Milenaria disputa entre árabes y judíos? - Revista Adventista de España

¿Por qué judíos y árabes siempre están en guerra? ¿Por qué incluso entre países musulmanes hay conflictos constantemente? La clave sorprendente para entender este conflicto está en dos personajes bíblicos, Isaac e Ismael.

Estos dos hermanos son los hijos de Abraham, Isaac, el patriarca del pueblo judío, Ismael, el patriarca de los árabes y musulmanes.

Hace miles de años tuvieron un conflicto que es increíblemente parecido al que vivimos hoy entre Israel y el mundo musulmán.

Pero la Biblia no solo explica el conflicto, también revela el final.

descubriremos la única escena en la Biblia donde los dos hermanos se reconcilian y que según los sabios predice exactamente cómo terminará esta guerra.

¿Sabes cómo termina esa historia según la Biblia? Existe un antiguo método judío llamado Maasej Abot Simán Lbanim.

Este significa, las acciones de los padres son señales proféticas para los hijos.

En otras palabras, la vida de estos patriarcas no es solo historia, sino que predice el futuro de sus descendientes.

Pero también el cristianismo habla de un método similar llamado tipología, usado por el apóstol Pablo para revelar el futuro a partir del Antiguo Testamento.

Los sabios han utilizado estos dos métodos para explicar el conflicto de Israel con los países musulmanes y el resultado es asombroso.

Esto es importante.

Isaac y su madre Sara representan al pueblo de Israel, mientras que según la tradición musulmana Ismael y su madre Agar representan al pueblo musulmán.

Y cuando la Biblia se analiza desde esta perspectiva, todo encaja a la perfección.

El conflicto comienza con una promesa de Dios.

Abraham recibe una bendición para sus descendientes.

Haré de ti una nación grande y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.

Pero había un problema.

Su esposa Saray era estéril.

No podía tener hijos.

En esa cultura, el valor de una mujer se medía por su capacidad de tener hijos, por lo que para ella era una fuente de vergüenza constante.

Más adelante, Dios le cambiaría el nombre a Sara, que significa princesa.

Pero a Sara ese nombre le parecía una broma cruel.

¿Cómo podía ser una princesa si no podía darle un heredero a Abraham? El tiempo pasó y cuando llegaron a ancianos, la promesa de Dios de darle hijos parecía cada vez más imposible.

La desesperación de Sara llegó a su límite.

Fue ella quien le propuso a Abraham una solución basada en las costumbres de la época.

Ya ves que Jehová me ha hecho estéril.

Te ruego, pues, que te llegues a mi sierva.

Le entregó a su sierva Agar para que Abraham tuviera un hijo con ella.

Fue un acto de desesperación.

Pero esta solución trajo un problema inmediato.

Sara, sintiéndose inferior, empezó a tratar a Agar muy duramente.

Embarazada y humillada, hizo lo único que podía hacer.

Huyó al desierto, sola en la inmensidad.

Preguntas Frecuentes:»¿Por qué los judíos y los árabes / musulmanes se  odian mutuamente?» Por Gotquestions.org | Iglesia Tiempo de Avivamiento

Su futuro era incierto, pero en el momento de mayor desesperación no encontró la muerte, sino un encuentro divino.

Un ángel del Señor se le apareció junto a un manantial de agua y le habló directamente.

Primero le dio una orden y una bendición.

Regresa a tu señora.

Multiplicaré tus descendientes de tal manera que serán innumerables.

Luego le dio un nombre a su hijo.

Se llamará Ismael, que significa Dios escucha.

Porque el Señor ha escuchado tu sufrimiento.

Y aquí Génesis introduce una profecía que explica los tiempos actuales, una descripción del carácter de Ismael que marcaría a sus descendientes para siempre.

Él será como un burro salvaje entre los hombres.

Su mano estará contra todos y la mano de todos contra él y vivirá en hostilidad hacia todos sus hermanos.

Piensa durante un segundo.

Esta frase antigua describe palabra por palabra los titulares de hoy.

