detenerse.

Viajes constantes, giras interminables y una agenda agotadora habían convertido su vida en una carrera a toda velocidad.

Antes de que las diferencias profesionales dañaran su amistad, decidieron hacer una pausa.

No fue una ruptura impulsiva.

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Fue una decisión tomada desde la madurez.

La prueba de ello llegó años después, cuando Yandel asistió a la graduación de la hija de Wisin.

Compartieron el momento con sus familias, abrazándose con la misma cercanía de siempre.

La relación personal seguía intacta.

Sin embargo, iniciar una carrera como solista no fue fácil.

Wisin venía de llenar estadios gigantes junto a su compañero: el Madison Square Garden, el Staples Center, el Foro Sol de México.

Subir solo a un escenario generaba una pregunta inevitable.

¿Podría lograrlo sin Yandel?

El miedo era real.

Pero también lo era la responsabilidad que sentía hacia su familia.

Sus hijos, Helena y Dylan, dependían de él.

Eso lo obligó a seguir adelante.

Y en ese camino aparecieron aliados inesperados.

Artistas como Jennifer López, Ricky Martin, Enrique Iglesias, Pitbull y Chris Brown aceptaron colaborar con él, incluso sabiendo que ya no formaba parte del famoso dúo.

Ese respaldo fue una señal poderosa de respeto dentro de la industria.

De esas colaboraciones nacieron éxitos como Escápate Conmigo, Me Niego y Nota de Amor junto a Carlos Vives.

Pero la prueba más dura de su vida no ocurrió en los escenarios ni en los estudios de grabación.

Ocurrió en su hogar.

Su historia de amor con Yomaira comenzó de una forma curiosa.

La primera vez que la vio, en un lugar del sur de Puerto Rico, quedó impresionado por su belleza.

Sin conocerla realmente, le dijo algo que parecía una locura.

“Tú te vas a casar conmigo.”

Ella lo miró como si estuviera frente a un extraño completamente impulsivo.

Y no era para menos: un reguetonero tatuado diciendo eso a una joven que ni siquiera escuchaba reggaetón.

Sin embargo, aquella frase terminó convirtiéndose en una profecía.

Pasaron los años, la relación creció y finalmente formaron una familia.

Pero el destino les tenía preparada una prueba devastadora.

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Durante el embarazo de su hija Victoria, los médicos detectaron una condición grave: trisomía 13, una enfermedad genética con muy pocas probabilidades de supervivencia.

La noticia llegó como un golpe brutal.

Victoria vivió apenas un mes.

La pérdida dejó a Wisin y a su esposa sumidos en un dolor difícil de describir.

Mientras el mundo seguía viéndolo como una estrella llena de energía en los escenarios, él cargaba en silencio una herida profunda.

Con el tiempo comprendió que aquella tragedia transformó su forma de ver la vida.

Lo obligó a replantear sus prioridades, su fe y su propósito.

Hoy, cuando habla de su historia, Wisin no se define únicamente como un artista exitoso.

Se define como algo más simple y más poderoso.

Un sobreviviente.

Un hombre que cayó, lloró, dudó… pero que decidió levantarse nuevamente.

Y quizás por eso su historia resuena con tanta fuerza.

Porque detrás del ícono del reggaetón existe un ser humano que aprendió, a través del dolor y la fe, que incluso en los momentos más oscuros siempre existe la posibilidad de volver a empezar.