Puede sonar ofensivo, pero no olvidemos que Ismael fue bendecido por Dios.

¿Qué significa ser un burro salvaje? No es un insulto.

En el mundo antiguo, el burro salvaje era el máximo símbolo de una libertad indomable, un espíritu ferozmente independiente que no se somete a nadie y vaga libremente.

Esta profecía describía a un pueblo destinado a sobrevivir contra todo pronóstico, pero también a vivir en un estado de conflicto casi constante.

Agar regresó y dio a luz a su hijo, al que Abraham llamó Ismael.

Este niño se convertiría en el patriarca del pueblo árabe, del cual más tarde surgiría el Islam.

Por fin, después de tantos años de espera, Abraham tuvo en sus brazos la prueba de que la promesa de Dios era real.

Imaginen el alivio y la alegría del patriarca.

Durante 13 largos años, Ismael fue su único hijo, su primogénito, el centro de su mundo y el heredero de todos sus planes.

En este niño, Abraham veía el futuro de una nación poderosa.

La profecía describía a Ismael como un burro salvaje, un espíritu ferozmente independiente y difícil de domar.

Hoy muchos ven este rasgo en el orgullo y la resiliencia de las naciones árabes.

Pero la profecía tenía dos caras.

También advertía que su mano estará contra todos y la mano de todos contra él.

Esta predicción de conflicto perpetuo se refleja en dos frentes dolorosamente actuales.

La profecía no se limitaba a enemigos externos.

La historia del mundo islámico ha estado marcada por profundas divisiones internas, notablemente entre las ramas Suní y Chí.

Guerras modernas como las de Siria o Yemen son un trágico ejemplo de esta lucha entre hermanos.

Un eco de la advertencia de que la hostilidad de Ismael se dirigiría contra todos, incluidos los suyos, explica aún mejor el conflicto con Israel cuando nace Isaac, el hermano de Ismael.

Habían pasado los años.

Sara ya tenía 90 y había perdido toda esperanza en la promesa de Dios.

Se había resignado a que su legado vendría a través de Ismael.

sentía que Dios la había abandonado.

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Pero de repente un día aparecieron tres visitantes misteriosos en la tienda de Abraham.

Mientras Abraham, de 99 años, les ofrecía hospitalidad, uno de ellos le dio una noticia increíble.

De cierto volveré a ti y he aquí que Sara, tu mujer, tendrá un hijo.

Sara escuchó la conversación desde la tienda y se ríó.

No era una risa de alegría, sino de amarga incredulidad.

Ya no se atrevía a tener esperanza.

La reacción de Abraham también fue sorprendente cuando Dios le confirmó que el pacto vendría a través de este nuevo hijo.

Su primer pensamiento fue para Ismael.

En vez de celebrar, le suplicó a Dios con angustia, “Ojalá Ismael viva delante de ti.

” Esta fue la reacción de un padre con el corazón partido, que amaba a su primer hijo y temía el conflicto que se avecinaba.

A pesar de todo, Dios cumplió su palabra.

Sara dio a luz a un hijo y Abraham lo llamó Isaac, que en hebreo significa “Él reirá”.

Este nombre recordaría para siempre la risa de incredulidad de sus padres.

Por un tiempo hubo alegría en el campamento, pero la tensión crecía.

El conflicto estalló durante la fiesta del destete de Isaac.

Sara vio a Ismael burlándose de su hermano pequeño.

Aquí hay un detalle lingüístico importante.

La palabra hebrea para burlarse es la misma que la raíz del nombre de Isaac.

Ismael no solo estaba jugando, estaba desafiando el lugar de Isaac como heredero, como si dijera, “Yo soy el primogénito, el verdadero heredero.

” Para Sara esto fue el límite.

Su reacción fue inmediata y le exigió a Abraham, “Expulsa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con mi hijo Isaac.

” La Biblia dice que esto fue muy triste para Abraham por amor a su hijo.

Su corazón estaba destrozado.

Dios le dijo que obedeciera a Sara, pero también le prometió que haría una gran nación con Ismael.

Aún con dolor, Abraham obedeció.

A la mañana siguiente les dio pan y agua a Agar y a Ismael y los envió al desierto.

Esa despedida fue la separación física que confirmó el inicio de la brecha espiritual.

Un padre tuvo que elegir entre sus hijos.

El dolor de Abraham al echar a su hijo Ismael es un reflejo de las heridas del pasado que ambos pueblos arrastran hoy.

Para muchos países musulmanes y para los palestinos, la creación de Israel en 1948 y el desplazamiento de su gente fue una catástrofe.

Se refieren a ella como Nagba.

Esta catástrofe es la versión moderna de la expulsión de Agar e Ismael al desierto.

Dios mismo le había prometido a Abraham bendecir a Ismael después de escuchar la devoción del patriarca por él.

De repente nace un bebé y de un día para otro su futuro se borra.

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El nacimiento de Isaac no significaba compartir la herencia, significaba perderlo todo.

Aquí no hablamos de simples celos.

Para Ismael, la existencia de Isaac era una anulación de su propia identidad y podemos ver la similitud con la actualidad.

La existencia de Israel es interpretada como una anulación de la identidad musulmana de los países de alrededor.

La exigencia de Sara, ese hijo no puede heredar junto al mío, se escucha hoy en los discursos más radicales.

Por ejemplo, cuando los líderes de Irán llaman a la destrucción de Israel.

Un texto citado en los estatutos de Irán.

Es un dicho atribuido al profeta Mahoma que llama a la violencia.

Este dicho llamado hadí afirma que no llegará la hora final hasta que los musulmanes combatan con los judíos y los maten.

Los judíos se esconderán detrás de las rocas y árboles.

Y estas rocas y árboles dirán, “Oh musulmán, hay un judío detrás mío.

Venid y matadlo.

” Pero ese hadí citado en los estatutos de la autoridad política palestina llamada jamás tiene una continuación que es aún más reveladora.

El texto añade que todas las rocas y árboles delatarán a los judíos con excepción del árbol de espino negro.

La tradición asocia el espino negro a un árbol judío.

Hace unos años, un imán en Palestina durante un evento citó este mismo hadiz.

afirmó que los judíos conocen esta profecía y que por esa misma razón están plantando miles de árboles de espino negro en sus asentamientos para tener donde esconderse cuando llegue el momento.

A pesar de la dolorosa separación entre Isaac, representando a Israel y Ismael representando a los pueblos árabes, Dios tenía un plan para ambos.

Pero los planes eran diferentes.

Para entender por qué la bendición de Ismael es diferente a la de Isaac, primero hay que entender lo más importante de esta historia, el pacto con Dios.

Y lo más importante, solo Isaac recibió el pacto.

Un pacto es más que una promesa, es un contrato, una relación especial y vinculante entre Dios y un pueblo.

A través de este pacto, Dios prometió a Abraham una relación única con él y que a través de él toda su descendencia sería bendecida.

Pero, ¿por qué Isaac y no Ismael, el primogénito? La respuesta es una elección divina que no podemos comprender y Dios es muy explícito en esto.

Ciertamente Sara, tu mujer, te dará a luz un hijo y llamará su nombre Isaac y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él.

Más tarde lo vuelve a reafirmar, porque en Isaac te será llamada descendencia.

Esta decisión establece una idea central en la Biblia.

La elección divina no se basa en el mérito o el orden humano.

Ismael nació del plan y el esfuerzo humano de Sara y Abraham.

Isaac, en cambio, nació de un milagro, de la intervención directa de Dios en dos cuerpos ancianos y estériles.

El pacto espiritual se ata al milagro, no al plan humano.

Ismael recibe una bendición de grandeza en el mundo.

Isaac recibe el pacto de ser parte de la historia sagrada de Dios.

El concepto de ser el pueblo del pacto y el pueblo elegido ha sido el núcleo de la identidad judía a lo largo de la historia.

Ha sido el motivo de sentirse orgulloso, ha sido la fuente de su supervivencia y a la vez una causa de conflicto con un mundo que a menudo rechaza esa idea.

Pero Dios deja claro que aunque Ismael no es el hijo del pacto, no está fuera de su cuidado.

Antes de la expulsión, cuando Abraham ruega por su primer hijo, Dios le responde directamente con una promesa de grandeza.

En cuanto a Ismael, también te he oído.

He aquí que le bendeciré y le haré fructificar y le multiplicaré mucho en gran manera.

12 príncipes engendrará y haré de él una gran nación.

Esta promesa se cumple de forma dramática en el desierto después de que Agar e Ismael sean expulsados del campamento de Abraham.

Cuando Agar y el joven Ismael están a punto de morir de sed, un ángel de Dios interviene.

No solo les muestra un pozo de agua para salvar sus vidas, sino que repite la bendición.

No temas, porque Dios ha oído la voz del muchacho, porque yo haré de él una gran nación.

La bendición de Ismael es de grandeza terrenal.

Mientras que a Isaac se le promete un pacto espiritual, a Ismael se le promete poder, descendencia y territorio.

Es el padre de 12 príncipes, un paralelo a los 12 hijos de Jacob, que formarían las 12 tribus de Israel.

Algunos ven el cumplimiento de esta promesa en el surgimiento y la expansión de los pueblos árabes.

Los árabes, a lo largo de los siglos han desarrollado grandes imperios, una rica cultura y una enorme influencia global.

Pero sorprendentemente el Corán y la Torá tienen versiones diferentes de la vida de Abraham.

La pelea entre los hijos de Abraham continuó después de la separación en los textos sagrados.

La lucha por la herencia se convirtió en una lucha por quien contaba la verdadera historia de Dios.

El Islam dice de forma contundente que los libros sagrados anteriores como la Torá judía, fueron cambiados por la gente con el tiempo.

Por eso el Corán se presenta como el mensaje final y correcto de Dios.

En la Biblia, la mayor prueba de fe para Abraham es cuando Dios le pide sacrificar a su hijo Isaac.

Es un momento clave que sella el pacto.

Pero en el Islam la historia cambia por completo.

La tradición islámica dice que el hijo que Abraham iba a sacrificar no fue Isaac, sino Ismael.

¿Cuál es la razón de este cambio? ¿Por qué es tan importante? Porque ser el hijo del sacrificio te convierte en el heredero espiritual más importante.

Al poner a Ismael en ese rol, el Islam lo convierte en el protagonista del mayor acto de fe.

Esto hace que la herencia espiritual pase por su linaje del cual desciende el profeta Mahoma.

No es un pequeño cambio, es una forma de decir que la verdadera herencia del pacto es suya.

Un detalle curioso es que el Corán no dice el nombre del hijo del sacrificio, pero los eruditos islámicos lo identificaron como Ismael.

Esto crea una gran diferencia.

El judaísmo y el cristianismo continúan la historia a través de Isaac.

En cambio, el Islam se ve a sí mismo como una corrección de esa historia y considera a Abraham e Ismael los fundadores de su lugar más sagrado, la Meca.

Esta lucha por ver qué historia es la verdadera ha tenido consecuencias reales y violentas.

La pelea por los lugares sagrados en Jerusalén es el mejor ejemplo.

El lugar más sagrado para los judíos, el monte del templo, es el mismo lugar donde hoy se levantan dos de las mezquitas más importantes del Islam.

Es como ver una historia construida físicamente encima de la otra.

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Controlar ese lugar se convierte en un símbolo de qué religión tiene la razón.

Una curiosidad que hace esto aún más intenso es lo que hay exactamente debajo de la cúpula de la roca, la mezquita dorada de Jerusalén.

Allí se encuentra una roca conocida como la piedra de la fundación.

Para la tradición judía, esa no es una roca cualquiera.

Creen que es el centro espiritual del mundo, el lugar donde Adán fue creado, donde Abraham preparó el sacrificio de Isaac y donde se encontraba el lugar más sagrado del templo de Salomón.

Para la tradición islámica, esa misma roca es el lugar desde el cual el profeta Mahoma ascendió a los cielos en su viaje nocturno.

Es el mismo lugar físico, la misma roca, pero con dos historias contradictorias entre sí.

No es una historia encima de la otra, son dos textos sagrados chocando en un solo punto.

Otra curiosidad es el famoso muro de las lamentaciones.

Muchos piensan que es una pared del antiguo templo judío, pero en realidad es el último muro de contención que quedaba en pie del complejo del monte del templo.

Para los judíos es el lugar más cercano al que pueden llegar para rezar a su antiguo lugar sagrado, un símbolo de duelo y esperanza.

Para los musulmanes, esa misma pared es conocida como el muro de Burak, donde Mahoma ató a su corcel al lado antes de su ascenso al cielo.

Por eso el control de Jerusalén es tan disputado.

No se pelean solo por un territorio, sino por el control de la historia.

Es un capítulo más en la larga y dolorosa lucha por decidir qué historia, la de Isaac o la de Ismael, tiene el derecho final de reclamar el lugar más sagrado de la Tierra.

Pero la interpretación profética del final del conflicto no es amarga.

Al contrario, aunque pueda parecer imposible, hay reconciliación.

Después de toda la historia de conflicto, la Biblia muestra una escena sorprendente que da esperanza.

Cuando Abraham muere, el texto dice algo clave.

Y lo sepultaron Isaac e Ismael, sus hijos.

Después de décadas separados y sin hablarse, Isaac e Ismael se reencuentran para enterrar a su padre.

En ese momento son solo dos hijos de luto.

Un detalle clave, según la tradición judía, es el orden de los nombres, Isaac e Ismael.

Que Ismael, el mayor permitiera que Isaac, el heredero fuera nombrado primero.

Es visto como un gran gesto de aceptación y reconciliación.

Este acto es visto como una señal para los hijos, una profecía de que la paz es posible.

La tradición judía interpreta esto como una señal de que en el futuro los descendientes de Ismael podrán reconciliarse con los de Isaac.

El entierro demuestra que a pesar de todo, Dios no abandonó a Ismael y ambos siguen siendo hijos de Abraham.

Esta esperanza se basa en que Dios bendijo a los dos hermanos.

Aunque el pacto espiritual fue con Isaac, la promesa de hacer de Ismael una gran nación nunca se quitó.

En los tiempos actuales, aunque aún estamos lejos de la resolución del conflicto, han ocurrido algunos hechos que se han interpretado como el inicio del entendimiento mutuo entre judíos y musulmanes.

En medio de las noticias sobre guerras y tensiones con Irán, ocurrió algo que parecía impensable, un eco directo de ese entierro en unidad de Isaac e Ismael.

En los últimos años, varias naciones árabes, como los Emiratos Árabes Unidos y Bahrain, decidieron hacer algo diferente.

Firmaron acuerdos de paz y normalización de relaciones con Israel.

Lo más curioso y revelador es el nombre que eligieron para estos tratados, los acuerdos de Abraham.

Por primera vez en décadas, la diplomacia moderna no se centró en el conflicto, sino que invocó deliberadamente al padre común de judíos y musulmanes.

Fue un reconocimiento público de que, a pesar de las diferencias teológicas y políticas, el origen es el mismo.

Otra ejemplo de reconciliación poco conocido es que las ramas más profundas y místicas de ambas fes, los cabalistas judíos y los sufíes musulmanes, a menudo encontraron entendimiento y un lenguaje casi igual.

Su objetivo no era probar que su religión era la correcta, sino que compartían una misma meta, disolver el ego para unirse con la divinidad.

Al tener el mismo propósito, hablaban un lenguaje espiritual muy similar.

Ambos sistemas describen el viaje del alma de formas parecidas.

Tanto la cábala como el sufismo ven la vida como un viaje del alma que asciende a través de diferentes niveles o mundos espirituales para acercarse a Dios.

Ambos describen a Dios como una luz infinita e incomprensible y al ser humano como una chispa de esa luz divina que anhela volver a su origen.

El lenguaje del amor es central en ambas tradiciones.

Hablan de un amor ardiente por Dios que está por encima de cualquier otro sentimiento.

Un amor que busca la unión total.

El principio común es claro.

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Cuando la búsqueda se vuelve personal y espiritual, las etiquetas de judío o musulmán empiezan a perder importancia frente a la experiencia de lo sagrado.

En cierto modo, ambos místicos lograron lo que los políticos a menudo no pueden.

Se encontraron en la tumba de Abraham, reconociendo que ambos buscaban al mismo y único Dios de su ancestro común.

Si tienen tanto en común, ¿cómo han podido tener tantos conflictos a lo largo de la historia? Por el que, como dijimos antes, el eco de las acciones de los padres repercute en las acciones de los hijos.

Hemos visto dos caminos en esta historia, el del conflicto sin fin y el de la difícil reconciliación humana.

Pero la Biblia presenta una tercera vía, una solución que no depende de la política o de los hombres, sino de una intervención divina, la llegada de Jesús.

La fe cristiana presenta a Jesús no como un simple profeta, sino como la solución definitiva al problema de la división humana.

¿Cómo soluciona Jesús el conflicto? La idea central es que Jesús no toma partido en la pelea entre Isaac e Ismael.

En lugar de eso, crea una nueva familia, donde esas antiguas identidades ya no son la principal fuente de división.

El apóstol Pablo escribe que Cristo es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación.

Este muro de separación representa la hostilidad histórica y religiosa.

Según el cristianismo, al unirse a Cristo, una persona recibe una nueva identidad que está por encima de su identidad terrenal.

Ya no es primariamente judío o árabe descendiente de Isaac o de Ismael, sino que es parte de una nueva familia espiritual.

¿Cuándo ocurre esta reconciliación? Esta es una pregunta crucial.

Según esta visión, la reconciliación tiene dos etapas.

La primera, en los tiempos actuales.

La paz y la unidad comienzan ahora en el corazón de las personas que aceptan este camino.

Se manifiesta en las comunidades de creyentes de origen árabe y judío, que a pesar del conflicto político que los rodea, ya viven como hermanos en la fe, demostrando que es posible superar la división.

Sin embargo, la solución completa y final para el conflicto a nivel mundial se ve como un evento futuro.

La Biblia enseña que esto se cumplirá totalmente con el regreso de Jesús, conocido como la segunda venida.

En ese momento, él establecerá una paz definitiva y duradera en la tierra, ¿cómo lo hará Jesús? La Biblia explica que esta paz se logra creando una nueva humanidad.

El apóstol Pablo, en un pasaje que refleja la idea de derribar muros de hostilidad mencionada en las fuentes, explica que Cristo vino a abolir las enemistades para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz.

Esta esperanza se conecta con antiguas profecías mesiánicas que aparecen en el Antiguo Testamento y hablan de un tiempo futuro donde el lobo morará con el cordero y no harán mal ni dañarán en todo mi santo monte.

Pero esta no es la única profecía que habla de Cristo como el que soluciona el conflicto entre judíos y musulmanes.

La profecía del príncipe de paz, también de Isaías, es clave para entender la solución que propone el cristianismo.

Este título significa que la misión principal de Jesús no era la de un rey terrenal que ganaría guerras, sino la de traer una paz interior y espiritual.

Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo.

La soberanía reposará sobre sus hombros y se le darán estos nombres, Padre eterno, príncipe de paz.

Se extenderán su soberanía y su paz y no tendrán fin.

Para romper el ciclo de odio que comenzó con Ismael e Isaac, Jesús introduce un principio que es una auténtica revolución espiritual, una idea que va en contra de toda lógica judía y musulmana.

Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen.

¿Qué camino elegirán los hijos de Abraham? ¿El del desierto de la hostilidad o el de la unidad ante la tumba del Padre? Deja tu opinión en los comentarios.

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El Islam también narra la vida de Jesús, pero de forma diferente al cristianismo.

Y las diferencias son impactantes.